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MARÍA GONZÁLEZ


AUTÓMATA
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Tengo miedo a la muerte.
A la soledad, a la ceguera.
A los periódicos, a las posesiones.
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Siempre me asustaron
los autómatas. Ahora, el espejo
y Bellmer, con Maeterlinck
soplando por las calles.
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(María González, El año en que murió Jean Genet, La Bella Varsovia, 2o1o)

VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ


UNA VIDA MODELO
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Qué vacío descubre uno en sí mismo/ cuando uno mismo busca su yo interno./ Qué ser desagradable se contempla/ cuando su propio ser uno examina.
....................José María Fonollosa.
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Se despertó cansado y con dolor de cabeza. Con dolor de brazos. Con una insoportable pesadez de espalda.
Eran las siete y diez de la mañana. Igual que todas las mañanas.
Hacía años que no necesitaba ya el despertador. Su reloj interno le marcaba siempre la hora, mecánica, rutinariamente, incluso los días en los que no tenía que ir a trabajar.
Buscó a tientas las zapatillas por la alfombra, para no despertar a su mujer, y salió sin hacer ruido de la habitación.
Mientras se duchaba, enjabonándose lentamente y recibiendo el agua tibia en la cara, pensó de nuevo en lo mismo.
La cosa, ciertamente, estaba llegando a un punto extremo. Tenía cuarentaiséis años, una mujer y dos hijas que alimentar, y no podía soportar más su trabajo.
Se sentía desmotivado y atrapado por la cadena voraz del consumo, por el sistema falso que, como a tantos otros, le quisieron vender: sé productivo, sé responsable, cásate, cómprate un piso, aparenta ser buen padre, buen marido, endéudate, vive por encima de tus posibilidades, de tus necesidades, créatelas, hazte esclavo de ellas, aguanta, revienta, envejece, muérete...
Llevaba casi veinte años trabajando en la misma fábrica, hipotecándose en ella, desgastándose por dentro y por fuera, y se sentía sin fuerzas para continuar haciendo lo mismo.
Había tocado fondo.
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Mientras se afeitaba, con la toalla enrollada en la cintura, contempló su rostro en el espejo: las bolsas hinchadas de los ojos, las arrugas en la frente, las manchas parduzcas en su piel. Sin duda alguna, aparentaba más edad de la que realmente tenía.
Desayunó un café y unas galletas, se tomó una aspirina, se vistió en la habitación procurando no hacer ruido y salió de casa.
De camino a la fábrica, siguiendo el recorrido de todos los días, volvió a pensar en lo mismo. Nunca le había resultado divertido el trabajo, pero hasta ese momento había podido siempre con él. Lo consideraba un mal menor, un medio para costearse una forma de vida. Sin embargo, desde hacía algún tiempo, todo había ido cambiando en su cabeza. El trabajo le resultaba, más que nunca, insoportable e inútil, su autoestima se había derrumbado y sentía un desinterés creciente por la mayoría de las cosas que le rodeaban. Como si todo, de la noche a la mañana, careciera por completo de sentido, sus valores, sus esquemas, sus proyectos y su maquinal forma de vida.
Quizá tenga que ser así, pensó, quizá no deba preocuparme, darle vueltas, quizá sea simplemente que me estoy haciendo viejo...
Se detuvo, como cada mañana, en la Churrería del Sur, un pequeño quiosco entre las moles de hormigón, y le sirvieron en la barra su copa de orujo acostumbrada.
Bebió un sorbo y hojeó por encima el periódico: crímenes, guerras, pobreza, descensos en la Bolsa, corrupción política, programas de televisión... Le pareció el mismo guión de siempre, las mismas noticias repetidas una y otra vez, el mismo montaje, la misma dinámica, la misma información: una realidad plagiándose absurda y despiadadamente días tras día.
Bebió otro trago apoyado en la barra y miró a su alrededor. También aquellas, las de sus compañeros, le parecieron de algún modo las mismas caras, las mismas facciones veladas por el mismo cansancio, por la misma náusea, por el mismo miedo. Todos tenían semejantes problemas, semejante trabajo, semejantes familias, veían los mismos programas de televisión y conversaban invariablemente de las mismas cosas. Todos, de una forma u otra, tenían marcado en sus rostros el sello apático de la resignación.
Apuró la copa de orujo y siguió andando por la avenida. La mañana estaba encapotada y ventosa, desapacible, y todo el mundo se dirigía apresuradamente al trabajo, cientos de personas circulando como autómatas por las calles, dispuestas a desempeñar su tedioso papel en el engranaje forzado de la sociedad.
En el fondo - se dijo - les debe pasar a todos lo mismo. Tarde o temprano tienen que pensar que nada tiene sentido, que nada merece realmente la pena... Pero que hay que seguir aguantando...Cuando llegó a la fábrica, una enorme nave de facturación de piel, se dirigió al vestuario y, como todas las mañanas, se cambió en su taquilla de ropa: un mono de color gris, gafas y guantes protectores y un calzado ancho y holgado.
Entró en la nave, saludó a sus compañeros de turno y conectó su máquina de barbear y cortar piel.
Mientras daba forma al cuero, manejando cuidadosamente las cuchillas, pensó en lo que estaría haciendo entonces su mujer. Habría desayunado ya y estaría vistiéndose para ir al trabajo, otra fábrica semejante a la suya donde, igual que él, había desperdiciado toda su juventud. Imaginó su cuerpo envejecido y cansado enfundándose en la ropa, sus piernas blancas e hinchadas, salpicadas de venillas rojas, deslizándose en las medias, su melena recogida en una insulsa coleta, su cara ojerosa apresuradamente maquillada. La imaginó despertando a las niñas y despidiéndose casi al instante de ellas, bajando a la calle y corriendo bajo el cielo asfixiante y gris de la mañana. Y le pareció, de nuevo, que las cosas no tendrían por qué ser de ese modo.
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Entonces, súbitamente, como si despertara al fin de un sueño, decidió hacer lo que había estado planeando casi a diario desde hacía varios meses.
Acercó su brazo a una de las cuchillas, lo situó por encima de la protección del guante de malla, ya a pocos centímetros del codo, y lo introdujo sin pensárselo en la cortadora.
No sintió apenas dolor. Sólo un intenso fuego.
Vio su mano en el suelo, moviendo convulsivamente los dedos en el interior del guante, y su brazo seccionado que comenzaba a sangrar: pequeñas flores brillantes, al principio, que progresivamente fueron aumentando de tamaño hasta teñir su vista de rojo.
Cayó de bruces, golpeándose contra el piso en la frente, y pese a todo, en lo profundo, se sintió en parte aliviado. Inútil al fin para la sociedad.
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Antes de gritar, imaginó unas largas y bien merecidas vacaciones.
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(Extraído del blog Las afinidades narrativas)

ANTONIO LLORENTE ABELLÁN


PRECEPTIVAS
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Habrá que hacer loa de cualquier cosa.
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De la mera contemplación hacer poesía.
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Lo mismo ha de dar una nube que un amor,
o la emoción de contemplar un cántaro,
qué cosas...
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Y es que hay que rastrear lo sublime,
hacerlo brotar entre las líneas de los versos.
Parece que ahora importa más el papel en blanco
que el sordo rumor de un corazón desmoronado
o el de un alma arrugada en el ocaso
porque siente con el día morirse el mundo.
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Hoy hay que hacer poesía de memoria
y medir bien los versos, hacer trampas,
no decir la verdad aunque nos mate,
tanta sinceridad, tanto ripio disfrazado
de soneto matemático y puro.
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Poetas de la elegía nos dicen
los poetas sordos y cerebrales
porque no saben escuchar el dulce temblor
de todo lo que vive camino de la muerte.
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No saben de las ansias,
no saben del origen
silencioso y turbio
de cada canción que les suena hermosa.
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No saben nada de la vida ni han entendido
apenas ningún libro.
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Hay que ser como ellos, agasajar
las conciencias de este mundo dormido.
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Y ni un llanto, por favor, ni una pena,
y no hablar del yo, que a nadie importa.
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Mejor las nubes, las aves, los cántaros,
y todo muy discretamente, y muy bien medido
sin hacer ruido, por dios, que nadie se moleste.
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(Antonio Llorente Abellán, Herida, Madrid, Huerga & Fierro editores-Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver, 2009)

POETAS DEL ROCK XVII: NICK DRAKE

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FRUIT TREE, con subtítulos en castellano (pero sin tildes):
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PAUL CELAN


REJA DE LENGUAJE
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Redondez del ojo entre los barrotes.
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El párpado, animal ciliar,
boga hacia arriba,
deja libre una mirada.
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Iris, nadadora, sin sueños, sombría:
el cielo, gris-corazón, ha de estar cerca.

Sesgada, en la férrea arandela,
la tea humeante.
Por el sentido de la luz
adivinas el alma.
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(Si yo fuera como tú, si tú fueras como yo.
¿No estuvimos
bajo un alisio?
Somos extraños.)
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Las losetas. Encima,
bien juntos, los dos
charcos gris-corazón:
dos
bocanadas de silencio..
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(Paul Celan, Reja de lenguaje, 1959, Versión de José Luis Reina Palazón, extraído de Obras completas, Editorial Trota, 1999)

BAPTISTE BLEU

....................................................¡Oh! Sollozo del ser y árbol de la ruina”.
..........................................................................................Leopoldo María Panero.

El recuerdo que era un gusano se comió mi pelo
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Hacia el viento de ceniza
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La chica de la papada orilló el descoloramiento de mi colección de muñecas de porcelana de grandes ojos azules y dorados cabellos besando mi pesadilla
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Pepito Grillo era el gusano del recuerdo y negó con su viento de ceniza
la verticalidad de mi frente
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Pepito Grillo adornó la sien de la chica de la papada con un revólver
Cuando la chica de la papada lamió mi semen juró que sabía a Idalprem.
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Inacabado (“poème abandonné”).
Paul Valéry.
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(Baptiste Bleu, de su poemario inédito Copenhague)

EVA GERLACH

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SOLVE ET COAGULA

Aquella vez que te sangraba la nariz recuerdas
aún, que no se cortaba,
tú en el lavabo, la cabeza inclinada,
“¿voy a vaciarme del todo?” y yo te veía allí sentado,

Era como si ya no me atreviese
a tocarte, o si tú te fueras
a diluir en la realidad como oro
en aguas regias, al haberte yo
apenas acariciado;

naturalmente no ibas a morir
aún, ya lo sabía, pero aquel que canta
para liebres y osos canciones en las que cuenta
como les ha disparado, acababa de empezar
a componer la tuya, yo podía
oírla en mi interior, ping,
pong, los primeros,
cautelosos tonos.
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(Eva Gerlach, Una cama de carne humana [Een bed van mensvlees], De Arbeiderspers, 2003.
Traducción española: Eva Navarro, 2009)

JOSÉ CANTABELLA


ETERNIDAD
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..........
Quién creerá que Chacón estaba vivo si andaba cansado ya miles de años por las calles de su existir cotidiano esperando pacientemente a la muerte que siempre pasaba de largo hasta que un día por fin se comprenderá vagamente que la eternidad lo ahogaba con gestos insólitos..
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EL LECTOR
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.........Murió el poema y se acabó el poeta, se acabó la novela y murió el personaje. Se acabó el libro y murió el lector.

(José Cantabella, Historias de Chacón, Editora Regional de Murcia, 2005)

SOR KAMPANA


Aquí estamos,
como casi siempre saqueados,
sintiendo pasar de largo la felicidad;
aquí se estratifican las frustaciones,
capa a capa,
cavando trincheras en la hiel
y las mentiras, como monótonas tinieblas
que nos amparan ante cada amanecer,
refuerzan los cimientos
de un placer aséptico que "no da".
Ahora sube el telón
y todos,
sin vergüenza,
exhibimos
nuestras imposibles y estúpidas almas,
cacareando arengas místicas o subversivas
en el bazar de la esperanza,
y como brillante colofón
para esta tómbola de buenos sentimientos
rifamos sumisión canina
y placebos para la razón
.
(Extraído de BORRASKA. Ciberfanzine de literatura subterránea. Número 10)

MIRIAM REYES

NO SOY DUEÑA DE NADA
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No soy dueña de nada
mucho menos podría serlo de alguien.
No deberías temer
cuando estrangulo tu sexo,
no pienso darte hijos ni anillos ni promesas.
Toda la tierra que tengo la llevo en los zapatos.
Mi casa es este cuerpo que parece una mujer,
no necesito más paredes y adentro tengo
mucho espacio:
ese desierto negro que tanto te asusta.

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(Miriam Reyes, Bella durmiente, Madrid, Hiperión, 2004)

ARTHUR CRAVAN, EL POETA BOXEADOR

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LANGUIDEZ DE ELEFANTE
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Yo era grande, ¡querido Mississipi!
Por desprecio de poetas, gasterópodo amargo,
Me iba, pero ¡qué amor en las estaciones y qué deporte en el mar!
¡Récord! Tenía seis años (¡aurora de tripa y frescor de pipí!)
Y esta mañana a las diez y diez el rápido
Que flotaba sobre los raíles se cruzaba con trenes límpidos
Y me lanzaba al aire, zambullida en tobogán.
Era el cien por hora y a pesar del rumor,
El encanto de los periódicos embriagaba a los fumadores,
Y aunque el convoy fuera así lanzado,
Arrastrando, imantando albatros y palomas,
A esta marcha loca el expreso me había acunado.
Mis ideas se doraban, los trigos estaban magníficos,
Los herbívoros pacían en el verde golfo de los prados.
Estaba loco de ser boxeador y sonreír a la yerba.
.
(José Luis Gallero ed., Antología de poetas suicidas, Varios autores, Árdora Ediciones, Madrid, 2005)

ARTURO MARTÍNEZ


EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO
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......................................................hacia guilles deleuze

Nada queda de la comunidad
El vacío que deja una tribu o un imperio desplazado
Nada se ha perdido
La nada y su número imaginario
Nada se ha perdido
Una forma que no es
Nunca fue, mito interrumpido
Deleuze por la ventana
Un apartamento de París
noviembre de 1995
Ahora sí estamos perdidos
Acercarse a la vida es peligroso,
Si estás dispuesto a concederla
No regresarás
Sin héroes, la sociedad es un muerto que nadie mira
Agujereado por el secreto
Uno de tantos, a lo largo de tantos
Saltos palideciendo París
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(Arturo Martínez, en {Contrapoesía. Antilogía de poetas reversados}, Ya lo dijo Casimiro Parker, 2010)

LEOPOLDO MARÍA PANERO


.HIMNO A SATÁN
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Tú que eres tan sólo
una herida en la pared
y un rasguño en la frente
que induce suavemente
a la muerte.
Tú ayudas a los débiles
mejor que los cristianos
tú vienes de las estrellas
y odias esta tierra
donde moribundos descalzos
se dan la mano día tras día
buscando entre la mierda
la razón de su vida;
yo que nací del excremento
te amo
y amo posar sobre tus
manos delicadas mis heces.
Tu símbolo es el ciervo
y el mío la luna
que la lluvia caiga sobre
nuestras faces
uniéndonos en un abrazo
silencioso y cruel en que
como el suicidio, sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina y
sangre las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.
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(Leopoldo María Panero, Poesía Completa 1970-2000, Madrid, Visor, 2001)

IAN CURTIS

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Hoy se cumplen 30 años del suicidio del genial letrista y cantante de Joy Division (1956-1980). Como homenaje, este vídeo con subtítulos en castellano:
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JOY DIVISION: ATMOSPHERE

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PATXI IRURZUN

LA VIDA PRIVADA DE ADOLF HITLER
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Aquella mañana, mientras en Auswichtz volvía a caer una fina lluvia de cenizas, Adolf Hitler amaneció de buen humor. La noche anterior había conciliado el sueño con una nueva mezcla de píldoras -estricnina y belladona- del doctor Morell y no hubo desvelos, no apareció Geli, su amante sobrina, con la cabeza reducida a un cuajarón de sangre, ni su estómago malherido exprimió con sus retorcijones el recuerdo del hambre, en la pensión de Viena, cuando era joven.
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Durante el desayuno, cuando Eva Braum le sirvió el acostumbrado segundo tazón, pudo ver en su bigotito rectangular, serpenteando como trémulos gusanos, varias gotas de leche. En momentos así Eva se sentía parte de la historia, pues sólo ella conocía detalles íntimos como ése, o los violentos arrebatos en la alcoba, cuando su pito, ¡Heil Hitler!, se negaba a alzarse. Su nombre permanecería siempre unido al de Adolf Hitler porque debía sepultar en un búnker el secreto de sus miserias domésticas. Aunque a veces él parecía mostrar más cariño por la perra Blondi, que aquella mañana excepcionalmente se había tumbado a sus pies y a la cual el führer introducía una y otra vez el dedo índice en la vagina.
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Tras el desayuno Hitler se reunió con su Reichmariscal, Goering.
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-Tengo que enseñarte algo, Hermann- le dijo, y se dirigieron a la sala de los cuadros, donde había colgado un nuevo lienzo en el que aparecían tres mujeres rubias y desnudas, voluptuosamente ociosas. Hitler se regodeó observando cómo Goering enrojecía de rabia. Quizás Hermann se paseara vestido en sedas blancas, coronado con la cornamenta de un alce por su palacio campestre entre las obras de arte que sus hombres saqueaban de los principales museos de Europa, pero el Führer continuaba siendo él.
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-Maravilloso- hubo de reconocer el Reichmariscal.
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Hitler se pasmó una vez más al admirar la palidez marmórea de la piel de las muchachas e imaginó que posaba sus manos sobre ella y que al retirarlas se dibujaba una huella encarnada, como las marcas sanguinolentas del látigo cuando azotaba las compactas nalgas de Geli... Repentinamente se sintió incómodo, como si Goering profanara su altar o pudiera descubrir las pequeñas gotitas amarillentas de semen sobre el lienzo, con las cuales ofrendaba el recuerdo de su sobrina algunas noches de, cada vez más esforzado, frenesí pajillero.
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-Déjame solo, Hermann- le pidió.
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Estuvo en la sala hasta la hora de comer. Himmler le telefoneó cuando daba cuenta de su ensalada, plagándola de bichitos muertos con sus cifras de deportados, eliminados...
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-Estúpido- pensó. Desconfiaba de su eficacia y su sumisión casi tanto como de la arrogancia de Goering. Incluso creía que había sido Himmler quien hiciera correr aquellos rumores sobre el pasado incestuoso de su familia o sobre las salpicaduras de sangre hebrea en sus venas y creía que, llegado el caso, sería capaz de enviarle a él, al mismísimo Führer, a la cámara de gas.
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Afortunadamente, a media tarde le visitó Joseph Goebbels, su fiel ministro de propaganda. Vieron varias películas de Mickey Mouse. Joseph se descalzó y reposó sus pies doloridos sobre una butaca. Hitler se fijó en el muñón del derecho como el impúdico puño de un bolchevique y sintió una solidaridad entre aquella tara y su único testículo. Le agradaban esos momentos de intimidad, de dos solos y a oscuras, compartiendo sus risas hasta tal punto que cuando Joseph se despidió ("Tengo que irme, Magda ha preparado pavo esta noche") sintió una leve repugnancia, no sabía si por el pavo y sus prejuicios vegetarianos o por Magda, a la que envidiaba en secreto.
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Consultó el reloj: las 8, la hora en que recibía a Morell. Salió al pasillo. Todo estaba en silencio. La Cancillería parecía un navío abandonado y a la deriva. Por un momento, le sacudió una tiritona y las sombras fantasmales de Geli y de su amante judío, con su descomunal pene haciéndole el amor se proyectaron en aquel pasillo espectral. Corrió aterrorizado hasta la sala-botiquín y al entrar la presencia de Morell fue como una angélica aparición, aunque el aspecto de éste, descuidadamente gordo y sucio, se asemejara en realidad al de un ángel caído y revolcado en miasmas.
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Hitler, sin embargo, lo necesitaba, así que se remangó la camisa y se tumbó en la camilla. Su voluntad se concentró en la aguja. La morfina había convertido a un curandero, a un charlatán de feria en el médico de confianza del führer. Poco a poco, oleadas como la eyaculación lenta de mil querubines, le mecieron dulcemente hasta el final arcoirisado de aquel día, de nuevo en casa, con el trabajo cumplido y la narcótica ilusión de que quería a Eva Braun, la cual le servía la cena, mientras la fiel Blondi tendía su vagina a sus pies; incapaz de imaginar que un día probaría con la perra el mismo veneno con el que él se suicidaría, y que el fúnebre regalo de bodas para la abnegada Eva sería el mismo que hiciera tiempo atrás a Geli, su sobrina, la única mujer, el único ser humano por el que sintió algo remotamente parecido al amor: la pistola con la que ella se voló los sesos.
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(Patzi Irurzun, La polla más grande del mundo y otros cuentos, Tenerife, Baile del Sol, 2007. También en BORRASKA. Ciberfanzine de literatura subterránea. Número 10)

GABRIEL FERRATER

SI PUEDO
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Alguna cosa ha entrado
en un poema que sé
que he de escribir, y no
sé cuándo, cómo o qué
querrá decir. Si puedo
lo encaminaré a ti.
Que hable de tus cabellos,
de la escama de sol
que tiembla en esta uña.
Pero acaso no siempre
tenga del todo en cuenta
lo que ahora veo en ti.
He oído el ruido oscuro
de algo que se me cae
a un pozo. Cuando flote,
¿sabré reconocer
que viene de este instante?
.
(Gabriel Ferrater, Las mujeres y los días (poesía completa), Barcelona, Lumen, 2002)

ANTONIA POZZI

GRITO
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No tener un Dios
no tener una tumba
no tener nada firme
sino sólo cosas vivas que se escapan;
existir sin ayer
existir sin mañana
y cegarse en la nada
-socorro-
por la miseria
que no tiene fin.
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(José Luis Gallero ed., Antología de poetas suicidas, Varios autores, Árdora Ediciones, Madrid, 2005)

MANUEL ÁLVAREZ ORTEGA

. ENTRAR en ti, sólo sombra, como se entra en una selva de arañas,
beber desde dentro esa penumbra
de trópico que enaltece tu pubis,
y, abierto a la noche, movilizado por las cuerdas del deseo, viajar juntos o morir en
esa hora
de tristeza complementaria, ser
una secreta órbita en torno a tu delirio, una sima abierta a la eternidad de sueños
sostenidos desde el nacimiento.
.
No así, páramo intemporal, quiero edificar el paraíso
con mi sangre accesible, convertir
el cielo de esa plantación en una cruz de liturgia inversa, ser un astro que orina
su veneno por una osamenta cardinal, un clavo, un cabello, un agujero
ebrio de soledad en medio de la nada.
.
Porque hay lágrimas que conocen el sabor del verano, manos que se adentran en la piel
y crean un espasmo de infierno;
hay lúgubres visiones en torno a una aurora de trapo, ojos que dejan circular sus perversiones
por malsanas galerías sin término,
hay ceniza que medita a solas
en medio de la posesión
y con su hoz taciturna siega el sueño,
.
cuando en la noche, baja marea, como un ajusticiado de otro siglo,
entro en ti, anémona mutilada,
y en la urna letal de tu sexo siembro mi sexo, un aullido en el umbral de mi edad, un cadáver
en medio de tu desolado planisferio.
.
(Manuel Álvarez Ortega, Mantia Fidelis, Huerga & Fierro Editores, Madrid, 2008)

POETAS DEL ROCK XVI: LEWIS FUREY

CANCIÓN A LORCA
.
Lorca, Lorca, acuéstate conmigo otra vez
Otra vez seré dulce, otra vez
No trataré de aparentar estilo
Sino que te dejaré insistir
En tu búsqueda del corazón imposible
Precisamente lo que no puedo resistir
.
Mi vida está centrada alrededor de nuestra cama
Todo lo que entra en ese círculo es alimentado
Y aquí es donde encuentro
Mi mejor rollo
Como un pobre bastardo que ha sobrevivido
Me siento feliz
.
Me haces sentir romántico
Me haces sentir recatado
Me haces sentir deliciosamente inseguro
.
Me haces dar vueltas como una peonza loca
Hasta que pruebas nuestra complicidad, entonces parando
Te giras y apuntas tu coño
Hacia un contexto mayor
Diciendo: "Mira ahora lo que puedo hacer
Con la más diminuta fibra de mi sexo"
.
Lorca, Lorca, ven a acostarte conmigo otra vez
No intentaré defenderme
Siempre te amaré
El pulso de tu sangre es el latido de mi corazón
Mis músculos lloran por ti
.
Me haces sentir romántico
Me haces sentir recatado
Me haces sentir deliciosamente inseguro

.
(Lewis Furey, "Song to Lorca", traducción de Alberto Manzano, en Poetas malditos del rock, Madrid, Espiral, 1986)

TXUS GARCÍA


PURO CUENTO

Ay mira, si te pareces a Alicia
justo antes de pegarle un bocadito cariñoso a la galleta
Esa la que te hace crecer y crecer
y alcanzar cientos de pies de altura

Sigues conejos sin relojes
y cortas cabezas a mordiscos, mi amor
Mi Alicia chiquitita esta noche
mi humpty dumpty mi flor
Feliz no cumpleaños parati a tiiiiiiii
Te deseamos todas:
El sombrerero cuerdo y yo

El gato de cheshire escupe negras y húmedas bolas de pelo
En esta historia no hay galletita para volver atrás
Pero cómeme Alicia bonita
-Quizás decrezcas-
.
(Extraído de su blog katalitza.blogspot.com )

ENRIQUE CABEZÓN

Venēnum
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Vamos en el coche, un conejo salta a la huida en el campo yermo que nos queda a la derecha. Es su tiempo de morir, pero esta pirueta todavía le permitirá unas horas más de vida. Levanta pequeñas nubes de polvo con sus saltos: es un algodón que pesa muy poco, pero hace demasiadas semanas que no llueve. Por lo visto esto es nuestro tiempo. Las palomas han volado después de ponerse el sol. Más tarde, nos sentamos aquí para decirnos adiós. Nada más. Una mesa y una media sonrisa. Para no sentir más el dolor que sentimos tú y yo. Para tratar de encontrar algunas emociones que sospechamos nunca sentiremos. Bebemos lo que hay en el vaso y vamos cerrando los ojos, esperando una explosión muda. Otro capítulo que termina. Son tiempos duros, no hay razón para no enfrentarse al miedo, aunque siempre tenga la cara cubierta y nosotros un temblor crónico en las rodillas. Esto es nuestro tiempo. Esto es un adiós.
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(Extraído de la revista digital La rosa profunda, nº 6 )

LUIS BORJA

.
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DE MI BOCA LO ÚNICO QUE SALE ES TU NOMBRE AÑORADO DE HORIZONTES TIERNOS
.
ahora mi vida descocida de destinos ya no tiene sentido
y sabes que he jugado con mi muerte intentando hacer de ella una travesía completa.
Ahora verás cómo en mis ojos he anidado anocheceres
embriagándome de toda esperanza póstuma escribiéndote cada letra
-es necesario que te diga que cada letra es un grito del alma mía-
como anhelo de siluetas muertas cuando me hago niño
niño que juega a que todo esto no pasa
con mis años apestados de cloaca citadina con neones fugaces.
Y sin embargo hoy suspiraré miles de palabras y en cada tinta no cabrá tu nombre
...........................................................................[de amor moreno
viendo cómo pierdo a mi hijo-te fallé la promesa hecha historia-
a tu nieto vestido de ángel surcándole sonrisas a tu rostro viejo
mamá mira cómo crucifico mi alma otra vez
mira cómo estrujo mi alma de papel rasgado
mamá te gusta cómo escribo mi muerte?
.
(Luis Borja, Estados letrosos, 2010, extraído de su blog METZTLI )

ANTONIN ARTAUD


El tiempo puede transcurrir y las convulsiones del mundo asolar los pensamientos de los hombres... Que me dejen con mis nubes extinguidas, con mi inmortal impotencia, con mis insensatas esperanzas. Pero que se sepa bien que no abdico de ninguno de mis errores. Si he juzgado mal es culpa de mi carne, pero esas luces que mi espíritu deja filtrar de hora en hora, es mi espíritu cuya sangre se viste de reflejos.
.
(Antonin Artaud. El ombligo de los limbos y El pesa nervios, Buenos Aires, López Crespo, 1977)

MIGUEL ÁNGEL SOSA


BUKOWSKI
.
A Patxi Irurzun y Roger Wolfe
.
Tú sabes
muy bien
viejo zorro borracho
rey del verso
como filo de navaja oxidada
indiferente maestro
en esta repetitiva
nauseabunda lobotomizante
ceremonia
de soplapollas estresados
son potentes las minas
que dejaste sembradas
en tus páginas
.
Tú lo sabes muy bien
ese legado de escupitajos
y soberbias cagadas
en los hocicos de la
realidad bienpensante
esas vomitonas líricas
en un mundo
sin poesía
o tal vez sin otra
poesía
que la que a veces disfrutamos a solas
con el bendito dolor
de la lucidez
son potentes las minas
que dejaste enterradas
en tus páginas

Tú lo sabes muy bien
ese odio puro como el whisky
destilerías clandestinas del odio
es tu legado
ese llamar a las cosas
por el nombre
que no se les quiere dar
en un mundo
de polladas sublimes
políticamente correctas
auspiciadas por legiones
de espantapájaros
y cretinos mamarrachos
a punto de estallar
en llamas
como todo el planeta
cualquier día
son potentes las minas
que dejaste sembradas
en tus páginas
.
Tú lo sabes muy bien
cabronazo de sonrisa
ebria y desventrada
empapado en vinazo barato
ese gustazo de mearse
cagarse en
los crucifijos
la cara de los políticos
banqueros
abogados
policías
en fin
de los de siempre
cagarse a carcajadas por escrito
y encima hacerse rico
qué bien lo hiciste
grandísimo hijoputa
abuelo
apócrifo
de los desesperados
que teclean
.
[Extraído del blog Hankover (resaca) ]

EVA MÁRQUEZ


ESE LUGAR
.
Sigo buscando
ese lugar
donde no se necesiten las palabras,
donde las palabras anudadas y
enredadas en la garganta
fueran
silenciadas
a golpe de besos.
.
(Eva Márquez, Póker de reinas, Groenlandia, 2009)

JOSÉ DANIEL ESPEJO


LOS GRANDES TIBURONES
.
Nosotros que quisimos entregarnos
a la Teoría de la Literatura, recorrer
el prodigioso siglo XX en las obras tenaces
de formalistas, marxistas, o deconstructivistas,
etcétera etcétera henos aquí
rodeados de tiburones. Mira, fíjate,
una metáfora, dice alguien. Pero qué va:
los tiburones son reales.
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DIMISIÓN DE LA PRIMERA PERSONA
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Me complace nadar boca arriba
mirar constelaciones desconocidas
y escucharme respirando, pero más
me complace olvidarme de mí
quitarme de mi vista
bucear dormido: cerrar los ojos.
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(José Daniel Espejo, Música para ascensores, Murcia, Editora Regional, 2007)

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO


RATTUS NORVEGICUS
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Apenas unos metros de cloaca y habré llegado. El último tramo representa mi calvario particular: desde aquí alcanzo a discernir la bulliciosa cantidad de ratas, cucarachas y otros insectos que me repugnan y que lo pueblan. Oigo el deslizar del pelo sucio y el arrastre de los caparazones.
El doctor, ese chiflado de caletre anacrónico que me recuerda a un moderno Mabuse, me susurró en los procesos previos a la transformación: «Cuando no sepa a qué tenerle miedo, rebusque entre sus sueños más negros; allí encontrará la respuesta a mis plegarias».
Los roedores se aparean como en una orgía peletera de podredumbre y miseria. Se obcecan en invitarme y yo siento necesidad de fornicar con ellos, a pesar de la repulsión. Pero antes el deber de la venganza, del daño irreparable, de ajustar las cuentas. Jamás había pensado en frotarme con otros bichos, ni en sortear a las cucarachas, ni en morder un alimento podrido, roer un pedazo de papel, mordisquear la madera y remansarme en el surtido de tripas que los ciudadanos dejan en sus letrinas, para que esa mercancía de agua y heces atraviese estas cloacas que son mi morada.
Siguiendo las pautas del explorador más zarandeado y curtido en la búsqueda del peligro, desenterré entre mis sueños más tenebrosos los temores que había sentido desde la niñez: insectos, ratas, oscuridad. Todo era válido para el doctor. Él sabía que nunca he sido alguien sagaz; soy lento y corto de entendederas, y hasta él me llamó «retrasado» cuando derribé las vasijas de una mezcla con la que pretendía resarcirnos de ciertas enfermedades cuya cura ni la ciencia ha logrado descifrar.
La marea de basura que nos rodea va amansándose al final del canalón. Después forma un remolino, y la corriente se dispara por un conducto que lleva al exterior. Paso por encima de mis probables concubinas, trato de driblar entre ellas, palpo sus colas que transportan la peste y el tifus y me cuelo por una cañería. Ahora resta encontrar la senda y guiarse por el olfato.
Tras convertirme en una rata común gris, de alcantarilla, el doctor anotó un triunfo. Su mujer emitió uno de esos molestos chillidos que les nacen en la garganta a las hembras cuando nos presienten. Le obligó a matarme: le abandonaría, dijo, si no era obediente a su mandato. Él, apiadándose de su antiguo ayudante, me atrapó en una caja y me lanzó a mi suerte, a la orilla del río. No dudé en penetrar por los desagües e internarme en estas cárceles hediondas: arriba, a medio camino de esta maraña de cañerías, está la morada-laboratorio de mi querido amo.
La transformación me redujo el cerebro, pero me concedió esa destreza que es la astucia animal. Una rata no cede a los instintos de la clemencia: por eso mi primera víctima será su hijo de cuatro meses; exactamente, su garganta. Un cuello tierno que me servirá de alimento. El doctor no posee animales ni mascotas que me sirvan de estorbo. No hay alarmas ni peligros. A él me bastará con hincarle los dientes en las piernas mientras duerme, para que enferme, sufra y muera despacio. Pero a ella le espera una tortura, ¿cómo lo diría?, sí: de pretensiones nazis. Sí, es posible: creo que el útero será una morada perfecta para mis planes. ¿Será él capaz de sacarme de allí? Nunca estuve dentro de una mujer. Espero hacerlo en cuanto salga de este laberinto de cañerías.
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(José Ángel Barrueco, extraído de su blog Escrito en el viento)

JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE


PRELUDIO
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Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.
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(José Luis Gallero ed., Antología de poetas suicidas, Varios autores, Árdora Ediciones, Madrid, 2005)

JUAN LUIS PANERO

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AL FINAL DE LA NOCHE
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Noches en las que nada queda,
ni siquiera el eco del viento en la ventana,
noches en blanco y negro, gris de humo,
transparente cristal, papel vacío,
donde un ciego lee páginas no escritas.
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(Juan Luis Panero, Poesía completa [1968-1996 ], Barcelona, Tusquets, 1997)

DAVID GONZÁLEZ


EL DEBUT DEL CHICO TATUADO

Entré en la oficina del maestro de perfiles a recoger el sobre que contenía el resultado del reconocimiento médico-laboral que me habían efectuado en los servicios médicos de la empresa quince días antes.

SE ACONSEJA ACUDIR A SU MÉDICO DE CABECERA CON ESTOS ANÁLISIS.

Acudí.
En la sala de espera, dos mujeres daban la lengua:
- ¿Cuánto has adelgazado? -preguntó una.
- Veintiséis kilos -respondió la otra.
- Estás más guapa así.
Oí mi nombre y mis apellidos. Entré en la consulta, me senté, dije:
- He adelgazado nueve kilos en menos de un año.
- Me vas a hacer análisis de sangre y orina.

- ¿Y tú a qué lo achacas? -me preguntó, unos días después, el médico, el mismo.
- A los nervios -le dije.
- ¿Así que tú crees que la causa son los nervios?
- Sí- le dije -. Eso creo. Sí.
- Veamos -dijo.
Pulsó uno de los botones de su interfono:
- ¿Están por ahí los resultados de la analítica practicada a David González?
Estaban. Se los trajeron. Les echó un vistazo por encima.
- Diabetes -me dijo-. Esa, y no otra, es la causa del adelgazamiento.
- ¿Y eso tiene cura? -le pregunté.
- La diabetes es una enfermedad crónica -me contestó.
- ¿Y tendrá que pincharse insulina? -le preguntó la mujer que antepone mis necesidades a las suyas.
- Si no hubiera indicios de acetona, quizá no.
- ¿Pero cuál es la relación de la acetona con la diabetes? -le preguntó ella.
- Cuando aparece acetona significa que la insulina que produce el páncreas no trabaja bien -le dijo el médico-. No depura el azúcar ―explicó―. Entonces, el organismo sustituye esa insulina por otra sustancia, la grasa por ejemplo. De ahí que David haya adelgazado tanto- terminó.
Luego me preguntó:
- ¿Hay antecedentes de diabetes en tu familia?
- Que yo sepa no -le respondí-. Aunque mi madre se puso insulina durante mi embarazo.
- Te voy a preparar un volante para que vayas mañana al hospital -me dijo-. Vas por urgencias.
El bolígrafo con el que garabateaba, de madera, tenía su nombre grabado, en letras doradas, en la pestaña de acero inoxidable.
- ¿Fumas? -me preguntó.
- Sí.
- ¿Cuánto?
- Dos cajetillas al día.
- ¿Fumas porros?
- Alguno, sí. Pero pocos.
- ¿Alguna otra droga?
La realidad era mi droga, recuerdo que decía Cyril Collard.
- ¿El alcohol cuenta?
- Sí.
- Pues entonces alcohol también.
- ¿Y aparte del alcohol?
- A veces esnifo farlopa?
- ¿Cocaína?
- Sí.
- ¿Qué cantidad?
- No sé…Tres o cuatro rayas los fines de semana.
¿Pero a quién pretendías engañar, tío? ¿Al médico o a ti mismo? Sabías de sobra que era raro el finde que bajabas de los dos o tres gramos.
El médico me miró, como si pensara: y qué más.
- Y pastis.
- ¿Éxtasis?
- Sí. En alguna fiesta.
- ¿Tus padres viven?
- Sí - aún no les había matado a disgustos.
- ¿Tienes alguna enfermedad?
- Diabetes - le vacilé.
Levantó los ojos de la mesa, me miró.
- Aparte - me dijo.
- No.
Me firmó el parte de la baja laboral.
- Y no te preocupes -me dijo-. Podrás seguir haciendo una vida normal (ya) y podrás seguir trabajando (sí, también).
Salimos de la consulta, del ambulatorio, y subimos al coche (porque de aquella aún tenía coche). No alcanzaba a comprender todavía, a imaginar siquiera, si finalmente se confirmaba, la importancia de lo que el médico de cabecera acababa de decirme. La gravedad de la dolencia que me había diagnosticado. Ni cómo afectaría a mi vida y a la de todos aquellos con quienes la compartía, en especial a la de la mujer que se desvive por mí.
- ¿Avisaré a mi madre? - le pregunté.
- Espera a mañana -me dijo-. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di a la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo -me dijo ella acariciándome la espalda con ternura-. Tranquilo –repitió-. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.

A las nueve en punto de la mañana entregué el volante en la ventanilla de admisión de urgencias del hospital.
Un celador me acompañó hasta una habitación minimalista: una cama diminuta, un armario metálico y una mesa.
- Quítate toda la ropa, menos los calzoncillos, y métela en esa bolsa.
Una bolsa de plástico, como las de la basura, del mismo color.
- Y ponte este camisón.
No sabía cómo se ponía, así que terminé por ponérmelo del revés. Me dejaba al descubierto los tatuajes del pecho: una paloma con una hoja de laurel en el pico y un revólver del calibre cuarenta y cinco.
Entró una enfermera, reparó en los tatuajes.
- ¿Tiene ganas de orinar el chico tatuado? - me preguntó.
- No muchas, la verdad.
- Entonces me veré obligada a ponerte la sonda - dijo.
- De repente me han entrado unas ganas tremendas - dije.
Entró una mujer, médico, endocrino, joven, guapa, saludable. La paloma, en su vuelo, le pasó raspando la cara. El revólver la encañonó.
- ¿Dónde te hiciste eso? - me preguntó.
Es mejor, siempre que sea posible, decir la verdad.
- En la cárcel -le dije.
- ¿Y por qué fuiste allí? -quiso saber.
- Por malo.
- ¿Y estuviste mucho tiempo?
- Tres años.
Entró otra vez la enfermera.
- Vamos a hacerle un electro al chico tatuado - dijo.
Entonces, de repente, reparé en las uñas de mis pies. Con las prisas, los nervios, el madrugón, me había olvidado de cortarlas. Me daba vergüenza, mucha vergüenza, que la enfermera pudiera llegar a pensar que yo era un marrano. La sábana no alcanzaba a taparme los pies. Estaban largas, mis uñas, tan largas que hubiera podido enroscarlas sin ningún problema a los barrotes que había a los pies de la cama. Sin embargo, la enfermera no pareció darse cuenta, o ya estaba acostumbrada, y mi cuerpo se transformó, en apenas unos instantes, en un amasijo de cables, pinzas y parches.
La habitación no tenía puerta. Cortinas. Estaban descorridas. Observé lo que sucedía en el interior del cuarto número seis. Exploraban a una paciente, una chica joven, pelirroja, con aspecto de yonqui. Llevaba puestas unas bragas y un sujetador, a juego con el color de su piel, el blanco. El adjetivo delgado se quedaría corto si me viese en la tesitura de tener que hacer una descripción de su cuerpo. Pero si tuviese que describirlo, diría que estaba consumido. Igual que su rostro. Los pómulos sobresalían tanto que parecían nudillos. Los ojos, en un intento desesperado por escapar de la invasión a que estaba siendo sometida su intimidad, se detuvieron, por unos segundos, en los míos, reconociéndolos, aceptándolos. Su mirada lo decía todo: En manos de extraños, tío, así acabamos. En manos de extraños.
Entró un médico. Se fijó en las tres cicatrices del antebrazo, del siniestro. Puso cara de asco. Pero era humano, el endocrino, sentía curiosidad.
- ¿Y eso? -me preguntó-. ¿Te cortaste?
- Me lo hice en la cárcel con la hoja de una maquinilla de afeitar - le contesté.
- Así que te diste a la mala vida, ¿eh?
- Algo parecido, sí.
- Pues ahora ya se te acabó - dijo, con satisfacción.
Me acordé de Hubert Selby Jr, el escritor estadounidense, de algo que dijo, o escribió: La luna de miel se ha terminado.
- Tienes diabetes de debut, diabetes insulinodependiente -me dijo el medico-. ¿Has venido con alguien? Vamos a dejarte aquí.
En manos de extraños, pensé, y volví la vista hacia el cuarto número seis, pero en el cuarto número seis no había nadie. La chica con aspecto de yonqui, la pelirroja, ya no estaba. Se la habían llevado.
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(David González, El debut del chico tatuado [relatos completos 1998-2009], Azotes Caligráficos, 2009)

MENNO WIGMAN

LA PENA DE LAS COPISTERÍAS
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Conozco bien la pena de las copisterías,
de hombres arqueados con periódicos amarillentos,
madres gafudas con anuncios de mudanza,

el olor a papel carta, extractos de cuenta,
declaraciones de la renta, contratos de alquiler,
la tinta de nada afirmando que existimos.

Y vi urbanizaciones prístinas y sepulcrales
donde la gente intenta en vano parecer gente
e imita la calle a una calle casi impecablemente.

¿A quiénes copian? ¿Y a quién me dedico
a copiar yo? Padre, madre, mundo, ADN,
presencia radiante de un nombre propio,

la cabeza llena de esperanza sagazmente emulada,
de sosiego, promoción, prole y papel moneda.
Y yo, que vivo ladrando en mis canciones,

ojalá tuviera algo nuevo, algo nuevo que decir.
Luz, cielo, amor, enfermedad y muerte.
Conozco bien la pena de las copisterías.
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(Menno Wigman, poeta holandés, de su obra De droefenis van copyrettes. Keuze uit eigen werk [La pena de las copisterías. Antología personal], Editorial Prometheus, 2009 .Traducción española: Diego J. Puls 2009)

ANA PÉREZ CAÑAMARES

EN ESTA CIUDAD DE LÍNEAS ROTAS
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En esta ciudad de líneas rotas
de casas ocupadas por el polvo
de caretas de asesinos
de ilustres ladrones
no sé qué hacer con el tiempo
que se vuelve cáscara
que se vuelve contenedor de papeles reciclados

el mundo me da miedo
y a veces no distingo amigos de enemigos
y me encierro en mi casa
levanto un muro de libros y cuerpos
de incienso y lejías
miro la calle y me amenazan las sirenas
aunque sé que solo soy culpable
de pensamiento y palabra
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(Ana Pérez Cañamares, La manera de recogerse el pelo. Generación Blogger, Bartleby Editores, 2010)

ENRIQUE FALCÓN



RENDICIÓN DE LA LENGUA


______“tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo, si éste triunfa”.
______WALTER BENJAMIN: Illuminationen, ed. Th. W. .Adorno, 1961


.De triunfar la vida
ha de arañarnos la cara y las palabras
si el mundo es mundo y piel de mundo
y no este hombre al que así tumbaron
los fusiles y el hambre en una tarde corta.
De triunfar, su sed
habría de pegarse a nosotros como un muslo tenso
en mitad de la cara, a mitad justo del mundo
donde tiemblan las palabras en sus ascos de altamar.
Así habrían de vencernos
su sed y el hambre, el tajo de la voz
en su puñal de miedo,
hasta poder reventarnos
cualquier aviso de la boca
(en el medio del incendio
con que la lengua dejó de resistirse).
Porque el mundo es mundo y piel de mundo
y no este hombre y no esta rabia,
de triunfar la vida
habrá de desmayarnos, así, los ojos
y ponerlos en rodillas: la luz de las tormentas..

(Enrique Falcón, Para un tiempo herido [1998-2008], Madrid, Amargord, 2008)

FABRICE GRAVERAUX

(París, 1956-Viareggio, 1982). Poeta visceral que a punto estuvo de editar un libro a medias con Joan Miró. Da lo mismo, nunca hubiera superado a la disparatada obra maestra de su muerte: Fabrice rompe con una amiga suya y ella se niega a devolverle unos poemas, así que él se persona una noche en su domicilio, justo cuando ella celebra una fiesta. Fabrice le pide los poemas a gritos pero ella se niega en redondo a devolvérselos. Delante de todos, Fabrice se corta las venas y sale corriendo . Nadie lo alcanza y desaparece en las tinieblas. Al día siguiente, la policía encuentra su cadáver en una avenida de tilos, en las afueras de Viareggio. Lo mejor de todo: pocos días antes, Graveraux envió a todos sus amigos una postal donde aparecía una imagen de la avenida donde moriría desangrado. Su poesía sólo podía ser así, tan instintiva como demencial:
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COMO una fiera en el vientre de éxtasis
junto a las hélices del verbaullido
junto al ápice sinusoidal de afasia
a una pilosidad de estrígidos
el azul de vendimia a cántaros
el sin mácula pez ininflamable fustiga
pánico y virutas cabeza a pies.
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(José Luis Gallero ed., Antología de poetas suicidas, Varios autores, Árdora Ediciones, Madrid, 2005)