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VÍCTOR HUGO VISCARRA

 


RECUERDO PERDIDO EN EL DESEO 
(Para Marisol, dondequiera que se encuentre) 


   Esta noche, sin habérmelo propuesto, mis pasos me
han traído al interior de este prostíbulo que, como
bien sabes -¡qué vas a saberlo, si tú no lees ni los
periódicos!- es el putero más famoso de Tembladerani. 
   Yo no tenía la intención de entrar a este local, pero,
como la lluvia que está cayendo insensiblemente sobre
la ciudad pretendió humedecer mis pensamientos, fue
por eso que entré aquí para guarecerme. 
  Y, mientras estoy apoyado sobre una de sus paredes
fosforescentes, maldigo mi insolvencia porque no me
permite comprar por lo menos un vaso de cerveza a
manera de matar el tiempo. Y los clientes, que uno
tras otro ingresan a este local, pareciera que estuviesen
ingresando a un recinto religioso, porque están
temerosos y cohibidos, mas, cuando abandonan las
piezas donde compartieron sus intimidades con las
mujeres que trabajan aquí, salen como liberados de 
culpas y pecados. 
   Es entonces que me acuerdo de aquella otra noche
en que nos conocimos, cuando los dos estábamos
quemando nuestras soledades en el interior de una
cantina, y nuestra exagerada afición por el alcohol nos 
sirvió para presentarnos. Y fue ese mismo alcohol
el que en un momento dado nos transformó de dos
seres humanos en dos animales en celo: y el baño de
dicha cantina, sucio y pestilente, donde se conjugaban
vómitos y porquerías, se convirtió en nuestro tálamo
nupcial. Tú te recostaste sobre el inodoro, y mientras
una de tus manos se aferraba a mis espaldas, con
la otra sujetabas el picaporte de la puerta, mientras
me susurrabas melosamente en el oído que me apurase,
porque alguien podía sorprendernos en pleno cachivache. 
   Semanas después, en otra cantina, yo estaba
quemando con licor mi tiempo inservible en compañía
de otro borracho que conocí tragos antes; y, cuando le
conté la manera como te había conocido, él me dijo:
"Ésa es una cualquiera a la que basta que le invites
unas copas para que te abra las piernas”; y, como si la
cosa no tuviese importancia, agregó: "Mujeres como
ella te pueden ensuciar el alma...” 
   Bueno, ya ha dejado de llover y tengo que
reemprender mi caminata interrumpida hasta el
cuchitril que me sirve de morada, y mientras voy
caminando me pongo a pensar que si, algún día, un
escritorcillo ocioso escribe la verdadera historia de la
prostitución clandestina en la ciudad de La Paz, y en
ese libro a ti no te mencionan es que estaré convencido
que manos puritanas y moralistas le han arrancado sus
más bellas páginas. 

(Víctor Hugo Viscarra, Relatos de Víctor Hugo, Editorial Tercera Piel y Faccia-Studio, 2005) 

RAYMOND CARVER

 


 NO SABÉIS LO QUE ES EL AMOR 
(UNA TARDE CON CHARLES BUKOWSKI) 

No sabéis lo que es el amor dijo Bukowski
Tengo 51 años miradme
estoy enamorado de esa piba
Piqué el anzuelo pero ella también está colgada
así que perfecto tío así debe ser
Me llevan en la sangre y no pueden echarme
lo intentan todo para apartarse de mí
pero acaban volviendo
Todas vuelven excepto
una a la que dejé plantada
Lloré por ella
pero aquellos días lloraba por todo
No me paséis un peta de esos
luego me vuelvo insoportable
Podría quedarme aquí sentado
bebiendo cerveza con vosotros toda la noche
Podría beberme diez latas de esta cerveza
y sería como agua
pero no me paséis un peta tíos 
os echaré por la ventana 
tiraré a todo el mundo por la ventana
ya lo he hecho
Pero no sabéis lo que es el amor
No lo sabéis porque nunca
habéis estado enamorados así de simple
Conseguí a esta piba es maravillosa
me llama Bukowski
Dice Bukowski con esa voz suave
y yo digo Qué
No sabéis lo que es el amor
Os lo estoy diciendo
pero no me escucháis
Ninguno de vosotros lo reconocería
si subiera a esta habitación
y os diera por el culo
Siempre pensé que las lecturas de poesía son una claudicación
Mirad tengo 51 años y mucho andado
S é que son una claudicación
pero me digo Bukowski
pasar hambre es peor que rendirse
así que vas y nada es como debería ser
Aquel tipo cómo se llamaba Galway Kinnel
He visto su foto en una revista
Tiene buena pinta
pero es profesor 
Cristo podéis creéroslo
Resulta que vosotros también
ya os estoy insultando
No, no le he escuchado
ni he oído nada de él
Termitas todos ellos
Puede que sea yo ya no leo mucho
pero esos tipos que se hacen
un nombre con cinco o seis libros
termitas
Bukowski dice
por qué escuchas música clásica todo el día
No sabéis cómo lo dice
Bukowski por qué escuchas música clásica todo el día
Os sorprende no
nunca pensaríais que un bruto bastardo como yo
pudiera escuchar música clásica todo el día
Brahms Rachmaninoff Bartók Telemann
Mierda no podría escribir aquí si no
Demasiado silencio demasiados árboles
Me gusta la ciudad ése es mi sitio
Pongo música clásica cada mañana
y me siento frente a la máquina de escribir
enciendo un cigarrillo como éste y lo fumo
y me digo Bukowski eres un hombre con suerte 
Bukowski has pasado por todo
y ahora eres un hombre con suerte
y el humo azul flota sobre la mesa
y miro por la ventana la Avenida Delongpre
y veo a la gente subir y bajar por la acera
y echo una calada así
y dejo el cigarrillo en el cenicero
y respiro profundamente
y comienzo a escribir
Bukowski así es la vida me digo
está bien ser pobre está bien tener hemorroides
está bien enamorarse
Pero no sabéis lo que es
No sabéis lo que es estar enamorado
Si pudierais verla sabríais de lo que hablo
Pensaba que me acostaba con alguien aquí arriba
lo sabía
me dijo que lo sabía
Mierda tengo 51 años y ella 25
estamos enamorados y está celosa
Jesús es maravilloso
me dijo que me sacaría los ojos si me tiraba a alguien
aquí arriba
Eso es amor
Qué sabéis vosotros de eso 
Dejadme deciros algo
he encontrado en la cárcel tipos con más estilo
que la gente que merodea por la universidad
y acude a lecturas de poesía
Sanguijuelas que van a ver
si el poeta lleva los calcetines sucios
o si le huele el sobaco
Creedme no les decepcionaré
Pero quiero que no olvidéis esto
esta noche sólo hay un poeta en esta habitación
sólo un poeta esta noche en la ciudad
puede que sólo un verdadero poeta en este país esta noche
y ése soy yo
Qué sabéis vosotros de la vida
Que sabéis de nada
A quién de los que estáis aquí han echado del trabajo
o le ha dejado su piba
o la ha dejado él
Me echaron de Sears and Roebuck cinco veces
Me echaban y luego me volvían a contratar
Fui chico de almacén para ellos cuando tenía 35
y luego me echaron por meter nenas dentro
Yo sé de que va eso estuve ahí
Tengo 51 años y estoy enamorado 
Esta pibita dice
Bukowski
y yo digo Qué y ella dice
estás lleno de mierda
y yo digo tú sí que me entiendes cariño
Ella es la única en el mundo
hombre o mujer
por quien dejaría esto
Pero no sabéis lo que es el amor
Todas vuelven al final
todas ellas
excepto la que os dije
una que dejé plantada
Estuvimos siete años juntos
Bebíamos mucho
Veo un par de copistas en esta habitación pero
no veo a ningún poeta
No me sorprende
Tienes que haber estado enamorado para escribir poesía
y vosotros no sabéis lo que es estar enamorado
ése es el problema
Dadme un poco de esa mierda
Bueno no hace frío bien
está bien hace agradable
así que sigamos este circo en la calle 
Ya sé lo que dije pero cataré sólo uno
Este parece bueno
Venga vamos entonces dame éste para recuperarme
Que más tarde nadie se quede cerca
de una ventana abierta 




TU PERRO SE MUERE 

lo atropella una furgoneta.
lo encuentras a la orilla de la carretera
y lo entierras.
te sientes mal.
te sientes mal por ti mismo,
pero te sientes peor por tu hija
porque era su mascota
y lo quería mucho.
solía canturrearle
y lo dejaba dormir en su cama.
escribes un poema sobre ello.
lo titulas un poema para tu hija
y trata del perro al que atropella una furgoneta,
de cómo te ocupaste de él,
lo llevaste al bosque
y lo enterraste hondo, muy hondo,
y el poema sale tan bien
que casi te alegras de que hayan atropellado
al pobre perro, si no, no habrías escrito
nunca ese poema.
entonces te sientas a escribir
un poema sobre la escritura de un poema 
que trata de la muerte de ese perro,
pero mientras escribes oyes
a una mujer gritar
tu nombre, tu nombre de pila,
ambas sílabas,
y tu corazón se para.
dejas pasar un rato y vuelves a escribir.
ella grita de nuevo.
te preguntas cómo va a terminar esto. 


(Raymond Carver, Todos nosotros. Poesía reunida, Bartleby Editores, 2006)





JUAN CABEZUELO

 


PALABA DE UN MUERTOVIVO 

Peter, Wendy y los Chicos Perdidos se van a pasar el día
a la Laguna de las sirenas, nadan, juegan y observan a
estas. Después de un encuentro con el Capitán Garfio,
Peter y Wendy se ven obligados a aferrase a una roca en
mitad de la laguna, entonces empieza a anochecer y los
Niños Perdidos, cansados por el combate, se marchan a
casa pensando que Peter y Wendy se habían adelantado.
Mientras tanto empieza a subir la marea dejando
atrapados a Peter y Wendy; el nivel del agua comienza a
ser peligroso, pues solo tienen polvo de hada para poder
hacer volar a una persona y están demasiado lejos para
conseguir salir de allí nadando. Peter, dejando de lado su
egoísmo, espolvorea sobre Wendy el polvo de hada que
hace que esta salga volando —en contra de su voluntad,
pues se niega a abandonar a Peter— salvando su vida.
Peter Pan, el niño más egocéntrico y sociópata de la
literatura, se encuentra solo ante lo que parece su
inevitable final, y sintiendo miedo por primera vez en su
vida, por lo que está por venir, se arma de valor y es
entonces cuando James M. Berrie pone, en boca de un
niño —pues nadie más que un niño sería capaz de tan
sublime razonamiento— una de las frases más lapidarias 
que se ha escrito hasta la fecha: “Morir será una
aventura impresionante”.
Escribir esta pequeña historia, esta tragicomedia
costumbrista y metafórica sobre la aceptación de la
muerte, me ha resultado más difícil de lo que imaginé
cuando la idea empezó a cocerse a fuego lento en los
hornos de mi escuálida mente. Tampoco fue por lo
trabajoso o costoso que pueda resultar escribir una
novela, por corta y simple que esta parezca a primera
vista. Escribir sobre la muerte, leer, documentarme y ver
documentales sobre ella, me ha hecho pensar, meditar y
replantearme la idea que tenía yo mismo sobre el tema,
ya fuera sobre mi propia muerte o la de algún ser querido.
He descubierto que mi mente estaba llena de tabúes y
desconocimiento sobre la muerte, que nunca hablaba de
ello con mi mujer o amigos, e intentaba proteger a mis
hijos sumiéndolos en el más profundo de los
desconocimientos portándome con ellos como si la
muerte fuera algo irreal, pensando que la simple idea de
su existencia pudiera dañarlos o traumatizarlos para
siempre.
Hablar sobre la muerte en la cultura primermundista
occidental es algo que incomoda a niveles que no
llegamos ni a imaginar. Nadie quiere saber nada sobre
ese tema. No estamos preparados para ese acto, no nos
hablaron ni prepararon para ello de niños, así que
tampoco lo hablamos ni preparamos a nuestros hijos,
pues intuimos la muerte como algo malo, malvado,
satánico; incluso en algunos países se sigue utilizando la 
pena de muerte como castigo capital, pues se considera,
la muerte, lo peor que puede pasarle a una persona. No
aceptamos la idea de la muerte porque sencillamente nos
han educado para querer vivir para siempre, nos
aferramos a la vida con un ansia incalculable, y ese apego
absurdo a la vida hace que caigamos de lleno en una
enfermiza adicción a los placeres transitorios, queremos
vivir para siempre y así poder viajar, ir a otros países para
encerramos en hoteles lujosos donde nos hacen creer
que somos especiales y vagamos por la ciudad visitada en
rebaños organizados para hacer ese turismo industrial
que nos permite volver a casa sin haber conocido nada
de la otra cultura, pero con el móvil lleno de fotos para
poder colgar en las redes sociales. Queremos tener cosas,
cuantas más mejor, y consumimos de forma compulsiva,
compramos smartphones, televisores de pantalla plana,
consolas de videojuegos, ropa, joyas e incluso alimentos
de la marca más famosa y cara. Pero nunca tenemos
suficiente, siempre sale algún último modelo de algo que
acabamos de comprar y que hace que nos replanteemos
nuestra felicidad al no tener ese producto entre nuestras
pertenencias; y para consumir de forma compulsiva
necesitamos trabajar para tener un salario digno que nos
permita asumir todas nuestras "necesidades", así que
terminamos encerrados en puestos de trabajo que nos
quitan tiempo libre pero nos premian con dinero para
poder gastar y completar de esa manera el círculo vicioso.
Vivimos la vida de forma obscena; queremos practicar
mucho sexo, ver la televisión durante horas, salir de fiesta 
por las noches, hacer amigos en las redes sociales,
cuantos más, mejor; y otras miles de cosas que
supuestamente hacen todas las personas normales —con
esa estúpida idea nos han adoctrinado—. Nos falta
tiempo para realizar todas esas actividades, y la muerte
no es más, según nos han enseñado, que el final de la
vida, así que algo que termina con nuestra vida
impidiéndonos poder realizar y disfrutar de nuestros
placeres transitorios no puede ser nada bueno.
Tememos a la muerte, la simple idea de morirnos hace
que sintamos verdadero pánico, así que solucionamos el
tema convirtiéndolo en tabú, no hablamos nunca de ello,
no se lo explicamos a los niños ni los educamos para que
estén preparados para poder afrontar la muerte de
alguien querido, cercano o incluso la suya propia; y
además vemos como ofensivas e incivilizadas las culturas
de otros países que sí lo hacen, como por ejemplo la
hindú, la mexicana o la tibetana, entre otras.
Por otra parte, queremos ser jóvenes y guapos toda la
vida, eternamente si fuera posible, eso provoca que la
vejez y los ancianos nos desagraden, y no por la carga
que puedan representar para nosotros —acordaros que
estamos ocupando nuestro tiempo en trabajar mucho
para poder consumir más—, sino porque sabemos que
son un reflejo de nuestro futuro, y ese futuro nos acerca,
a pasos agigantados, hacia la muerte. También nos
desagrada la simple visión de un muerto, y no por ser
algo desagradable, más bien por ser la evidencia misma 
de que, por mucho que lo deseemos, no vamos a poder
cumplir nuestra obsesiva idea de vivir para siempre.
No sabemos —o no queremos saber— gestionar la
idea de la muerte. Según la Dra. Elisabeth Kubler-Ross,
el moribundo pasa por cinco etapas psicológicas:
negación, ira, negociación, depresión y aceptación; las
mismas por las que pasan después sus seres queridos en
ese proceso de aceptar lo ocurrido —y volver a la
normalidad de sus vidas— llamado Luto. Pero si nos
preparásemos desde niños para ese momento —la idea
de morir nosotros o que muera un ser querido—, si nos
enseñaran desde la infancia que la muerte no es más que
otro proceso natural de nuestras vidas, como lo es nacer,
crecer, jugar, reír, enamorarse o procrear, quizá
tendríamos otra percepción de la muerte como tal y
disfrutaríamos más de nuestra vida, pues aceptaríamos
de forma natural la idea de morirnos y de ese modo no
pasar el resto de nuestra existencia aferrados al absurdo y
enfermizo apego que nos sujeta a la vida, sin ese miedo a
que la muerte nos atrape a la vuelta de cualquier esquina
sin que hayamos podido realizar todas esas actividades o
conseguir acumular todos esos bienes materiales que
tanto ansiamos.
Tampoco debemos confundirnos ahora, no tener
apego a la vida no quiere decir que no queramos seguir
viviendo y deseemos nuestra propia muerte; lo que
quiere decir es que debemos aceptar, de forma natural,
que la muerte no es más que otra de las etapas de nuestra
vida como lo fue nacer en su día. Tampoco debemos 
intentar vivir sin miedo a la muerte, eso es algo
imposible —y quien afirme lo contrario miente como un
bellaco—. Como seres humanos que somos, tememos
todo lo desconocido, todo aquello que no somos capaces
de entender, controlar y que se escapa al alcance de
nuestro raciocinio; pero sí que podemos irnos
preparando, a partir de ya, para cuando llegue ese
inevitable momento, afrontarlo sin estar terriblemente
aterrorizados. Solo pensad que incluso Cristo, Mahoma o
Siddhartha encontraron su propia muerte.
A día de hoy no se ha encontrado una cura para la
muerte —y para ser francos, espero que nunca nadie lo
haga—, pero se podría decir que la muerte sí que es la
cura para la vida. Quizá la única cura efectiva para la
muerte sería vivir de forma sencilla, abandonar la
obsesión de los placeres transitorios, ser conscientes de
lo que es real y lo que no lo es, cuidar de nosotros
mismos, cultivándonos en todos los aspectos posibles,
disfrutar del mundo que nos rodea sin impedir que
nuestro prójimo lo haga a su manera y aceptar que
nuestra vida no es más que un viajero que está de paso
sobre la faz de la tierra.
No nos obsesionemos, tan solo pensad que todo libro
tiene su fin, todo placer su clímax, todo film su The End, 
y toda vida tiene su muerte. 

                                             Juan Cabezuelo 
Calella, 12 de diciembre de 2018. 
A un día menos de mi propia muerte. 





EPÍLOGO DE UN MUERTO SIN NACER, 
                         POR DANIEL ARAGONÉS 

Bien podría Cabezuelo dejarnos sin sus mundos
literarios y abandonar la senda de la escritura, lo cual
sería una auténtica tragedia para cualquier lector que
se precie, aunque no haya leído a este monstruo abisal
y se crea el mejor humano del universo conocido. Me
pregunto si esta obra no significa precisamente eso,
que Juan Cabezuelo ha muerto como artista, que una
parte de él se apaga de forma irremediable sin que
ninguno de nosotros pueda remediarlo. ¿Qué
pretende enseñarnos? Quizás nada, puede que solo
busque un entierro digno y barato, una simple y cruel
despedida a la altura de las circunstancias. ¿Es eso,
Juan? ¿Estás harto de todo? Quieres mandar al
infierno las redes sociales, a los falsos amigos virtuales
y la hipocresía de un mundo que se cae a pedazos. Ya
no aguantas más, ¿verdad? Al infierno con los
mensajes invasivos, la publicidad engañosa y los post
que no llegan a ningún sitio. Ya está bien de mendigar
lectores e ir por ahí como un autor de segunda. ¿Es
eso, Juan? No, en realidad da igual todo esto, ¿verdad?
Se trata de una transformación que nace muy adentro,
algo que te hace ascender y olvidar cuál es tu
verdadero cometido como habitante de la sociedad
humana.
No me hagáis caso, por favor, todo lo anterior son
conjeturas sin sentido. Pensamientos rebeldes
capitaneados por una novela que ahonda y escarba
hasta llegar al núcleo de mis pensamientos.
No sé si Cabezuelo nos manda este mensaje o nos
manda otro. Las interpretaciones de esta obra pueden
ser muchas, pero el recado es único dentro de todas
ellas. Somos muertos en vida. Vamos por ahí sacando
pecho y vacilando, nos creemos el centro del universo
y en realidad cada día que pasa lo dedicamos a pagar
nuestros nichos mientras respiramos monóxido de
carbono y nos intoxicamos comiendo metales pesados
de forma indirecta. Vivimos pensando en la jubilación,
en la retirada, en la muerte, en un final alternativo a
toda la mierda que nos toca tragar.
La verdadera existencia lleva siglos olvidada, por
eso existe Tyler Durden y su alter ego en la realidad
carece de nombre, porque es un muerto en vida.
Leyendo esta novela me he visto en los años
ochenta, formando parte de una familia de clase
media y sintiendo el gélido aliento de la muerte en mi
nunca; intentando arreglar un futuro que me da la
espalda y con todo el mundo riéndose de mí a cada
paso. Al mismo tiempo he visto a Harry Haller,
muchas veces me pasa con Juan. He visualizado a un
ser que hace años que dejó de vivir y se dedica a leer
en una habitación cerrada, con las persianas bajadas,
una botella de Jack Daniel’s encima de la mesa y el
cenicero lleno de colillas. Un ser que vive en un
apartamento con el ambiente cargado y que posee el
alma pútrida de las almas pútridas, envenenada por
una sociedad cada vez más hundida y devastada.
Ahora viene la parte emotiva del epílogo. Y digo esto
porque nunca se sabe, igual es la última obra que edito 
de Juan. Su afán de buscar la muerte artística puede
haber llegado y no quiero perder la oportunidad de
escribir unas palabras dedicadas en exclusiva a su
persona, enfocadas a nuestra amistad y a ese
pensamiento relacionado con la muerte que tanto nos
une en silencio.
No es fácil abrirse en canal, y más con tanto
gilipollas dando vueltas alrededor de nuestras sombras,
plagiando y señalando con el dedo a cada paso que
damos. Sí, he dicho lo que he dicho y no me pienso
retractar.
Conocí a Juan de forma virtual, gracias a su
insistencia y su afán por compartir obras ajenas (entre
ellas la mía). Ahora lo considero uno de mis mejores
amigos (si es que existe esa definición tan infantil). Me
acompaña en alguna de mis decisiones y cuento con
su ayuda para mantener mi alma lo más limpia que
puedo. Me gusta editar sus obras porque creo en él
como autor, comparto su mensaje y me parece que su
literatura merece un hueco en las librerías de habla
castellana (no importa el rincón del globo).
Personalmente, soy un fanático de su poesía, me
parece único como poeta, entre mis favoritos, sin
duda. Su destreza lanzando versos cargados de
realismo y suciedad vital es impresionante.
Desde aquí, amigo, aunque me odies y no me
consideres nada especial en tu vida, te digo que
tenerte entre mis seres queridos enriquece mi paso
por este jodido mundo. Eres el hermano mayor que
nunca tuve y con el que siempre hablé en aquellas 
noches de tormento. 

(Juan Cabezuelo, Muerto o algo peor, Open City, 2021)

NATACHA G. MENDOZA

 




Llegué al lugar, el entorno estaba hueco. No sabría explicar tal sensación de vacío. La luz blanca era cegadora, el horizonte mareaba produciendo un vértigo que enfermaba a los ojos. Quería sentarme, no encontraba mis piernas. No sabía si llevaba vestido o pantalón, no recordaba haber tenido nombre, tampoco era capaz de ver mi cabello; rubio, tal vez rojo…
-¿Hay alguien aquí?- Supliqué reconociendo mi voz. Sonó como un estruendo en una soledad opaca, quebrando el escenario y haciéndolo temblar.
-¡Siéntate Andrea!- Alguien me daba una orden que no podía cumplir, una orden que además, ya presentía.
Avancé unos pasos; bajé la mirada y pude verme. Por fin aparecía mi cuerpo. Seguí avanzando, un suelo empedrado comenzaba a nacer, piedra a piedra crecía ante mi estupor. Alcé la mano derecha para tocarme el cabello, era suave, largo. Sentí como una sonrisa se apoderaba de mi cara. Seguí andado, una silla empezaba a crearse… me senté. La mesa se entrelazaba fibra a fibra para finalmente cubrirme las piernas. Apoyé los brazos, aún no se terminada de definir la superficie del mueble, finalmente culminó en un rojo endiablado. Metí la cara entre las manos, el vértigo había dado paso a la desorientación. Quise cerrar los ojos.
-¿Qué quieres tomar?- De nuevo esa maldita voz.
-¡Déjame en paz!- Grité. El escenario ya no era hueco, se abría un bar muy decorado. Un tipo lustraba la barra con esmero, ignorando mi existencia. Fumaba pipa.
-Oiga, ¿a qué hora cierran?- Pregunté mareada.
El tipo seguía en sus labores sin hacerme caso.
-Señor, ¿me escucha?-
El hombre salió de la barra, caminó hacia la mesa, traía una copa de vino tinto que puso entre mis manos. Sacó de su delantal un montón de hojas escritas. Tomó asiento frente a mí, comenzó a escribir.
-¿Qué hace?- Seguía ignorándome.
-¡Por favor, conteste!- Alzó la vista para mirarme. 
-Hola Andrea.-
-¿Qué quieres de mí? pregunté
-Debes tener paciencia mujer. Tómate el vino, es el que más te gusta- Me abandonó de nuevo. Bajó la mirada hacia el manojo de papeles para continuar escribiendo. De pronto, un reflejo metálico nacía cerca de mi copa, gota a gota, se formaba una hoja afilada y perfecta. Volví a enfrentarlo, él sonreía mientras seguía inmerso en su escritura. El cuchillo terminaba de ser creado pero se demoraba en la empuñadura. Era un mal escritor, las descripciones arruinaban el escenario, desencajaban la historia, y deprimía al personaje. Era un mal creador, una especie de Dios fallido que jugaba a ser el Diablo sin éxito. Que intentaba por todos los medios quitarme la ropa para comenzar a cortar una piel fría. No sabía, que una parte de su mente, quizás la más inteligente, ya se había desprendido por completo de su alma. Desconocía que el final de esa novela no dependía de él. Seguía sonriendo, sudaba, alzaba la vista para observar su creación. Me levanté, deslicé el vestido que él me había impuesto. No había nada más que retirar. Tomé el arma perfectamente construida. Era pesada para unas manos tan frágiles como las mías. Acaricié el mango, piedra a piedra. Aburría. Me acerqué, él escribía con pasión, mordiéndose los labios. Tomé su barbilla apoyando la cabeza en mi vientre, deslicé suavemente la perfecta hoja de metal por su garganta. Mientras el escenario desaparecía lentamente, pude sentir el alivio… aquella voz jamás regresaría.

(Natacha G. Mendoza, Los bares del diablo, Ediciones Escondidas, 2019) 

PABLO GUILLÉN TUDELA

 

LA MALETA 

Se despierta otra semana con la maleta repleta de días. Es quizá demasiado temprano y el andén está casi vacío y con algunas farolas que poco alumbran ya.

No sé cómo funciona todo esto. Hay gente que coge un tren y un destino y gente que coge el sentido contrario. Gente con todos los días en la maleta y gente con algún día suelto o incluso con solo unas pocas horas. Algunos pasajeros bajan en la última parada, pero la mayoría por una razón o por otra se bajan en las estaciones intermedias o incluso en las primeras.

El vapor sibilante de aquellos trenes del pasado que dibujaban nubes de humo se quedó guardado entre las tapas de la historia.

Algo así pensé esta mañana a las seis y seis.  últimante siempre me levanto a esa hora. Es como hacerse la ralla del pelo. Al principio cuesta bastante, pero una vez coge la forma casi no hace falta pene, perdón, quería decir el peine. a veces sufro de dislexia.

Me gusta caminar a lo largo del malecón del puerto y ver como amanece el azul y como las olas corren deprisa, aunque siempre lleguen al mismo lugar. Hay al parecer una filosofía canina;  si no vale la pena para comer ni para joder, échale una meada.  Quizá deberíamos copiar algo, no digo que lo de la meada sea lo ideal, pero tal vez el resto podría ayudarnos a centrarnos en lo fundamental y alejarnos de tanta periferia. Es un enorme placer aspirar una vaharada de mar y no digamos de perfume de mujer de noventa euros. A veces las palabras en otra lengua nos invitan a reflexión, por ejemplo en Ingles perro es Dog y al revés resulta que sale God ( Dios) supongo que al menos estaremos de acuerdo en que podrían ser ángeles. En fin, cada uno tiene su nivel de creencia y todo eso.

Hay días en esa maleta de la semana que espera en el andén, que la vida se descabala y llegas a sentirte casi desnudo con algunos harapos de vagabundo. Procuras no coger septicemia y aunque parezca peripatético todo esto que les cuento, la vida a veces es como un montón de abono pudriéndose en un descampado.

En ocasiones la semana te provoca una enorme concupiscencia de sexo, de comer angulas, caviar o pulpo a la gallega. Te provoca para que compres y almacenes cosas que hoy no necesitas, cosas que nunca necesitarás. Luego en algunos casos cuando la vespertina tarde te lleva de vuelta en el tren de la semana, o de los días sueltos, todo acaba pergeñando y el andén vuelve a esperar vacio otro tumulto en busca de lo mismo. 

Llegas a casa y abres la puerta y te encuentras a tu perro mesándose la barba y es que hace más de nueve horas que tenía que salir y más de nueve horas que mordisqueó el sofá de mil quinientos euros, se meó en el colchón de visco elástica y se cagó un poquito en cada habitación. Recuerdo una película " Los ángeles también lloran" este, llorar no sé si llorará, pero volar, seguro, y vivo en el piso ochenta y siete en pleno corazón de Manhattan. 

(Pablo Guillén Tudela, Sombras de luz y niebla, Donbuk Editorial, 2017) 

FRAN SIERRA

 


Después de los aguaceros torrenciales vienen los
puntos suspensivos que como todo en el orden
de la vida tiene fragmento, flor y muerte.
Los demonios me suplicaron una tregua y me
contaron al oído sin necesidad de susurrar que
las cadenas de sus caderas les apretaban y que
aunque soltarse como perros era fácil no lo
intentaban porque tenían miedo a naufragar.
En la vida de los muertos hay campos decorados
con tambores que truenan como tímpanos en
la soledad de los silencios con apenas cremalleras
desintegrando las boqueras de los suspiros.
Su espora advertía que había un mal mayor
ese mal que, aunque tuvieras enjambres en la
boca no avanzarías y mellado captarías simiente.
La persona buena y perdida florece ahí donde
los juglares cantan nanas a la escoria del escorpión.
Los avestruces sin alas reptan sobre la carne.
Advierten los cerebros, aunque al ser intervalos
adhieren podredumbre.
Sentencian la hiel más vil y denominativa de
la esencia de la garrapata giratoria.
Las alambradas noctambulas crecen y se
desarrollan entre criptas de hielo.
Los humedales del río hirviendo nacen y
renacen del asalto rígido y continuado del
relucir del elemento que no puebla.
Que sí rinde elfos hembra digiriendo
nidos de tortugas sembrando silencios
sigilosas. 

(Fran Sierra, Halcones negros, Edición Independiente, 2020) 

OTTO PREMINGER

 


EL HOMBRE DEL BRAZO DE ORO 

OTTO PREMINGER  (1955) 



Pocos directores asumieron tantos riesgos en el circuito comercial de
Hollywood como Otto Preminger. Acababa de dirigir una cinta a la que
se denegó el certificado MPAA, La luna es azul, en 1953, pero sería su
versión de la denuncia del mundo de las drogas de Nelson Algren la
que lo adentró en terreno peligroso.
   Sinatra encarna a Frankie Machine, un ex convicto adicto a la heroí-
na que desea empezar de nuevo. Su esposa (Eleanor Parker) finge una
minusvalía para obligar a Frankie a permanecer a su lado; mientras, su
antiguo jefe (Robert Strauss) pretende que vuelva a su trabajo como
croupier, y su camello que vuelva a consumir heroína. Solo Molly (Kim
Novack), un antiguo amor, le sirve de apoyo. Pero conforme necesita
nuevas dosis, el mundo parece cerrarse sobre Frankie y sus deseos de
redención.
   Dos años después del relanzamiento de su carrera en forma de con-
trato de grabación con Capital Records y un Oscar por De aquí a la eter-
nidad (1953), Frank Sinatra se muestra en plena forma, dibujando una
figura trágica cuyos intentos por mejorar parecen desvanecerse siste-
máticamente. Algren comentó que la adaptación se apartaba bastante
de su novela, y ciertamente Frankie es más empático en celuloide que
en pape l, pero la negativa de Preminger a andarse por las ramas y la
inquietante banda sonora cargan las tintas sobre la adicción. La cinta
allanaría el camino a una representación cada vez más gráfica de la
drogadicción en el cine. 

I.H.S. 

(Steven Jay Schneider, Las 1001 películas que hay que ver antes de morir, Grijalbo, 2003)

ALEXANDER DRAKE

 


VIAJES DE LARGA DISTANCIA

 

Cuando le haces un comentario a tu compañero de viaje, por muy insignificante que sea lo que digas, siempre corres el riesgo de que el otro se lo tome como una invitación a mantener una charla durante todo el viaje; y una vez que empieza ya no hay forma de escapar: estás condenado durante horas. De modo que la estrategia consiste en no articular palabra y limitar la comunicación a gestos, miradas, gruñidos o como mucho algún que otro monosílabo, pero nada más. Abrir un libro también ayuda, y si tienes auriculares más te vale ponértelos lo antes posible y aislarte por completo. Cualquier cosa antes de tener que aguantar a un imbécil dándote el coñazo. 

 

Primavera de 2010. Tren de alta velocidad, San Sebastián-Barcelona. Fui solo la primera media hora, y luego, en otra de las paradas, entró una mujer en el vagón y se sentó a mi lado en el asiento de ventanilla. Yo siempre pido pasillo cuando compro el billete. No soporto sentirme aprisionado entre la ventana y otro pasajero.

Ella no tardó en preguntarme algo. Yo respondí con cortesía. Volvió a dirigirse a mí, y antes de que pudiera darme cuenta aquella mujer ya se había lanzado.

         —¿Cuántos años tienes?

         —¿Cuántos crees que tengo?

         —No sé…

         —Vamos, prueba… —dije poniendo una sonrisa.

         —29 —respondió tras mirarme detenidamente.

         —Tengo seis más.

         —¿35? —preguntó sorprendida.

         —¿Tienes 35…?

         Asentí con la cabeza.

         —No lo parece… —dijo asombrada.

         —Y si me cortara el pelo y me afeitara la barba parecería más joven todavía.

         —¿Y cuántos crees que tengo yo? —preguntó segura de sí misma y esperando devolverme la sorpresa.

         —Ummm… Cincuenta y algo… No sabría concretar —dije seguro de estar haciéndole un cumplido.

Me miró fijamente durante un par de segundos que parecieron eternos mientras su rostro se resquebrajaba en mil pedazos.

         —Tengo 48… —respondió en voz baja y totalmente humillada.

         No supe qué decir. Si añadía algo quizás empeorara la situación. Ella trató de reponerse y sacó otro tema de conversación como queriendo olvidar mi comentario. Luego empezó a hablar de su trabajo. Después de su marido. Más tarde de un programa de televisión del que se declaraba fan y del cual yo sólo podía sentir asco y vergüenza. En algún momento la charla cambió de rumbo y se volvió algo más filosófica, casi espiritual. Me habló de algunos libros y de un par de autores que ella alababa. A mí, por el contrario, aquellos tipos me parecían subnormales, y su obra, un maldito fraude. Después, en mitad de un intercambio de opiniones, cayó la Bomba H:

         —¡La mayor mentira que nos han colado es la Teoría de la Evolución! ¡Menuda trola!

Tuve que callarme y asentir con la cabeza sin decir ni una sola palabra. Discutir con alguien que pensaba de ese modo me acojonaba por completo. Intenté mantener la compostura mientras esperaba a que sucediera un milagro. A los pocos minutos pusieron una película en los monitores. Estaba salvado. Me apresuré a coger mis cascos y no me los quité hasta llegar a mi destino.


(Alexander Drake, Ignominia, Libros Indie, 2020) 

JAVIER SALVAGO

 


REGRESIÓN 

     En algún punto del trayecto, el tren se detuvo y comenzó a andar marcha atrás sin que la mayoría de los pasajeros, ensimismados con sus teléfonos inteligentes de última generación, se diera cuenta. Tras desandar un buen trecho del camino, alguien dijo a mi espalda: 
     ―De seguir así, pronto llegaremos a los años 50. 




LA LADRONA 

     Le robó el corazón creyendo que de verdad tenía, como 
decía todo el mundo, un corazón de oro. 


(Javier Salvago, No sueñes conmigo, La Isla de Sistolá, 2017) 

PABLO GUILLÉN TUDELA

 


LA FÁBRICA DE CEMENTO 

Era muy tarde, el reloj del coche marcaba las 4.17 de la madrugada. Tom arrancó el coche y salió del tanatorio rumbo a su casa. Tenía que ducharse y descansar al menos un par de horas antes de ir al trabajo. De repente empezó a llover con mucha intensidad, tanto que el limpiaparabrisas no era capaz de dejar un poco de visibilidad en el parabrisas. Tom se equivocó de salida de la autovía y de golpe se encontró delante de una vieja fábrica de cemento abandonada. En ese mismo instante el coche dejó de funcionar, era como si se hubiera quedado sin electricidad. Tom sabía que no era cosa de carencia de gasolina puesto que le gustaba tener el depósito siempre casi lleno, treinta o treinta y tantos litros. Sea como fuere el coche no respondía a la llave de contacto, los faros delanteros dejaron de alumbrar y el panel del salpicadero se quedó completamente del color de la noche. La fábrica de cemento abandonada estaba en un lugar apartado de cualquier otra carretera y aunque Tom contempló al principio la posibilidad de esperar en el coche y confiar de que alguien pasará por allí, de inmediato vio con claridad que estaba solo y que no podría permanecer dentro del coche mucho tiempo. La tormenta iba en aumento y el barro y el agua empezaban a subir por los laterales del coche. Era un mini última generación.

Tom tenía cuarenta y dos años, era perito especializado en asuntos como incendios en fabricas o cosas así. Cuando empezó a trabajar en la compañía aseguradora " todo cubierto" vivió algún tiempo en Oxford en  Dry hill road del barrio de Beckley  después la empresa le propuso un ascenso y lo mandó a Londres. Ayer, y ya habían pasado diez años, regresó a Oxford porque un amigo de la facultad y compañero de trabajo había muerto en circunstancias extrañas y Tom quiso acompañar a la familia en esos momentos tan difíciles.

El agua se colaba por las juntas de las puertas y casi se asomaba por las ventanas. Algunos árboles frondosos agitaban sus ramas, la cinta transportadora que se perdía en la oscuridad no dejaba de chirriar, la fabrica estaba abandonada pero a Tom le pareció ver luz tras una ventana. Tom se disponía a salir cuando de repente alguien golpeo con fuerza el cristal de la puerta opuesta a la suya.  Tom no conocía esta zona, no conocía a nadie. La fábrica de cemento estaba en Cassington  que está  casi en el otro extremo de Oxford. 

(Pablo Guillén Tudela, Sombras de luz y niebla, Donbuk Editorial, 2017) 

JAVIER SALVAGO

 


POETA MALDITO 

     Tocar fondo no era para él una desgracia, sino una aspiración. 





CRIMEN SIN CASTIGO 

     Se presentó en la comisaría pidiendo desesperadamente que lo detuvieran. ¿Su delito? Había matado en sueños a su padre. 





EL DESTERRADO 

     Un día se despertó bruscamente en mitad de un sueño que los demás seguían soñando. 





EL REVISIONISTA 

     Empezó a borrar los errores de su pasado y se quedó sin 
pasado, sin presente y sin futuro. 



(Javier Salvago, No sueñes conmigo, La Isla de Sistolá, 2017) 

PABLO GUILLÉN TUDELA

 


UNA MAQUETA

El otro día me encontré con un hombre que vive con un quinqué, y un par
de cajas de cartón, de esas de ahora modernas, tan modernas que se
convierten casi por arte de birlibirloque en silla, sofá, mesita de noche,
váter o tienda de campaña pero sin porche, sin ventanas y sin techo.

Supongo que cuando más te crees tú que tienes el control de las cosas,
viene la vida y te pone en fuera de juego, te saca una tarjeta roja y te
expulsa del juego con una soberana hostia bien dada.

Y empiezas a encontrar callejones con muros de 28 metros donde antes
habían grandes avenidas y todo se transforma en una frágil maqueta que
nunca llego a convertirse en realidad. quizá todo fue una quimera, una
utopía con pocas ganas de mejorar o tal vez todo fuera una singular
distopía o algo así.

Las farolas están todavía encendidas a plena luz del día, son más de las 12
de la mañana y el eco de la lluvia paraliza los semáforos, las alcantarillas
escupen bastante agua y hasta mierda. Hoy no sé muy bien si habrá sesión
de cine matinal, ni siquiera funciona la televisión, la radio, los móviles se
han quedado como bloqueados y el cartero no ha aparecido en toda la
mañana.

Y no me gustaría que esto pareciera una gracia irreverente. Casi todos
ustedes saben, o están al cabo de la calle, respecto a las enfermedades de
acumulación lenta que sufre esta sociedad egocéntrica, arrojada por los
inteligentes hilos de la manipulación al volcán del consumismo, de la
satisfacción instantánea y de la tremenda pérdida de masa encefálica y la
consiguiente sustracción del acervo que solía distinguirnos de esa singular
especie llamada pitecántropo.

En conclusión, decía ( Dostoievski) que después de un fracaso, los planes
mejor elaborados parecen absurdos. ¿ pueden imaginar cuantos ha
sufrido el hombre?

Sin embargo, probablemente todavía queden muchas maquetas por
inventar y eso tal vez sea nuestro casi único salvavidas. 

(Pablo Guillén Tudela, Sombras de luz y niebla, Donbuk Editorial, 2017)

MARÍA MARÍN

 


LA FORMACIÓN DE LAS ISLAS 

Quizá las islas se formaron un día
porque alguien no encontró su tierra,
y lloró tanto que las lágrimas se hicieron mar, 

y él, 

náufrago. 





LO PEOR 

                           Lo único que pasa es que, cuando uno muere,
                           se escapa del cuerpo. Caramba, si todos lo hemos
                           hecho miles y miles de veces. El hecho de que
                           no se acuerden no significa que no haya ocurrido. 

                                             J. D. Salinger 


Lo peor
de que la gente se muera
es darte cuenta
de que se muere. 





TROYA 

                         Oigo los hierros de la Ilíada 

                                    José María Álvarez 


Oigo voces,
ha estallado la guerra.
¿Hablarán de nosotros
cuando estemos muertos?
Hoy las guerras
no necesitan nombres
que activen las bombas.
Helena murió
y también sus gusanos.
Los caballos quedaron
para otro tiempo.
Hay tumbas donde llueve
y nunca pasa nada.
Troya ha cambiado
su nombre
y ya a nadie le importa.
Los nombres tampoco importan
ya a nadie.
Las tumbas donde llueve,
menos.
Helena,
sus gusanos,
la guerra,
las voces…
¿Hablarán de nosotros
cuando estemos muertos? 

(María Marín, El desafortunado intento, Boria Ediciones, 2018) 


RAMÓN BASCUÑANA

 


YO QUISE SER POETA

Yo quise ser poeta de los de pelo en pecho,
de los que escriben versos con las manos,
no con el corazón, que así les salen.

Yo quise ser poeta de los de pelo en pecho
para tomarle el pulso a los problemas
del hombre de la calle.

Yo quise ser poeta
de los de pelo en pecho,
trasnochar, beber whisky, escribir una oda
a la mujer barbuda, al machismo,
a las torres gemelas, esas que ya no existen,
y a los toros de Osborne que los tienen bien puestos.

Sin embargo, mis versos,
ásperos como barba de tres días,
no hallan acomodo en este siglo
de atléticos poetas de gimnasio
que bañan su poemas
en agua de colonia de diseño
para que huelan bien cuando los leas
y no puedas oler su podredumbre.

Yo quise ser poeta de los de pelo en pecho,
pero ya no se estilan
y he tenido que ceder a la moda.
Dentro de diez minutos me depilo
y mañana me apunto en un gimnasio. 

(Ramón Bascuñana, Artículos de primera necesidad, Boria Ediciones, 2020)

CHARLES BUKOWSKI

 


[A JAMES BOYER MAY]

13 de diciembre de 1959   


   La otra noche vinieron a verme un editor y un escritor (Stanley McNail de
The Galley Sail Review y Álvaro Cardona-Hine) y el que me encontraran en
un estado desastrado no fue del todo culpa mía: anunciaron la visita igual que
se anuncia un ataque con una bomba de hidrógeno. Tengo una duda: ¿los
escritores pasan a ser una propiedad pública que se saquea sin previo aviso o
conservan el derecho a la intimidad propia de los contribuyentes? ¿Sería un
craso error decir que la única eucaristía de muchos artistas (todavía) es el
aislamiento de una sociedad cada vez más cerrada? ¿O es algo ya en desuso? 
   No me parece quisquilloso ni innoble mantenerse al margen del opiáceo
del exclusivismo y la hermandad de chupópteros que predomina en la
mayoría de las publicaciones que se creen de vanguardia. 
   […] Pues bien, al menos el editor se bebió una cerveza conmigo, pero el
escritor no quiso, así que me bebí la suya también. Hablamos sobre Villon,
Rimbaud y Las flores del mal de Baudelaire (fue una noche muy a la francesa
ya que ambos visitantes se esmeraron en usar los títulos de las obras de
Baudelaire en francés). También hablamos de J. B. May, Hedley, Poots,
Cardona-Hine y Charles Bukowski. Cuestionamos, difamamos y
acorralamos. Ya agotados, el editor y el escritor se pusieron en pie. Mentí, les
dije que me alegraba de verlos, los criados y las cagarrias, las barrenas y los
destellos, la luz sosegadora de Lucifer. Se marcharon, abrí otra cerveza,
alucinado por el desenfado de los editores modernos. […] Que me aspen si
esto es escribir, si esto es poesía: he ganado 47 dólares en 20 años como
escritor y creo que esos 2 dólares anuales (sin contar sellos, papel, sobres,
cintas, divorcios y máquinas de escribir) me dan derecho a la intimidad
propia de cierta locura, y si tengo que ir de la mano de dioses de papel para
promocionar unos versitos vomitivos, me quedaré con el enquistamiento y el 
paraíso del rechazo. 

(Charles Bukowski, La enfermedad de escribir, Editorial Anagrama, 2020)

PABLO GUILLÉN TUDELA

 


TENGO LADILLAS 

No sé muy bien cómo poner una marmita para quitar las manchas de mierda, vómitos y botellón que cada jodido fin de semana de jueves a domingo se queda incrustado en las paredes de mi domicilio. Me encanta que la gente se lo pase bien, que la vida es como una canción con menos acordes que un racimo de uvas en plena campaña navideña.

Algo así pensé esta mañana antes de ponerme a escribir.

Salgo todos los días del año a pasear con mi mascota. Kenia es un schnaucer de nueve años y ya tengo confianza con todos los caminos y piedras y parques de todo tipo de animales.  A veces los otros animales lo dejan todo repleto de cosas que son como basura, clines, bolsas de patatas fritas, botes de refrescos, mierdas de su perro y cosas que no se comen y dejan ahí porque no hay nadie que les dé un jodido guantazo con la mano abierta y les diga; ¿acaso no has visto que hay dos mil quinientas papeleras y doscientos contenedores en poco más de diez metros?

Me empieza a picar la cabeza. El otro día fui al médico y me dijo que tenía ladillas y me extraño mucho. Nunca me he ido de putas, o al menos no tengo ningún recuerdo de ello. El caso es que fui al peluquero y me hice unas mechas que me quedaban bastante como diciendo, que pasa nena, necesitas que te ayude a ponerte las bragas.

En fin, lo que quiero decir con todo esto, es que todos buscamos lo mismo. algunos lo consiguen sin ningún esfuerzo y otros con todo el esfuerzo nunca llegan a llegar. Es como un puente bajo el agua que antes servía para cruzar un rio.

No me jodan que les estoy hablando de cosas personales. Coño estoy con los efectos de la anastesia y me acaban de quitar una almorrana que no quería ser una almorrana y no estaba dispuesta a que la quitaran de su sitio.

Todos buscamos nuestro sitio. Joder, pero yo macho alfa quiero estar siempre en los aledaños de un coño, o incluso dentro de él. Y no lo puedo decir públicamente porque me dirían de todo.   

Nota: bajo los efectos de determinadas sustancias uno dice lo que piensa. Luego el resto de la vida, dice lo que los otros quieren oír. 

(Pablo Guillén Tudela, Sombras de luz y niebla, Donbuk Editorial, 2017)

ISMAEL CABEZAS

 


EXCLUIDOS 

Ahora pertenezco a los excluidos,
a los que escupen a la cara
y en cambio nada tienen que decir,
ahora los esquizofrénicos con la mirada
como cristales gastados por el mar
y los vientres hinchados por la olanzapina
son mis compañeros, con los que tomo café
y observo sus bocas abiertas como si siempre
estuviesen contemplando la noche,
ahora los jubilados que realizan todas las mañanas
el mismo camino, con sus rebecas abotonadas
y sus gafas tan grandes pasadas de moda,
son las gentes a las que me uno,
y las ancianas que jadean arrastrando
un desvencijado carro de la compra
vestidas con alguna prenda negra
y viejos bolsos con tan sólo 20 €
para toda la semana,
son las que caminan a mi lado,
ahora hombres que deambulan cojeando al andar,
albañiles recién entrados en la cincuentena
que beben un sol y sombra
en bares destartalados de barrio
cuando aún todos duermen,
son quienes conocen mi nombre,
ahora todos ellos,
son los que toman con dulzura mis manos. 

(Ismael Cabezas, Pisadas en la nieve sucia, Baile del Sol, 2014)