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BARÓN BIZA



La maldición de los Barón Biza

Joaquín Piqueras García
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Soy sólo una piltrafa humana en un desierto blanco, sin horizontes, infinitamente solo.
Raúl Barón Biza
.Tarde o temprano yo también seré sólo un texto.
Jorge Barón Biza

El peso de la biografía en la exégesis de la obra de muchos autores no ofrece lugar a dudas, ¿pero pueden los hechos que jalonan una semblanza biográfica eclipsar la obra no sólo del propio escritor, sino incluso la de su más directo descendiente, hasta tal punto que libros que han sido auténticos best sellers en su época acaben por ser sepultados a ojos de la memoria? En general, las biografías de muchos escritores malditos han servido para reivindicar, complementar, justificar e inclusive promocionar sus obras; sin embargo, nos las habemos con el insólito caso de una vida que es una auténtica biografía del exceso, una biografía que ha terminado en convertir la figura y obra de su protagonista, Raúl Barón Biza, en verdaderos temas tabú en la historia de la literatura argentina contemporánea, y que además, por si fuera poco, ha acabado salpicando a la peripecia vital-literaria de su hijo, Jorge Barón Biza. En la raíz de esa oscura maldición que pesa sobre esta familia, que se ha cobrado cuatro suicidios – incluidos los de los dos autores -, cuentan el azar, el riesgo, y sin duda cuenta un acto deleznable que protagonizó Raúl Barón Biza, cuya víctima fue su segunda esposa, Rosa Clotilde Sabattini. Pero no adelantemos acontecimientos; como en toda historia, es necesario empezar por el principio, y aunque en dicha historia quede todavía enigmas por resolver, las líneas principales del argumento se conocen gracias al interés que el personaje ha suscitado en la última década en su país. El detonante fue la publicación en 1998 de la novela con obvia base autobiográfica de Jorge Barón Biza El desierto y su semilla (1), reeditada posteriormente y publicada en España en 2007 (2). Después le siguieron artículos en periódicos y en Internet – en nuestro país fue Enrique Vilas-Matas quien dio a conocer a Raúl Barón Biza en dos artículos separados en el tiempo: “Argentina” (3), de 2002, y “Enigmas variados” (4), de 2006-, un documental televisivo, un sitio web no oficial – realizado por una “Asociación de amigos de Barón Biza” -, recuperación de las obras en formato digital, pues su familia ha prohibido la reimpresión de sus obras, y, sobre todo, dos completos y recientes trabajos biográficos: Barón Biza. El inmoralista de Christian Ferrer (5) y El escritor maldito Raúl Barón Biza de Candelaria de Soto (6).

En el año del segundo centenario del nacimiento del maestro Allan Poe se cumple también el ciento diez aniversario del nacimiento del escritor argentino Raúl Barón Biza (Córdoba, 1899- Buenos Aires, 1964), hijo de los latifundistas millonarios Wilfrid Barón y Catalina Biza. Como correspondía a su más que acomodada posición social, Raúl gozó de una privilegiada educación europea y pasó gran parte de su juventud entre viajes y largas estancias en el París de la belle époque. París era una fiesta y Barón Biza la aprovechó al máximo, dando rienda suelta a su particular carpe diem, derrochando su inagotable fuente de pesos argentinos. En los años veinte, cuando ya Europa había enterrado a todos sus muertos, pero aún quedaban muchas cicatrices por cerrar, el autor argentino, ajeno a los infiernos de los otros, en pleno periplo hedonista, conoce a la bella starlet del cine alemán Myriam Stefford, con la que iniciará un apasionado romance que cristalizará en el primer gran amor de Barón Biza. De orígenes humildes, la Stefford, tras escaparse de su hogar y vagabundear por Viena y Budapest, fue redimida por el cine, más por su belleza que por su talento, llegando a trabajar en Hollywood junto a Emil Jannings. La joven aventurera fue seducida por el millonario argentino y, después de un largo idilio y permanentes vacaciones en inigualables escenarios europeos, se casan en Venecia en 1928 en una fastuosa ceremonia que fue calificada como “acontecimiento social del momento”. Tras vivir tres años en París el matrimonio se afinca en Argentina, alternando Buenos aires con la estancia Los Cerrillos que poseía Barón Biza en Alta Gracia, Córdoba. Myriam ha abandonado el séptimo arte por expreso pedido de su marido y ambos, por no hacer mudanza en su costumbre, continúan – e incluso acentúan- el desenfrenado tren de vida que heredan de Europa, alimentando las principales páginas sociales de las revistas porteñas: extravagancias (se hacen acompañar por un leopardo amaestrado llamado Gaucho); fiestas de alta sociedad oficiales, con ostentación de valiosas joyas y pieles, alternando con fiestas privadas en las que Barón Biza impone sus excéntrica normas: como, por ejemplo, que los distinguidos y opulentos invitados fueran disfrazados de obreros, ladrones y prostitutas, para después mezclarlos con sus equivalentes reales, o que todo aquel que no estuviera ebrio fuera encerrado en jaulas; orgías y una peligrosa afición a volar. Barón Biza, siempre solícito a las veleidades y caprichos de su esposa, le regaló un pequeño monoplano con el que Myriam Stefford comenzaría una aventura aeronáutica que terminaría en tragedia. El 26 de agosto de 1931, se precipitaba mortalmente cuando participaba en un ambicioso raid aéreo por las catorce provincias argentinas junto a su instructor Ludwing Fuchs en tierras de Marayes, provincia de San Juan, y no en los jardines inmensos de su propia casa, como en un primer momento indicara Vila-Matas (3). Sí fue, efectivamente, sepultada en su estancia de Alta Gracia en una colosal tumba faraónica, encargada por el viudo Barón Biza al arquitecto Fausto Newton, provista de un gran obelisco de 82 metros de altura en forma de ala de avión o, como apunta Christian Ferrer, de un “puñal de cemento apuntando hacia el cielo” (5). De esta primera parte de la historia sólo quedará – parafraseando a Ferrer en una entrevista concedida a Pablo Markovsky en El Ciudadano y la Región (7)- el altísimo mausoleo construido “a modo de ruego, de petición enviada hacia el cielo”, en cuya base hay una cripta abovedada en la que descansaron los restos de Miriam Steford, con una inscripción: “Viajero rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia quiso llegar hasta las águilas”.

La vida de Barón Biza, tras la muerte de su esposa, se polariza en torno a dos grandes pasiones: la política y la literatura. Desde el punto de vista político, se convirtió en un excéntrico militante yrigoyenista, en contacto con los sectores revolucionarios del Partido Radical que conspiraban contra los gobiernos conservadores. Tenemos, pues, el contradictorio caso de un burgués millonario con ideas comunistas y que aboga por la revolución. Combatió activamente el régimen de la Década Infame, financiando publicaciones contrarias al gobierno e incluso comprando armas para iniciar la lucha armada, lo cual le valió la persecución, el encarcelamiento y finalmente el exilio en Uruguay. Artista del exceso, llena las páginas de los diarios con sus aventuras carcelarias (huelgas de hambre, sus peticiones a gritos de botellas de champagne importado expresamente para él y sus compañeros de celda) y convoca una huelga de protesta contra los gobiernos argentino, uruguayo y brasileño. Sus soflamas revolucionarias trascienden las fronteras y despiertan tal temor que vuelve a dar con sus huesos en prisión. Esta tapa de su vida queda plasmada en su libro periodístico Por qué me hice revolucionario (8), de 1933. Es precisamente en ese año y en su estancia penitenciaria cuando ultima los trámites de publicación de la más célebre y polémica de sus obras: El derecho de matar (9). Esta novela en realidad era la cuarta obra que se autoeditaba Barón Biza, anteriormente había publicado Del ensueño (1917), Alma y carne de mujer (1921) y Risas, lágrimas y sedas (1924), pero fue la primera que tuvo una fuerte repercusión social. Según las palabras del autor, es un libro escrito “para los que no tienen Dios ni hembra”, destinado “a las prostitutas sin cartilla, los presidiarios que no llevan número, los jueces y quizás las colegialas”; para terminar de provocar al “hipócrita lector” añade: “hay en él cátedra de muerte, tribuna de revolución, escuela de crimen, remansos de odio”. Y por si acaso el contenido de la historia de Jorge Morganti, su hermana Irma y su amante Cleo, tejida con un lenguaje duro y descarnado, en el que se mezcla el sexo, la filosofía –
Nietzsche y Schopenhauer en el fondo, más otros ingredientes de cuño propio como la misantropía o la misoginia - y la política - el paradójico rechazo anarco-comunista de las clases altas-, no fuera lo suficientemente provocador, la actitud del autor contribuyó al escándalo: hizo editar el libro con tapa plateada para poder enviarle un ejemplar al mismísimo Papa Pío XI, deseo que llevó a cabo, escribiéndole a su Santidad la siguiente “dedicatoria”: “Para que tus porteros lo dejen pasar, para poder atraer tu atención, para que él sea una nota discordante en el salón entristecido de tu biblioteca oscura, he revestido de plata su portada”. El gobierno de Agustín Justo ordenó el secuestro policial de la primera tirada completa de 5000 ejemplares e inició un proceso por obscenidad contra Barón Biza, quien logró con no pocas dificultades su absolución, aunque permanecería en la cárcel por razones políticas. Posteriormente publicaría una segunda versión de El derecho de matar en edición rústica para que fuera accesible al bolsillo de los obreros. Pese a no ser su mejor trabajo – en opinión de una crítica que nunca valoró el conjunto de su obra-, se convirtió en el libro más famoso de Raúl Barón Biza y la “obra maldita” por excelencia de las letras hispanoamericanas.

Tras su liberación empieza su relación amorosa con la joven de diecisiete años Rosa Clotilde Sabattini, veinte años menor que él e hija de su íntimo amigo el líder radical Amadeo Sabattini. Los dos amantes emprenden una huida que acaba en boda secreta en 1935, lo que supone la enemistad de por vida del padre de la novia y de toda la familia Sabattini. El matrimonio abandona Argentina para que la joven siguiera sus estudios en Europa, con el tiempo llegaría a ser una importante figura en el campo de la Pedagogía. En 1940 retornan a su país, pero la persecución política del gobierno peronista los obliga a exiliarse de nuevo en Uruguay. En Montevideo nacerán sus tres hijos Carlos, Jorge – el segundo protagonista de esta historia- y María Cristina. En 1941, Barón Biza publica una novela que previamente había anunciado a la prensa que sería post mortem: Punto final (10), obra de gran crudeza que le valió un nuevo proceso por obscenidad. Según Juan Baylac en su artículo “Historia de una redención” (11), se trata de “una de esas novelas que, detrás de una engañosa simplicidad, esconde algo muy profundo”, y añade que resulta fácil distraerse con el erotismo y las perversas aventuras del protagonista, pero que a medida que avanzamos en la lectura “se advierte, casi con sorpresa, que todo aquello no era un fin en sí mismo, sino que estaba al servicio de una lección moral”. En este sentido se podría hablar de una novela de tesis en la que los personajes son trasuntos alegóricos del autor (Ego), su víctima (Alma) y su redención (Vida). Para Fernando Domínguez – “Barón Biza, el régisseur” (12)- la elección de esos nombres es una cursilería, no obstante, piensa que la estructura de la novela es más arriesgada que la de El derecho de matar y que tiene momentos de una fuerza extraordinaria. No opinaba igual la crítica coetánea, un crítico de la época llegó a comentar que se trataba de la obra de un degenerado.
A finales de la década de los 40, el matrimonio Biza-Sabattini regresa a Argentina arrastrando una grave crisis. En 1950 las desavenencias son tales que Alberto Sabattini – hermano de Clotilde- se bate a duelo con Barón Biza, resultando ambos heridos de bala. Raúl, que ya contaba con otros antecedentes de duelos, es de nuevo encarcelado. En 1953 el matrimonio rompe definitivamente, Rosa marcha a Montevideo y Barón Biza obtiene un puesto de diplomático en Hungría. Durante la década de los 50 y principios de los 60, en tanto que la trayectoria vital y profesional de ella sube como la espuma, la de él conoce el declive: pasó sus últimos años como concesionario de los locales que están en el subterráneo del – ironías de la vida - obelisco porteño, en palabras de Fernando Domínguez, “su tumba era esa y estaba enterrado” (12). En 1963 publica Todo estaba sucio (13), su libro más pesimista y según cierto sector de la crítica afín a Barón Biza, su novela más conseguida. Desde el punto de vista literario, el lenguaje torrencial de sus anteriores libros aquí se ha vuelto más pulido, pero el contenido ha ganado en brutalidad, el resentimiento del escritor apunta ahora hacia el judío, alternándose oscuras reflexiones sobre el destino de la humanidad con párrafos de un feroz antisemitismo.

El último e infame episodio de esta primera historia tiene como escenario el departamento porteño de Barón Biza, ocurre el 16 de agosto de 1964, el escritor se reúne con su esposa y los abogados para tramitar el divorcio, allí también estaba su hijo Jorge. La reunión se pone tensa y Raúl ofrece whisky para calmar los nervios. Sirvió a unos y a otros, y el último vaso repentinamente lo arrojó al rostro de su mujer. Contenía ácido y le produjo graves quemaduras. Una vez que todos corrieron al hospital para atender a la herida, Barón Biza puso fin a su vida pegándose un tiro en la sien. El ácido destrozó la carne del rostro de Clotilde. Años después, tras varias operaciones de reconstrucción facial, entre llorar y volar, elegirá la segunda opción, aventurarse al vacío, a la nada, desde la ventana del maldito apartamento en que su vida quedó hecha añicos por un acto cobarde y deleznable, que borró de un plumazo ese halo romántico que rodeaba al escritor.

Si Raúl Barón Biza es la vida llevada al límite – del bien y del mal-, la materia palpitante que supera la ficción, su hijo Jorge Barón Biza (1942-2001) es simplemente la literatura que redime y que rinde cuentas a la vida. Jorge fue un prolífico escritor que trabajó principalmente en el campo del periodismo (colaborador de numerosos diarios de Buenos Aires y Córdoba) y que destacó dentro de la literatura fundamentalmente por dos títulos: El indiferente – una traducción y ensayo sobre Marcel Proust- y la ya citada El desierto y sus semilla (1), obra que, a diferencia de la producción novelística de su progenitor, contó con el elogio de la crítica, fue recibida en Argentina como una novela mayor. A pesar de esta consideración crítica, algunas voces, como señalara Manuel Crespo en su artículo “En el nombre del hijo” (14), “insistieron en soslayar la obra de Jorge Barón Biza por su proximidad con los hechos que la habían engendrado”. Efectivamente, El desierto y la semilla arranca su firme pulso narrativo con la descarga de ácido en el rostro adorado de la madre del protagonista, Mario Gageas, álter ego del propio escritor, y se extiende poco más allá del suicidio de Eligia (trasunto literario de Clotilde). La ficción autobiográfica narra el derrotero de Mario por Buenos Aires y Milán, mientras acompaña a su madre en la búsqueda de una improbable cura para su rostro calcinado, y en toda la obra siempre presente la sombra del culpable del descenso a los infiernos: Arón, esto es, Raúl Barón Biza. Ahora bien, la novela no se agota en la anécdota autobiográfica, Jorge Barón, que siempre defendió la autonomía de su obra como artefacto de ficción, narra – en palabras de Vilas-Matas (4)- “cómo fue reconstruido el rostro de su madre al tiempo que, en estructura paralela, trata de reconstruir la desgraciada historia de la desfigurada Argentina del siglo pasado”. El cuerpo de Evita descansa en algún lugar de Milán, cerca de la clínica de Eligia, la comparación entre las dos rivales políticas es inevitable: la muerta impoluta y la viva enterrada en vida detrás de una apariencia monstruosa, y al otro lado del océano un país que yace hundido en sus propias contradicciones. Para Manuel Crespo – op. cit. (14)- esta novela es “el ejemplo más definitivo de cómo la literatura puede ser transporte y justificación de toda una época”. Son muchos los aciertos de la novela de Barón Biza hijo: historia personal- enriquecida con elementos ficticios y paródicos- con proyección contextual histórico-política; la mirada de un narrador ora irónica, ora compasiva; la elección de un lenguaje literario que conjuga el lirismo y el lenguaje coloquial – los diálogos milaneses están escritos en “cocoliche”- y, sobre todo, como ha escrito María Soledad Boero (15), el “tratamiento particular que el escritor Jorge Barón Biza le otorga a la representación estética del rostro”, que le ha permitido “producir una escritura que permanece de pie, que se sostiene por sí misma, más allá de los acontecimientos que le dieron origen, más allá y más acá del incesante paso del tiempo”.

Al final de la novela, Gageac termina reconociéndose semilla del desierto de Arón y hace hincapié en la fatalidad de los genes que preside toda su vida y que forja un destino insorteable: “A los treinta y seis años me convenzo de que he malgastado todo. Si doce años atrás se había terminado para mí el tiempo de las metáforas, ahora se termina el tiempo de las excusas. En estos meses recientes no he tropezado con nada vital salvo esta decisión de volver al balcón, a la biblioteca desnuda (…). Tarde o temprano yo también seré sólo un texto; no me queda mucho más por hacer”. Jorge Barón Biza, tras años de lucha contra la depresión y los recuerdos, el 9 de septiembre de 2001 se acercó al balcón del departamento 12 donde vivía en el barrio de Nueva Córdoba y, al igual que hicieran su madre y su hermana María Cristina, emprendió su vuelo hacia la muerte. La fatalidad y la maldición, como una especie de leit-motiv familiar, gravitan sobre las vidas y la memoria de los Barón Biza. Pero, como ha escrito Fernández Cicco (16), las maldiciones necesitan de una redención para morir en paz, y ésta ha empezado con la actual recuperación de sus textos.
BIBLIOGRAFÍA

(1)Jorge Barón Biza: El desierto y la semilla. Buenos Aires, Ed. Simurg, 1998.
(2)Jorge Barón Biza: El desierto y la semilla), Madrid, Ed. 451 editores, 2007.
(3)Enrique Vilas-Matas: “Argentina. Carta desde Barcelona”, Madrid, Letras Libres, abril 2002.
(4)Enrique Vilas-Matas: “Enigmas variados”, Barcelona, El país de Cataluña, junio 2006.
(5)Christian Ferrer: Barón Biza. El inmoralista, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2007.
(6)Candelaria de la Sota: El escritor maldito. Raúl Barón Biza, Buenos Aires, Ed. Vergara, 2008.
(7)Pablo Makovsky: “El brutal Barón Biza”, diario El Ciudadano y la Región, Rosario, mayo 2007.
(8)Raúl Barón Biza: Por qué me hice revolucionario, Montevideo, Ed. Campo, 1933.
(9)Raúl Barón Biza: El derecho a matar, Buenos Aires, Ed. de autor, 1933.
(10)Raúl Barón Biza: Punto final, Buenos Aires, Ed. de autor, 1941.
(11)Juan Baylac: “Historia de una redención”, Buenos Aires, Contracrítica, enero, 2008.
(12)Fernando Domínguez: “Barón Biza, el régisseur”, Contracrítica, enero, 2008.
(13)Raúl Barón Biza: Todo estaba sucio, Buenos Aires, Ed. Nuestra América, 1963.
(14)Manuel Crespo: “En el nombre del hijo”, Buenos Aires, Contracrítica, enero, 2008.María Soledad Boero: “Sobre rostros caídos. La construcción de una estética en El desierto y la semilla, de Jorge Barón Biza”, Cartaphilus 3, Revista de Investigación y Crítica estética, Universidad de Murcia, 2008.
(15)Emilio Fernández Cicco: “Raúl Barón Biza, el exterminador”, Bogotá, Revista Gatopardo Nº 21, 2007.

DAVID GONZÁLEZ


David González, uno de los primeros escritores a los que Joaquín Piqueras dedicó su sección de Insólitos radiofónica, leyó sus poemas en la Biblioteca Regional de Murcia el día 23 de abril dentro del XI Encuentro de Poetas en el Ágora. Poetas periféricos. He aquí uno de sus más célebres poemas, que fue incluido en la ya mítica antología de Feroces... y que, por supuesto, no faltó - algo que sin duda nunca olvidaremos los allí presentes- en su recital:
.

HUMILLACIÓN
.
El funcionario,
un cacho de carne con ojos
en mangas de camisa, dice:
Todas las cosas de metal que tenga
sáquelas y déjelas sobre esa mesa. Luego, mi abuela,
apoyándose en su muleta
(hace un año se rompió la cadera
al caer de espaldas al suelo
mientras limpiaba los cristales
de la ventana de la cocina
subida encima de una banqueta),
pasa por el detector de metales,
y el detector emite una serie de pitidos.
A lo mejor es la muleta, dice mi madre.
¿Puede andar sin ella?
Bueno, sí, pero no querrá
Que se la de a usted y que vuelva a pasar.
Y mi abuela,
su largo pelo blanco recogido
en un moño por detrás de la cabeza,
un pañuelo negro cubriéndola,
hace lo que le ordenan,
y aún cojeando
consigue que el detector pite otra vez.
A ver, quítese ese pañuelo.
Mi abuela obedece.
Seguro que son esas horquillas,
así que hágame el favor de soltarse el pelo.
Mi madre explota:
¿pero no se le cae a usted la cara de vergüenza
al hacer que una persona tan mayor
tenga que pasar por todo esto para ver a su nieto?
¿Qué se piensa que somos nosotros?
¿No sabe usted distinguir a la calaña de las personas honradas?
Pero ya mi abuela, con su vestido gris,
está pasando de nuevo por el detector
con idéntico resultado
que las dos veces anteriores, y el boqueras,
un cacho de carne, dice:
¡Quítese el vestido!
Si quiere puede doblarlo y colgarlo
del respaldo de esa silla de ahí.
Mi madre está tan indignada
que no le salen ni las palabras.
Y mi abuela,
cojeando,
despeinada,
en enaguas,
consigue cruzar al otro lado del detector
de metales sin ser delatada.
Ahora ya puede vestirse y pasar al locutorio.
No tiene usted perdón de Dios, le dice mi madre.
Y mi abuela,
que al ir a ponerse el vestido
ha encontrado en un bolsillo una moneda suelta,
se acerca al boqui y le dice:
Perdón, señor, ¿sería esto lo que sonaba?
Y le pone delante de los ojos,
a modo de espejo en miniatura,
una peseta
con la cara de Franco.
.
(David González, El demonio te coma las orejas, Crecida, Ayamonte, 1997)

CORCOBADO

Poema de Javier Corcobado


EDUARDO HARO IBARS


LA SOLEDAD DE UN VAMPIRO LLAMADO HARO IBARS
JOAQUÍN PIQUERAS

Presencias que nos pueblan..
Son la muerte del héroe en sus espejos
“Como leve fulgor”

En el sepulcro, amo.
“Finale”

El vampiro, como símbolo de la dualidad “humanimal”, el ser híbrido que alberga en su interior los instintos antitéticos de la supervivencia y la autodestrucción, del sexo y la muerte, constituye uno de los motivos más recurrentes en la obra del poeta maldito Eduardo Haro Ibars. No en vano uno de sus poemarios más celebrados lleva por nombre Empalador, rescatando del imaginario colectivo la figura del Conde Drácula creada por Stoker y basada a su vez, como sabemos, en la leyenda del sanguinario Vlad el Empalador. Y es que de todas las criaturas terroríficas que han engendrado la literatura y el séptimo arte, el vampiro resulta, sin duda, la más fascinante, porque representa lo que más nos atrae y nos repele: el reverso insano y peligroso que cada encuentro sexual lleva aparejado, sexualidad desbordada y acercamiento hacia la muerte, precisamente las dos constantes que rigen la biografía y la obra poética del malogrado Haro Ibars.
Nieto del periodista y comediógrafo Eduardo Haro Delage e hijo del periodista y ensayista Eduardo Haro Tecglen, Eduardo Haro Ibars nació en Tánger en 1948 y tuvo una existencia efímera, hizo suya la máxima de sus más admirados héroes del rock: “vive deprisa, muere joven y haz un bonito cadáver”: en 1988 murió a la emblemática edad de los 40 años, negándose a cruzar el umbral de la madurez. Como ha dejado escrito el senior Antonio Martínez Sarrión (1), coinciden en los setenta una serie de autores, algunos de ellos íntimos amigos, clónicos en cuanto a “sensibilidad, desorden de vida, aceptaciones, rechazos y cosmovisión”, éstos son Eduardo Hervás, Antonio Maenza, Antonio Blanco, Aníbal Núñez, Leopoldo María Panero y el poeta que nos ocupa. Todos ellos, siendo jóvenes, “sucumbieron al canto de las sirenas”, excepto el superviviente L. M. Panero. Francisco Umbral – a quién, por cierto, Panero y Pasarín habían dedicado “ A un estupidillo crítico literario llamado Paco Umbral” en Cadáveres exquisitos y un poema de amor (2)- en su Diccionario de literatura, refiriéndose a los maudits Haro Ibars y L. M. Panero, escribe: “... los malditos de hoy ya no son ni pueden ser ingenuos, ay. Saben a lo que están jugando. Rimbaud o Dylan Thomas no lo sabían. Ésa es la definitiva diferencia” (3). Lo cierto y verdad es que, aunque después ambos poetas abominarán de esta manida etiqueta, en sus años de juventud no sólo eran orgullosos “malditistas” que rendían culto a escritores atormentados de vida desordenada y obras transgresoras (los ya citados Rimbaud y Thomas, Baudelaire, Poe, Lautréamont, Artaud, Corbière, Villon, Sade, y un larguísimo etcétera) , sino que hicieron conscientemente del “malditismo” una forma de vida: marginación voluntaria, vida autodestructiva, gusto por los excesos, toxicomanías varias, bohemia urbano-nocturna, gusto por lo prohibido y rechazo al estilo de vida burgués. La bohemia, la locura, la libertad sexual, la genialidad y el suicidio como idea constante se mezclaron en sus almas convirtiendo sus existencias en arriesgadas bombas de tiempo. Mientras L. M. Panero, que en sus frecuentes entrevistas pugna en vano por separar vida y poesía y no cesa de reiterar que se le juzgue por su obra y no por la leyenda maldita de su biografía, es actualmente, a pesar de la radicalidad zozobrante de su poesía, uno de los más reconocidos y loados juglares de la actualidad – algo así como el maldito oficial - y de los que con más regularidad publica ( en 2004 publicó tres libros en diferentes editoriales), de ahí que Francisco Lucio(4) se refiera al autor de Teoría como poeta “bendito” más que maldito, Eduardo Haro Ibars sí que es un auténtico marginado en la historia reciente de nuestras letras, un verdadero autor de culto, sólo conocido en circuitos underground y gran ausente de todas las antologías de los 70 y 80, de los novísimos a los postnovísimos, de modernos a postmodernos y de “jóvenes poesías españolas”.
Como explica detalladamente, J. Benito Fernández – que precisamente en la actualidad ultima una biografía sobre Haro Ibars – en su trabajo monográfico sobre L. M. Panero El contorno del abismo(5), los dos poetas, que tenían la misma edad, fueron durante un largo tiempo “compañeros de viaje”, compartieron la aventura de la clandestinidad antifranquista, la militancia comunista, las primeras experiencias con las drogas e incluso su estancia en el penal de Zamora ( fueron detenidos en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes en 1968), donde, según confiesa L. M. Panero(6), Haro Ibars inició al joven poeta en el “gozo de la homosexualidad”. Tras el episodio carcelario y después de un lisérgico viaje juntos a Tánger, las relaciones entre ambos se tornaron cada vez más tensas. Haro Ibars en su artículo “El caso Panero”(7) califica al autor de El último hombre como fracaso: “Panero es un fracaso: como poeta, como hombre, como suicida”. Leopoldo, desde su voluntario encierro psiquiátrico, de forma arbitraria, unas veces lo ha idolatrado, otras lo ha hecho objeto de furibundas críticas, incluso después de muerto: “ Fue uno de mis maestros a nivel vital..., uno de esos seres que practican la maldición metodológicamente... El problema es que como escritor era muy malo. Quizás Empalador está bien..., pero fumar drogas y hablar de vampiros me parece que no representa ninguna calidad intelectual”(8). La poesía de Haro Ibars y la del primer Panero, salvando la distancia entre sus particularísimas poéticas, confluyen en no pocos aspectos: fragmentarismo, ausencia de puntuación, narrativa sincopada, libertad tipográfica, influencia surrealista en la libre asociación de imágenes y el irracionalismo, veneración por lo noir y lo maudit, imágenes urbanas, repetición obsesiva de símbolos, una libertad léxica que no escatima en la utilización de palabras obscenas y escatológicas – aunque mayor en el caso de Panero – y una común pasión por el mal, que tiene su arraigo en Baudelaire y en Sade . Si este mundo que nos golpea es el Bien, entonces se hace necesaria otra concepción de la existencia distinta que sólo como contradicción se ubica bajo el signo del Mal. Además los dos serán los primeros poetas españoles que escriban poemas sobre la heroína: el llamado “caballo de la muerte” ocupará asimismo un buen número de páginas de ¿De qué van las drogas?, texto de divulgación publicado por Haro Ibars en 1978 sobre un tema que el poeta conocía de primera mano.
Ahora bien, podemos citar, por contra, tres rasgos que distinguen al autor de Empalador de L. M. Panero y otros poetas coetáneos: su “sensibilidad del rock”, que, tal y como ya señalara Luis Antonio de Villena (9), no consiste sólo en incorporar al poema elementos de la vida juvenil moderna, sino en la creación de una escritura que “refleja la visión del mundo que vida tal comporta”. La andadura poética de Haro Ibars – autor en 1974 del libro Gay rock – estuvo íntimamente vinculada a la movida madrileña y sus poemas sirvieron de inspiración a grupos musicales tan dispares como la Orquesta Mondragón y Gabinete Caligari ( quién no recuerda la magnífica “Pecados menos dulces” de Camino a Soria). Los otros dos rasgos a los que nos referíamos son su asimilación de la poesía de la beat generation norteamericana ( Ginsberg, Burrought, Kerouac,...), hasta tal punto que se ha hablado del poeta como el único representante beatnik de la lírica hispana, y un profundo conocimiento de las vanguardias, que pone al servicio de una poética transgresora basada en el utópico conato de “ir más allá” en todo. Como ha escrito Francisco Nieva en el prólogo a la Obra poética completa de Eduardo Haro Ibars (10), el poeta “intuía perfectamente la superación de las vanguardias, creía siempre en un ‘más allá’ de nuestra conciencia, creía en todo cuanto al hombre se le puede ocurrir y se le puede revelar incesantemente”. El resultado es una poesía visionaria, “psicourbana”, anclada en una pseudoética del mal, con un trasfondo“pansexualismo radiante” y, sobre todo, cuajada de “imágenes de una extrema calidad poética”.
Haro Ibars publicó en vida cuatro poemarios: Pérdidas blancas (1978), Empalador (1980), Sex Ficción (1981) y En rojo (1985), todos ellos reunidos en Obra poética (2001). Además, como narrador, dejó escrito el libro de relatos de ciencia ficción El polvo azul. Cuentos del mundo eléctrico, que inauguraría en 1985 una colección de Ediciones Libertarias dedicada a la nueva narrativa española. En todas estas obras confluyen tres planos isotópicos sumamente reveladores de la imagenería poética de Haro Ibars: una mitología personal “neurorromántica”, producto de su vasta cultura literaria ( estatuas, princesas, sátiros, centauros, jardines, tumbas abandonadas, vampiros y otros entes del más allá, etc.); un plano urbano-cotidiano ( asfalto, neón, farolas, alcoholes, establecimientos y objetos cotidianos, escaleras, plástico, etc.) y una sexualidad desbordada, mostrada explícitamente ( cuerpo, “ arrebatos de carne abierta”, muslos, labios, esperma, la boca “sedienta de suicidios”, piel, etc.), pero también de forma connotativa a través de un simbolismo animal que evoca irremisiblemente la “pansexualidad” antes aludida: toda suerte de insectos, peces y, sobre todo, mamíferos y reptiles, desfilan por sus páginas como bellos y a la vez terribles monstruos pletóricos de sexualidad. Los tres planos quedan integrados en el tema neurálgico de la dualidad del vampiro: el sexo, como liberación y como instinto de supervivencia en un mundo hostil, y la obsesión por la muerte: es significativo, al respecto, ese contrapunto nerudiano que es “Residencia en la muerte”, estancia “ sin cara y sin espejos”, donde podemos vernos “en la luz oscura de un secreto” que sólo la muerte conoce, simbolizada en el “gusano triunfante” de Poe, cuya descripción nos recuerda a los engendros de su admirado y traducido H. P. Lovecrarft, “vestido de escamas vestido de infinidad viscosa”. El espejo – ausente en la muerte- es uno de los símbolos cotidianos más convocados en la poesía de Haro Ibars, el espejo abominable, y no porque multiplique el número de los hombres – que dijera Borges -, sino porque supone la muerte del héroe, la soledad del vampiro – que ni siquiera se ve reflejado en él -, la soledad del individuo que agoniza en los “pliegues del tiempo” y del que sólo queda el recuerdo de su heroísmo transformador.

BIBLIOGRAFÍA

(1) Prólogo a J. Benito Fernández , El contorno del abismo. Vida y leyenda de L. M. Panero, Tusquets, Barcelona, 1999.
(2) Leopoldo Mª Panero y José Luis Pasarín Aristi, Cadáveres exquisitos y un poema de amor, Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1992.
(3) Francisco Umbral, Diccionario de Literatura. España 1941-1995: De la posguerra a la posmodernidad, Planeta, Barcelona, 1995.
(4) Francisco Lucio, “Un poeta bendito”, Quimera, núm. 139, septiembre, 1995.
(5) J. Benito Fernández, El contorno del abismo... ( Op. Cit.)
(6) Leopoldo Mª Panero, “Epitafio para Eduardo Haro Ibars”, Diario 16, septiembre, 1988.
(7) Eduardo Haro Ibars, “El caso Panero”, Diario 16, febrero, 1984.
(8) Víctor Crémer, “Entrevista a Leopoldo Mª Panero. Figuras de la pasión”, Combate, núm. 478, julio, 1989.
(9) Luis Antonio de Villena, Postnovísimos, Visor, Madrid, 1986.
(10) Eduardo Haro Ibars, Obra poética, Huerga & Fierro, Madrid, 2001.