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CHARLES BUKOWSKI

 


AHORA 

llegar hasta aquí 
rondando la vejez 
consumido el tiempo 
sin haber encontrado a nadie 
verdaderamente perverso 
sin haber encontrado a nadie 
verdaderamente excepcional 
sin haber encontrado a nadie 
verdaderamente bueno 

rondando la vejez 

consumido el tiempo 

las mañanas son lo peor. 

(Charles Bukowski, Poemas de la última noche de la Tierra, Visor Libros, 2019)

FIÓDOR DOSTOYEVSKI

 



   Desde el primer día de mi vida de presidio comencé a soñar con la libertad.
Calcular cuándo terminarían mis años de presidio, de mil maneras distintas y en mil
ocasiones, constituía mi ocupación favorita. No podía pensar en otra cosa, y estoy
seguro de que lo mismo le sucede a todo el que está privado temporalmente de
libertad. No sé si los presos pensaban y calculaban igual que yo, pero la asombrosa
ligereza de sus ilusiones me sorprendió desde mis primeros pasos. La esperanza del
recluso privado de libertad es de otro tipo, completamente distinta a la del hombre
que lleva una vida real. El hombre libre, desde luego, espera algo (por ejemplo, un
cambio de suerte, la realización de alguna empresa), pero vive, actúa; la vida real le
arrastra en su torbellino. No ocurre lo mismo con el preso. Admitamos que también
es vida la vida de la cárcel, de presidio; pero, sea quien sea el preso e
independientemente de la duración de su condena, él no puede aceptar de ningún
modo, instintivamente, su destino como algo definitivo, resuelto, como parte de la
vida real. Todo preso siente que no está en su casa, sino como de visita. Veinte años
son para él como dos, y está convencido de que al salir de la cárcel a los cincuenta y
cinco años estará tan joven como ahora, a los treinta y cinco. «Todavía viviremos»,
piensa y aleja decididamente de él todas las dudas y todas las ideas desagradables.
Incluso los condenados a perpetuidad, los de la sección especial, contaban a veces
con que aquello no podía ser y que de pronto llegaría una orden de Píter:
«Trasladar a Nerchisnk, a las minas, y fijar un término a las condenas». Entonces,
¡qué bien! En primer lugar, hasta Nerchinsk se tarda en llegar casi medio año y es
mucho mejor ir en la cuerda que estar en el penal. Y luego, a acabar la condena en
Nerchinsk y entonces… ¡Así razonaba un recluso con canas! 

(Fiódor Dostoyevski, Memorias de la casa muerta, Alba Editorial, 2017) 

ANTONIO MACHADO

 


EL  HOSPICIO 

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.
Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de agrietados muros y sucios paredones
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!
Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
sobre la tierra fría la nieve silenciosa… 

(Antonio Machado, Campos de Castilla, Ediciones Cátedra, 2006)

ANTONIO JAVIER FUENTES SORIA

 


CABALLO  DE  CARTÓN 

Te vistes y te vas 
cuando la ciudad aún duerme 
y el frío amenaza en la ventana. 
Ruge el motor de un coche a lo lejos 
y suena, 
en este amasijo de acero y hormigón, 
una sórdida canción de cañerías. 
Puedo escribir 
que son emborronadas notas 
en la partitura virginal del alba, 
pero son solo ruidos, 
y el techo que ahora miro 
tampoco es un folio en blanco. 
Abajo, en la acera, 
oigo el repique firme y decidido 
de tus tacones 
que se alejan, 
como una serie infinita 
y tenue 
de puntos suspensivos. 

(Antonio Javier Fuentes Soria, El Outsider, Versátiles Editorial, 2021) 

ANTONIO JAVIER FUENTES SORIA

 


EN  EL  PORTAL  47 

En el portal cuarenta y siete, 
al abrigo de los gigantes soportales, 
el viejo vagabundo canta 
una antigua canción de amor 
que habla de un marinero 
y de una hermosa joven 
y de un barco que parte 
hacia tierras lejanas. 
Me detengo un instante ante él. 
Añoro el mar, me dice, 
pero puedo imaginarlo 
en una botella de ginebra. 
Continúo mi camino 
y pienso 
en lo que ha cambiado todo, 
en las videollamadas, 
en las redes sociales, 
y en la pasta 
que se deja la gente 
en las agencias de viajes. 




MORIR  UN  POCO  CADA  DÍA 

Las doradas hojas, 
desterradas 
y vencidas en el suelo, 
me recuerdan 
que hay un poco de muerte 
en nosotros 
cada día. 
Mientras, 
pasan los autobuses, 
y espera la gente 
su turno en los cajeros, 
y sueña, 
anclado en su pupitre, 
algún adolescente enamorado. 


(Antonio Javier Fuentes Soria, El Outsider, Versátiles Editorial, 2021) 

ERNEST HEMINGWAY

 


LOS  ASESINOS 

   La puerta de la cafetería Henry’s se abrió y entraron dos hombres. Se sentaron a la barra. 
   —¿Qué desean? —les preguntó George.
   —No lo sé —dijo uno de los hombres—. ¿Qué quieres comer, Al?
   —No lo sé —dijo Al—. No sé qué quiero comer.
   Estaba oscureciendo. El alumbrado se encendió al otro lado de la ventana. Los
dos hombres sentados a la barra leyeron el menú. Nick Adams los observaba desde la
otra punta de la barra. Estaba charlando con George cuando entraron. 
   —Tomaré lomo de cerdo asado con salsa de manzana y puré de patatas —dijo el
primer hombre que había hablado.
   —Todavía no está preparado.
   —Entonces, ¿por qué demonios lo pones en la carta?
   —Es la carta de la cena —les explicó George—. Se empieza a servir a las seis.
   George miró el reloj de pared que había detrás de la barra.
   —Son las cinco.
   —El reloj marca las cinco y veinte —dijo el otro hombre.
   —Va veinte minutos adelantado.
   —Oh, al diablo con el reloj —dijo el primero—. ¿Qué tienes para comer?
   —Puedo prepararles un sándwich de lo que quieran —dijo George—. Pueden
tomar huevos con jamón, huevos con beicon, hígado y beicon o un bistec.
   —Ponme croquetas de pollo con guisantes, salsa de nata y puré de patatas.
   —Eso es la cena.
   —Todo lo que pedimos es la cena, ¿eh? Ese es el truco.
   —Puedo prepararles huevos con jamón, huevos con beicon, hígado…
   —Tomaré huevos con beicon —dijo el hombre llamado Al. Llevaba un sombrero
hongo y un abrigo negro abrochado en el pecho. Tenía la cara pequeña y blanca, y los
labios finos. Llevaba una bufanda de seda y guantes. 
   —A mí ponme huevos con beicon —dijo el otro. Era más o menos de la misma
estatura que Al. Eran distintos de cara, pero iban vestidos como gemelos. Los dos
llevaban abrigos demasiado ajustados. Se sentaban inclinados hacia delante, con los
codos sobre la barra.
   —¿Tienes algo para beber? —preguntó Al.
   —Zarzaparrilla, cerveza sin alcohol, ginger ale.
   —Me refiero a si tienes algo para beber.
   —Lo que acabo de decirle.
   —Es caluroso este pueblo —dijo el otro—. ¿Cómo se llama?
   —Summit. 
   —¿Habías oído hablar de él? —le preguntó Al a su amigo.
   —No —dijo el amigo.
   —¿Qué hacéis aquí por las noches? —preguntó Al.
   —Cenan —dijo su amigo—. Todos vienen aquí y se pegan la gran cena.
   —Eso es —dijo George.
   —¿Así que es eso? —le preguntó Al a George.
   —Claro.
   —Eres un chico bastante listo, ¿verdad?
   —Claro —dijo George.
   —Bueno, pues no lo eres —dijo el otro hombrecillo—. ¿Lo es, Al?
   —Es tonto —dijo Al. Se volvió hacia Nick—. ¿Cómo te llamas?
   —Adams.
   —Otro chico listo —dijo Al—. ¿No es un chico listo, Max?
   —Este pueblo está lleno de chicos listos —dijo Max. 
   George puso los dos platos, uno de huevos con jamón y otro de huevos con
beicon, sobre la barra. Al lado colocó dos platitos de patatas fritas y cerró la
ventanilla que daba a la cocina.
   —¿Cuál es su plato? —le preguntó a Al.
   —¿No lo recuerdas?
   —Huevos con jamón.
   —Un chico listo —dijo Max. Se inclinó hacia delante y cogió el plato de huevos
con jamón. Los dos hombres comieron con los guantes puestos. George los observó
comer. 
   —¿Qué estás mirando? —Max miraba a George.
   —Nada.
   —Sí que estabas mirando. Me mirabas a mí.
   —A lo mejor el chico lo hacía en broma, Max —dijo Al.
   George rio.
   —No te rías —le dijo Max—. No quiero verte reír, ¿entendido?
   —Muy bien —dijo George.
   —Así que piensa que todo va muy bien. —Max se volvió hacia Al—. Piensa que
todo va muy bien. Esta sí que es buena.
   —Oh, es un pensador —dijo Al. Siguieron comiendo.
   —¿Cómo se llama el chico listo que hay al final de la barra? —le preguntó Al a
Max.
   —Eh, chico listo —le dijo Max a Nick—. Ponte al otro lado de la barra con tu
amigo.
   —¿Ocurre algo? —preguntó Nick.
   —No ocurre nada.
   —Es mejor que vayas al otro lado de la barra —dijo Al. Nick le obedeció. 
   —¿Qué ocurre? —preguntó George. 
   —Nada que os interese —dijo Al—. ¿Quién es el que está en la cocina?
   —El negro.
   —¿Qué quieres decir con el negro?
   —El negro que cocina.
   —Dile que venga.
   —¿Qué ocurre?
   —Dile que venga.
   —¿Dónde se cree que está?
   —Sabemos perfectamente dónde estamos —dijo el hombre llamado Max—.
¿Parecemos tontos?
   —Tú pareces tonto hablando así —le dijo Al—. ¿Por qué demonios discutes con
el chaval? Escucha —le dijo a George—, dile al negro que venga.
   —¿Qué van a hacerle?
   —Nada. Utiliza la cabeza, chico listo. ¿Qué íbamos a hacerle a un negro?
   George abrió la ventanilla que daba a la cocina.
   —Sam —llamó—. Ven aquí un momento.
   La puerta de la cocina se abrió y entró el negro.
   —¿Qué ocurre? —preguntó. Los dos hombres de la barra le echaron un vistazo.
   —Muy bien, negro. Quédate ahí —dijo Al.
   Sam, el negro, con el delantal puesto, miró a los dos hombres de la barra.
   —Sí, señor —dijo. Al se bajó del taburete. 
   —Me voy a la cocina con el negro y el chico listo —dijo—. Vuelve a la cocina,
negro. Ve con él, chico listo. —El hombrecillo se fue detrás de Nick y Sam, el
cocinero, hacia la cocina. La puerta se cerró tras ellos. El hombre llamado Max estaba
sentado justo delante de George. No miraba a George, sino el espejo que se extendía
paralelo a la barra. Henry’s había sido un salón, ahora reconvertido en cafetería.
   —Bueno, chico listo —dijo Max mirando al espejo—. ¿Por qué no dices algo?
   —¿De qué va todo esto?
   —Eh, Al —gritó Max—, el chico listo quiere saber de qué va todo esto.
   —¿Por qué no se lo dices? —dijo la voz de Al desde la cocina.
   —¿De qué crees que va?
   —No lo sé.
   —¿Qué crees?
   Max no dejaba de mirar al espejo mientras hablaba.
   —No sabría decirlo.
   —Eh, Al, el chico listo dice que no sabría decir de qué va todo esto. 
   —Le oigo perfectamente —dijo Al desde la cocina. Había colocado un frasco de
ketchup para dejar abierta la ventanilla que utilizaban para pasar los platos—.
Escucha, chico listo —le dijo a George desde la cocina—. Aléjate un poco de la
barra. Muévete un poco a la izquierda, Max. —Era como un fotógrafo preparando
una foto de grupo. 
   —Dime, chico listo —dijo Max—. ¿Qué crees que va a ocurrir?
   George no dijo nada.
   —Te lo diré —dijo Max—. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco
grandote llamado Ole Andreson?
   —Sí.
   —Viene a cenar cada noche, ¿verdad?
   —Viene a veces.
   —Viene a las seis en punto, ¿verdad?
   —Si viene.
   —Todo eso ya lo sabemos —dijo Max—. Habla de otra cosa. ¿Alguna vez vas al
cine?
   —De vez en cuando.
   —Deberías ir más al cine. Las películas son buenas para un chico listo como tú.
   —¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les ha hecho?
   —No ha tenido oportunidad de hacernos nada. Nunca nos ha visto.
   —Y solo va a vernos una vez —dijo Al desde la cocina.
   —¿Por qué van a matarlo entonces? —dijo George.
   —Lo hacemos por un amigo. Solo para hacerle un favor a un amigo, chico listo.
   —Cállate —dijo Al desde la cocina—. Estás abriendo demasiado esa bocaza.
   —Bueno, tengo que entretener al chico listo. ¿Verdad, chico listo?
   —Estás abriendo demasiado la bocaza —dijo Al—. El negro y mi chico listo se
divierten solos. Los tengo atados como a un par de amigas en el convento. 
   —¿He de suponer que estuviste en un convento?
   —Nunca se sabe.
   —Estuviste en un convento kosher. Ahí es donde estuviste.
   George miró el reloj.
   —Si entra alguien le dices que la cocina está cerrada, y si insisten les dices que tú
mismo se lo prepararás. ¿Lo has entendido, chico listo?
   —Muy bien —dijo George—. ¿Y qué hará luego con nosotros?
   —Eso dependerá —dijo Max—. Es una de esas cosas que nunca sabes hasta que
llega el momento.
   George levantó la mirada hacia el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la
calle se abrió. Entró un conductor de tranvía.
   —Hola, George —dijo—. ¿Puedo cenar?
   —Sam ha salido —dijo George—. Volverá en una media hora.
   —Será mejor que vaya un poco más arriba —dijo el conductor. George miró el
reloj. Eran las seis y veinte.
   —Eso ha estado bien, chico listo —dijo Max—. Eres un auténtico caballerete.
   —Sabía que le volaría la cabeza —dijo Al desde la cocina.
   —No —dijo Max—. No es eso. El chico listo es muy simpático. Es un chico 
simpático. Me cae bien. 
   A las seis cincuenta y cinco, George dijo:
   —No va a venir. 
   Habían entrado otras dos personas en la cafetería. Una vez George había entrado
en la cocina y le había preparado a un hombre un sándwich de jamón y huevo «para
llevar». Dentro de la cocina vio a Al, con su sombrero hongo echado para atrás,
sentado en un taburete junto a la ventanilla, con la boca de una recortada apoyada en
el antepecho. Nick y el cocinero estaban en un ángulo, espalda contra espalda, los dos
con una toalla de mordaza. George había preparado el sándwich, lo había envuelto en
papel de aceite, colocado en una bolsa y entregado al hombre, que había pagado y se
había ido. 
   —El chico listo puede hacer de todo —dijo Max—. Puede cocinar y todo. Con el
tiempo harás feliz a alguna muchacha, chico listo.
   —¿Ah, sí? —dijo George—. Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
   —Le daremos diez minutos —dijo Max.
Max miró el espejo y el reloj. Las manecillas del reloj marcaron las siete, y luego
las siete y cinco. 
   —Vamos, Al —dijo Max—. Más vale que nos marchemos. No va a venir.
   —Le daremos cinco minutos —dijo Al desde la cocina.
   En esos cinco minutos entró un hombre, y George le contó que el cocinero estaba
enfermo.
   —¿Por qué demonios no te buscas otro cocinero? —preguntó el hombre—. ¿O es
que aquí no se sirven comidas? —Salió.
   —Vámonos, Al —dijo Max.
   —¿Y qué me dices de los dos chicos listos y el negro?
   —Son legales.
   —¿Te parece?
   —Claro. Todo listo.
   —No lo veo claro —dijo Al—. No me gustan los cabos sueltos. Hablas
demasiado.
   —Oh, qué demonios —dijo Max—. Teníamos que divertirnos un poco, ¿no?
   —De todos modos, hablas demasiado —dijo Al. Salió de la cocina. Los cañones 
recortados de la escopeta le formaban un pequeño bulto bajo la cintura de su abrigo
demasiado ceñido. Se alisó el abrigo con las manos enguantadas.
   —Hasta luego, chico listo —le dijo a George—. Has tenido suerte.
   —Es verdad —dijo Max—. Deberías apostar a las carreras.
   Los dos salieron por la puerta. George los observó por la ventana, mientras
pasaban bajo la lámpara de arco y cruzaban la calle. Con sus abrigos tan ceñidos y
sus sombreros hongo parecían de una compañía de vodevil. George entró en la cocina
por las puertas batientes y desató a Nick y al cocinero.
   —No quiero volver a pasar por esto —dijo Sam, el cocinero—. No quiero volver
a pasar por esto. 
   Nick se puso en pie. Nunca había tenido una toalla en la boca.
   —Cuenta —dijo—. ¿Qué demonios pasaba? —Intentaba quitarse el susto
asumiendo un aire de arrogancia.
   —Querían matar a Ole Andreson —dijo George—. Iban a dispararle cuando
entrara a comer.
   —¿Ole Andreson?
   —Eso mismo.
   El cocinero se pasó los pulgares por las comisuras de los labios.
   —¿Se han ido? —preguntó.
   —Sí —dijo George—. Ahora ya se han ido.
   —No me gusta —dijo el cocinero—. Esto no me gusta nada.
   —Escucha —le dijo George a Nick—. Es mejor que vayas a ver a Ole Andreson.
   —Muy bien.
   —Es mejor que no te metas en esto —dijo Sam, el cocinero—. Es mejor que te
quedes al margen.
   —No vayas si no quieres —dijo George.
   —Meterte en esto no te va a llevar a nada —dijo el cocinero—. Mantente al margen. 
   —Iré a verlo —le dijo Nick a George—. ¿Dónde vive?
   El cocinero miró hacia otro lado.
   —Los muchachos siempre saben lo que quieren —dijo.
   —Vive en la pensión de Hirsch —le dijo George a Nick.
   —Iré hasta allí. 
   En la calle, la lámpara de arco brillaba a través de las ramas desnudas de un árbol.
Nick recorrió la calle junto a los raíles del tranvía, y en la siguiente farola tomó una
calle lateral. Tres casas más arriba estaba la pensión de Hirsch. Nick subió los dos
peldaños y llamó al timbre. Una mujer apareció en la puerta.
   —¿Está Ole Andreson?
   —¿Quieres verle? 
   —Sí, si está.
Nick siguió a la mujer por un tramo de escaleras y hacia el final de un pasillo.
   Llamó a la puerta.
   —¿Quién es?
   —Alguien quiere verle, señor Andreson —dijo la mujer.
   —Soy Nick Adams.
   —Entra.
   Nick abrió la puerta y entró en la habitación. Ole Andreson estaba echado en la
cama vestido. Había sido boxeador profesional y la cama le quedaba pequeña. Tenía
dos almohadones bajo la cabeza. No miró a Nick.
   —¿Qué hay? —preguntó. 
   —Estaba en Henry’s —dijo Nick— y llegaron dos tipos que nos ataron a mí y al
cocinero y dijeron que iban a matarle.
   Sonó estúpido cuando lo contó. Ole Andreson no dijo nada.
   —Nos metieron en la cocina —añadió Nick—. Iban a matarlo cuando entrara a
cenar.
   Ole Andreson miraba la pared y no decía nada.
   —George pensó que era mejor que se lo dijera.
   —No puedo hacer nada al respecto —dijo Ole Andreson.
   —Le diré cómo eran.
   —No quiero saber cómo eran —dijo Ole Andreson. Miraba la pared—. Gracias
por venir a contármelo.
   —No hay de qué.
   Nick miró aquel hombre grande echado en la cama.
   —¿No quiere que vaya a avisar a la policía?
   —No —dijo Ole Andreson—. Eso no serviría de nada.
   —¿Hay algo que pueda hacer?
   —No. No se puede hacer nada.
   —A lo mejor era un farol.
   —No. No era un farol.
   Ole Andreson se puso de lado, cara a la pared.
   —Lo que pasa —dijo, hablándole a la pared— es que no me decido a salir. Llevo todo el día aquí. 
   —¿No podría irse del pueblo?
   —No —dijo Ole Andreson—. Se ha acabado el ir de un lado a otro. —Miraba la
pared—. Ahora ya no se puede hacer nada.
   —¿No puede arreglarlo de ninguna manera?
   —No. Me metí donde no debía. —Hablaba con una voz sin inflexiones—. No se
puede hacer nada. Dentro de un rato me decidiré a salir.
   —Será mejor que vuelva con George —dijo Nick.
   —Hasta luego —dijo Ole Andreson. No miró a Nick—. Gracias por venir.
Nick salió. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson con la ropa puesta,
echado en la cama mirando la pared. 
   —Lleva todo el día en su habitación —dijo la patrona cuando Nick llegó abajo—.
Supongo que no se encuentra bien. Le he dicho: «Señor Andreson, debería salir y dar
un paseo, con el bonito día de otoño que hace», pero no le apetecía.
   —No quiere salir.
   —Lamento que no se encuentre bien —dijo la mujer—. Es un hombre
agradabilísimo. Era boxeador, ¿sabe?
   —Ya lo sabía.
   —Si no fuera por cómo tiene la cara nadie lo diría —dijo la mujer. Charlaban al
lado de la puerta de la calle—. Es tan amable. 
   —En fin, buenas noches, señora Hirsch —dijo Nick.
   —Yo no soy la señora Hirsch —dijo la mujer—. Ella es la propietaria de la
pensión. Yo solo soy la encargada. Soy la señora Bell.
   —Pues buenas noches, señora Bell —dijo Nick.
   —Buenas noches —dijo la mujer.
   Nick subió la calle hasta la esquina bajo la luz de la farola, y luego siguió los
raíles del tranvía hasta Henry’s. George estaba dentro, detrás de la barra.
   —¿Has visto a Ole?
   —Sí —dijo Nick—. Está en su habitación y no piensa salir.
   El cocinero abrió la puerta de la cocina cuando oyó la voz de Nick.
   —Ni siquiera pienso escucharos —dijo, y cerró la puerta.
   —¿Se lo contaste? —preguntó George.
   —Claro. Se lo dije, pero ya está al corriente de todo.
   —¿Qué piensa hacer?
   —Nada.
   —Lo matarán.
   —Supongo que sí.
   —Debió de andar metido en algo en Chicago.
   —Imagino —dijo Nick.
   —Mal asunto.
   —Muy malo —dijo Nick.
   Se quedaron callados y George cogió una bayeta y limpió la barra.
   —¿Qué haría? —dijo Nick.
   —Traicionar a alguien. Por eso quieren matarlo.
   —Voy a tener que irme de este pueblo —dijo Nick.
   —Sí —dijo George—. No es mala idea.
   —No soporto pensar que está en esa habitación esperando y sabiendo que van a
cogerle. Es algo horrible.
   —Bueno —dijo George—. Mejor que no pienses en ello. 

(Ernest Hemingway, Cuentos, Debolsillo, 2009) 

ELMORE LEONARD

 

 

   —Anoche me desperté y miré al techo —dijo la mujer sentada frente a Ryan—. ¿Y
saben una cosa? No daba vueltas. Me levanté para ir al cuarto de baño y pude hacerlo
sin tropezar con los muebles y sin tirar nada. Lo encontré justamente donde se
suponía que debía estar. Por la mañana, solía despertarme en el suelo y antes de abrir
los ojos rezaba una oración, pidiendo saber dónde me encontraba. 
   —Sé lo que quiere expresar —afirmó el jefe de la mesa—. Durante los primeros
seis meses o un año de seguimiento de la terapia, yo seguía despertándome por la
mañana esperando estar colgado de algún sitio. Incluso me parecía raro sentirme
normal. 
   La reunión tenía lugar en una habitación sin ventanas del sótano del Hospital
Saint Joseph Mercy, en Pontiac. Paredes llenas de hollín, luces fluorescentes, mesas
de comedor y sillas plegables, la cafetera, las tazas de plástico, los pastelillos. Podía
ser la reunión de un grupo de Alcohólicos Anónimos en cualquier lugar, con grupos
de ocho a doce personas en las cinco mesas que había. 
   Otra de las mujeres decía que, en ocasiones, se había despertado en la habitación
de un motel y que allí había un hombre que ella no había visto en toda su vida y que
entonces le gritaba: «¿Qué hace usted aquí? ¡Salga!». Y el pobre hombre se quedaba
aturdido, después de la maravillosa noche que ambos habían pasado juntos y que ella
no recordaba. 
   Había cuatro mujeres y siete hombres en la mesa, incluyendo a Ryan. No estaba
muy seguro de si iba a decir algo, cuando el jefe de mesa lo miró. Podía pasar, decir
que esta noche solo deseaba escuchar. Se preguntó si aún quedaría algún vestigio de
whisky en su aliento. Y entonces se preguntó a sí mismo: «¿Acaso importaría?».
Como si alguien pudiera señalárselo y fuera arrojado de la terapia. ¡Qué extraño!
Llevaba dos días bebiendo y volvía a sentir la sensación de culpabilidad. Hacía
mucho tiempo que no iba a ninguna reunión. Lo sabía, pero esta noche no se sentía
como un miembro más de ella. Al menos, por ahora. 
   —Gracias —dijo un hombre sentado a dos sillas de distancia de él—. Soy Paul.
Soy un alcohólico y me siento muy contento de encontrarme aquí. ¿Saben? Hay una
gran diferencia entre el admitir que uno es alcohólico y aceptar el hecho. Esa es la
razón por la que me gusta acudir de vez en cuando a una mesa donde se habla sobre
el primer paso en la terapia. No solo para escuchar, sino también para recordarme a
mí mismo que me encuentro indefenso ante el alcohol. Yo no era como Ed, quien
mencionó antes que se emborrachaba durante un par de semanas, después se
enmendaba y se mantenía sobrio durante algún tiempo. No, yo estaba borracho en
todo momento. 

(Elmore Leonard, Hombre desconocido 89, Ediciones Júcar, 1991) 

O. HENRY

 


LA  ÚLTIMA  HOJA 

En un barrio pequeño situado al oeste de Washington Square las calles se han
vuelto locas y se quiebran en pequeñas franjas llamadas «sitios». Estos lugares
forman curvas y ángulos extraños. Hay una calle que se cruza a sí misma una o dos
veces. Un artista descubrió una vez una valiosa posibilidad de esta calle. ¡Imagínate
que un cobrador con una factura de pinturas, papel y tela se encuentra de pronto de
regreso ya sin que le hayan pagado ni un centavo a cuenta! 
   Así que pronto empezó la gente del arte a merodear por el viejo y pintoresco
Greenwich Village a la caza de ventanas orientadas al Norte, gabletes del siglo XVIII,
buhardillas holandesas y alquileres bajos. Luego importaron unas cuantas jarras de
peltre y algún calentador de comida de la Sexta Avenida y se convirtieron en una
colonia. 
   Sue y Johnsy tenían su estudio en lo alto de un achaparrado edificio de ladrillo de
tres plantas. Johnsy era el diminutivo familiar de Joanna. Una era de Maine; la otra,
de California. Se habían conocido en la table d’hôte de un Demonico de la Calle
Octava y descubrieron que sus gustos en cuanto al arte, la escarola y las mangas
afaroladas eran tan afines que el resultado fue su estudio compartido. 
   Eso pasó en el mes de mayo. En noviembre, irrumpió en la colonia un forastero
frío e invisible al que los médicos llamaban Neumonía, tocando a uno aquí y a otro
allá con sus gélidos dedos. Este destructor se internó audazmente en la zona oriental,
golpeando a montones de víctimas, pero tuvo que aminorar el paso en el laberinto de
estrechos y musgosos «sitios». 
   El señor Neumonía no era lo que se dice un noble caballero. Tan poca cosa como
una mujercita con la sangre debilitada por los céfiros californianos no era enemigo
digno para el rudo y jadeante veterano. Pero golpeó a Johnsy, que yacía casi inmóvil
en su cama de hierro pintado, mirando por los paneles de ventana holandeses la pared
ciega de la casa de ladrillo contigua. 
   Una mañana, el atareado médico indicó a Sue que le acompañara al vestíbulo
enarcando una ceja tupida y gris. 
   —Tiene una probabilidad entre…, digamos, diez —le dijo, mientras bajaba a
sacudidas el mercurio del termómetro—. Y esa probabilidad depende de que desee
vivir. Esta forma que tiene la gente de ponerse de parte de la funeraria deja en
ridículo toda la farmacopea. Su amiga ha decidido que no va a curarse. ¿No hay nada
que le interese? 
   —Ella… ella quería pintar algún día la bahía de Nápoles —dijo Sue.
   —¿Pintar? ¡Tonterías! ¿Le interesa algo en lo que merezca la pena pensar dos
veces?…, ¿un hombre, por ejemplo?
   —¿Un hombre…? —repuso Sue, con un tañido de birimbao en la voz— … ¿Es
un hombre digno de…? No, doctor, no; no hay nada de eso. 
   —Bueno, es la debilidad, entonces —dijo el médico—. Haré todo lo que pueda
conseguir la ciencia de acuerdo con mis conocimientos. Aunque siempre que mi
paciente empieza a contar los coches de su cortejo fúnebre, resto un cincuenta por
ciento al poder curativo de las medicinas. Si consigue que haga alguna pregunta sobre
los nuevos estilos de este invierno de las mangas de las capas, le garantizo una
posibilidad entre cinco en vez de una entre diez.
   Cuando el médico se marchó, Sue entró en el taller y lloró hasta convertir en
pulpa un pañuelito japonés de papel. Luego volvió contoneándose a la habitación de
Johnsy con el tablero de dibujo, silbando a ritmo de ragtime. 
   Johnsy yacía silenciosa e inmóvil bajo la ropa de la cama, con la cara vuelta hacia
la ventana. Sue creyó que estaba dormida y dejó de silbar.
   Colocó el tablero y empezó un dibujo a pluma para ilustrar un relato de una
revista. Los artistas jóvenes han de abrirse paso en el Arte ilustrando relatos de
revistas que escriben los jóvenes autores para abrirse paso en la Literatura.
   Mientras Sue esbozaba unos elegantes pantalones de montar y un monóculo en la
figura del protagonista, un vaquero de Idaho, oyó repetirse varias veces un leve
sonido. Se acercó rápidamente a la cabecera de la cama.
   Johnsy tenía los ojos muy abiertos. Miraba por la ventana y contaba…, contaba al revés. 
   —Doce —dijo, y poco después—: Once —y luego «diez» y «nueve»; y luego
«ocho» y «siete» casi a la vez.
   Sue miró atentamente por la ventana. ¿Qué había que contar allí? Solo se veían el
patio vacío y triste y la pared ciega de la casa de ladrillo a seis metros de distancia.
Una hiedra viejísima de raíces nudosas y deterioradas trepaba hasta la mitad de la
pared. El frío aliento del otoño le había arrancado casi todas las hojas y sus ramas
esqueléticas se aferraban casi desnudas a los ladrillos corroídos. 
   —¿Qué pasa, cariño? —preguntó.
   —Seis —dijo Johnsy, casi en un susurro—. Ahora caen más deprisa. Hace tres
días eran casi cien. Me entró dolor de cabeza de contarlas. Pero ahora es fácil. Ahí va
otra. Ahora ya solo quedan cinco.
   —¿Cinco qué, cariño? Díselo a tu Sue. 
   —Hojas. Las hojas de la hiedra. Cuando caiga la última, me iré yo también. Hace
tres días que lo sé. ¿No te lo ha dicho el médico?
   —¡Oh, vamos, nunca he oído un disparate parecido! —se quejó Sue con
majestuoso desdén—. ¿Qué tienen que ver las hojas marchitas de la hiedra con que te
cures? Con lo que te gustaba además esa hiedra, niña mala. No seas boba. Mira, el
médico me ha dicho esta mañana que las posibilidades que tienes de curarte
enseguida son…, veamos lo que dijo exactamente, ¡dijo que las probabilidades eran
de diez a uno! Casi las mismas que tenemos en Nueva York cuando viajamos en
tranvía o pasamos junto a un edificio nuevo. Ahora procura tomar un poco de caldo y
deja que Sudie vuelva a su dibujo para que pueda vendérselo al director y comprar 
oporto para su niña enferma y chuletas de cerdo para su ego glotón. 
   —No hace falta que compres más oporto —dijo Johnsy sin apartar los ojos de la
ventana—. Ahí cae otra. No, no quiero tomar caldo. Ya solo quedan cuatro. Quiero
ver caer la última antes de que oscurezca. Entonces yo también me iré.
   —Johnsy, cariño —dijo Sue, inclinándose hacia ella—, ¿me prometes que vas a
cerrar los ojos y a dejar de mirar por la ventana hasta que yo acabe de trabajar? Tengo
que entregar esos dibujos mañana. Necesito la luz, si no, bajaría la persiana.
   —¿No puedes dibujar en la otra habitación? —preguntó Johnsy, indiferente.
   —Prefiero estar aquí a tu lado —dijo Sue—. Además, no quiero que sigas
mirando esas estúpidas hojas de hiedra.
   —Avísame en cuanto acabes —dijo Johnsy cerrando los ojos, pálida y quieta
como una estatua caída—, porque quiero ver caer la última. Estoy cansada de esperar,
estoy cansada de pensar. Quiero desprenderme de todo y caer como una de esas
pobres hojas cansadas. 
   —Procura dormir —dijo Sue—. Tengo que llamar a Behrman para que pose
como el viejo minero ermitaño. Volveré en un minuto. No te muevas hasta que
regrese. 
   El viejo Behrman era un pintor que vivía en la planta baja. Tenía más de sesenta
años y una barba de Moisés de Miguel Ángel que le caía desde la cabeza de sátiro
hasta el torso de trasgo. Era un fracaso en la pintura. Manejaba el pincel hacía
cuarenta años sin haberse acercado nunca lo suficiente para tocar la orla del manto de
su Señora. Había estado siempre a punto de pintar una obra maestra, pero aún no
había empezado a hacerlo nunca. Hacía años que no pintaba nada más que algún que
otro monigote del ramo comercial o publicitario de cuando en cuando. Ganaba algo
posando para los pintores jóvenes de la colonia que no podían pagar lo que cobraba
un modelo profesional. Bebía demasiada ginebra y seguía hablando de su próxima
obra maestra. Por lo demás, era un viejito feroz que se burlaba atrozmente de las
debilidades de los demás y que se consideraba el perro guardián especial que debía
proteger a las dos jóvenes pintoras del estudio de arriba. 
   Sue encontró a Behrman, que olía intensamente a nebrinas, en su estudio apenas
iluminado de abajo. En un rincón había un lienzo en blanco sobre un caballete que
llevaba veinticinco años esperando allí el primer trazo de la obra maestra. Le contó la
fantasía de Johnsy, confesándole que temía realmente que, siendo ligera y frágil como
una hoja ella también, desapareciera cuando se debilitara más el leve asidero que la
unía al mundo. 
   El viejo Behrman, con lágrimas visibles en los ojos enrojecidos, expresó a gritos
su menosprecio y desdén por aquellas fantasías tan bobas. 
   —¡Vass! —farfulló—. ¿Es que puede haber en este mundo alguien tan tonto como
para morirse porque se caen las hojas de una maldita hiedra? Nunca oí nada igual.
No, no posaré como modelo del ridículo ermitaño idiota. ¿Por qué dejas que se le
meta en la cabeza una idea tan boba? ¡Ay, pobre señorita Yohnsy! 
   —Está muy enferma y muy débil —dijo Sue—, y esas ideas morbosas y esas
extrañas fantasías se deben a la fiebre. Muy bien, señor Behrman, si no quiere posar
para mí, no tiene que hacerlo. Pero me parece que es usted un viejo horroroso…, un
viejo bocazas. 
   —¡Muy propio de una mujer! —gritó Behrman—. ¿Quién ha dicho que no
posaré? Vamos. Te acompaño. Llevo media hora intentando decir que estoy dispuesto
a posar. Gott!, este no es lugar para que alguien tan bueno como la señorita esté
enfermo. Un día pintaré una obra maestra y nos marcharemos todos de aquí. Gott!, sí. 
   Johnsy estaba dormida cuando subieron. Sue bajó la persiana hasta el alféizar, e
indicó a Behrman por señas que pasara al otro cuarto. Allí miraron por la ventana con
miedo la hiedra. Luego se miraron un momento en silencio. Caía una lluvia fría y
persistente, mezclada con nieve. Behrman, con su vieja camisa azul, tomó asiento
como minero ermitaño en una olla puesta bocabajo a modo de roca. 
   Cuando Sue despertó a la mañana siguiente tras una hora de sueño, encontró a
Johnsy mirando fijamente con ojos apagados muy abiertos la persiana verde bajada.
   —Súbela, quiero ver —ordenó en un susurro.
   Sue obedeció cansinamente. 
   Y he aquí que después del chaparrón y las fuertes ráfagas de viento que había
soportado toda la santa noche, todavía seguía sobre el ladrillo una hoja de hiedra. Era
la última que quedaba en la enredadera. De un verde intenso aún cerca del tallo, pero
con el amarillo de la desintegración y el marchitamiento en los bordes dentados,
colgaba valerosamente de una rama a unos seis metros del suelo.
   —Es la última —dijo Johnsy—. Estaba segura de que se caería por la noche. He
oído el viento. Se caerá hoy, y yo moriré al mismo tiempo.
   —¡Cariño, por favor! —dijo Sue, apoyando la cara fatigada en la almohada—,
piensa en mí, si no puedes pensar en ti misma. ¿Qué iba a hacer yo? 
   Pero Johnsy no respondió. Lo más solitario del mundo es un alma que se dispone
a emprender su largo viaje misterioso. La fantasía parecía dominarla con más fuerza a
medida que se soltaban los vínculos que la ataban a la amistad y al mundo.
   El día transcurrió lentamente, y todavía pudieron ver en el crepúsculo la hoja de
hiedra solitaria aferrada a su tallo sobre el muro. Y luego, con la llegada de la noche,
se desencadenó de nuevo el viento del norte, mientras la lluvia seguía batiendo las
ventanas y cayendo con un tamborileo de los aleros.
   Cuando hubo luz suficiente, Johnsy, la despiadada, dio orden de que se subiera la persiana. 
   La hoja de hiedra aún seguía allí.
   Johnsy continuó echada mirándola mucho tiempo. Y luego llamó a Sue, que
estaba revolviendo su consomé de pollo en la cocina de gas.
   —Me he portado mal, Sudie —le dijo—. Algo ha hecho que esa última hoja siga
ahí para demostrarme lo malvada que he sido. Es pecado desear morirse. Puedes
traerme ya un poco de consomé, y un poco de leche con un poquito de oporto, y… 
no; tráeme primero un espejo de mano y ponme unos cojines y me sentaré a verte
cocinar. 
   Una hora más tarde, dijo:
   —Sudie, espero pintar algún día la bahía de Nápoles.
   El médico llegó a primera hora de la tarde, y Sue encontró una excusa para ir al
vestíbulo cuando se marchó.
   —Las mismas probabilidades —dijo el doctor, estrechando la delicada mano de
Sue—. Con buenos cuidados, lo conseguirá. Y ahora tengo que ver a otro paciente
abajo. Behrman, se llama…, una especie de artista, creo. Neumonía, también. Es un
hombre mayor y débil, y el ataque es agudo. No hay esperanza; pero se va hoy al
hospital para que esté más cómodo.
   Al día siguiente, el médico le dijo a Sue:
   —Ella está fuera de peligro. Has ganado. Ahora nutrición y cuidados…, eso es
todo. 
   Y aquella tarde, Sue se acercó a la cama en la que Johnsy tejía muy contenta una
mantilla de lana muy azul y muy inútil, y la abrazó, con almohadones y todo.
   —Tengo algo que decirte, ratoncillo —le dijo—. El señor Behrman ha muerto de
neumonía hoy en el hospital. Solo ha estado enfermo dos días. El portero le encontró
el primer día por la mañana abajo, en su cuarto, imposibilitado de dolor. Tenía los
zapatos y la ropa empapados y helados. No podían entender dónde había podido
pasar una noche tan espantosa. Y luego encontraron una linterna, todavía encendida,
y una escalera arrastrada fuera de su sitio y unos pinceles esparcidos y una paleta con
una mezcla de colores verdes y amarillos y… Mira por la ventana, cariño, mira la
última hoja de hiedra en el muro. ¿No te extrañó que no se agitara ni se moviera
cuando soplaba el viento? Ay, encanto, es la obra maestra de Behrman: la pintó él ahí
la noche que cayó la última hoja. 

(O. Henry, Historias de Nueva York, Nórdica Libros, 2019) 

ERNEST HEMINGWAY

 


EL  VIEJO  Y  EL  PUENTE 


Un viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a
un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros,
camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían
tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban
empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a
toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos.
Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para
continuar. 
   Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y
averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente.
Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí. 
   —¿De dónde viene? —le pregunté.
   —De San Carlos —dijo, y sonrió.
   Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.
   —Cuidaba de los animales —explicó.
   —Oh —dije, sin entenderlo del todo.
   —Sí —dijo—, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos. 
   No tenía pinta de pastor ni de vaquero, y tras observar su ropa negra y cubierta de
polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero, dije: 
   —¿Qué animales eran?
   —Animales diversos —dijo negando con la cabeza—. Tuve que dejarlos. 
   Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del
Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba
atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado
contacto, y el hombre seguía allí sentado. 
   —¿Qué animales eran? —pregunté.
   —En total tres clases de animales —explicó—. Había dos cabras y un gato y
cuatro pares de palomos.
   —¿Y los ha dejado? —le pregunté.
   —Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la
artillería. 
   —¿Y no tiene familia? —pregunté, vigilando el otro extremo del puente, donde
los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.
   —No —dijo—, solo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le
pasará nada. Un gato sabe cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.
   —¿En qué bando está usted? —le pregunté. 
   —Yo no tengo bando —dijo—. Tengo setenta y seis años. Llevo andados doce
kilómetros y creo que ya no puedo seguir.
   —Este no es un buen lugar para pararse —dije—. Si puede llegar, hay camiones
en el desvío a Tortosa.
   —Esperaré un poco —dijo—, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?
   —A Barcelona —le dije.
   —No conozco a nadie en esa dirección —dijo—, pero muchas gracias. Se lo
repito, muchas gracias. 
   Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su
preocupación con alguien, dijo:
   —Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un
gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás? 
   —Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.
   —¿De verdad lo cree?
   —¿Por qué no? —dije mirando la otra orilla, donde ya no había carretas.
   —Pero ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que
me fuera por culpa de la artillería? 
   —¿Dejó abierta la jaula de los palomos? —pregunté.
   —Sí.
   —Entonces saldrán volando.
   —Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los
demás —dijo. 
   —Si ya ha descansado, yo de usted me iría —le insistí—. Levántese e intente
andar.
   —Gracias —dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse
sobre el polvo, dejándose caer.
   —Yo solo cuidaba de los animales —dijo sin energía, pero ya no hablaba
conmigo—. Solo cuidaba de los animales. 
   No se podía hacer nada por él. Era Domingo de Pascua y los fascistas avanzaban
hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no
volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que
tendría aquel hombre. 

(Ernest Hemingway, Cuentos, Debolsillo, 2009)

JULIO RAMÓN RIBEYRO

 


SÓLO  PARA  FUMADORES  

   Sin haber sido un fumador precoz, a partir de cierto momento mi historia se confunde
con la historia de mis cigarrillos. De mi periodo de aprendizaje no guardo un
recuerdo muy claro, salvo del primer cigarrillo que fumé, a los catorce o quince años.
Era un pitillo rubio, marca Derby, que me invitó un condiscípulo a la salida del
colegio. Lo encendí muy asustado, a la sombra de una morera y después de echar
unas cuantas pitadas me sentí tan mal que estuve vomitando toda la tarde y me juré
no repetir la experiencia. 
   Juramento inútil, como otros tantos que lo siguieron, pues años más tarde, cuando
ingresé a la universidad, me era indispensable entrar al Patio de Letras con un
cigarrillo encendido. Metros antes de cruzar el viejo zaguán ya había chasqueado la
cerilla y alumbrado el pitillo. Eran entonces los Chesterfield, cuyo aroma dulzón
guardo hasta ahora en mi memoria. Un paquete me duraba dos o tres días y para
poder comprarlo tenía que privarme de otros caprichos, pues en esa época vivía de
propinas. Cuando no tenía cigarrillos ni plata para comprarlos se los robaba a mi
hermano. Al menor descuido ya había deslizado la mano en su chaqueta colgada de
una silla y sustraído un pitillo. Lo digo sin ninguna vergüenza, pues él hacía lo mismo
conmigo. Se trataba de un acuerdo tácito y además de una demostración de que las
acciones reprensibles, cuando son recíprocas y equivalentes, crean un statu quo y
permiten una convivencia armoniosa. 
   Al subir de precio, los Chesterfield se volatilizaron de mis manos y fueron
reemplazados por los Inca, negros y nacionales. Veo aún su paquete amarillo y azul
con el perfil de un inca en su envoltura. No debía ser muy bueno este tabaco, pero era
el más barato que se encontraba en el mercado. En algunas pulperías los vendían por
medios paquetes o por cuartos de paquete, en cucuruchos de papel de seda. Era
vergonzoso sacar del bolsillo uno de estos cucuruchos. Yo siempre tenía una cajetilla
vacía en la que metía los cigarrillos comprados al menudeo. Aun así los Inca eran un
lujo comparados con otros cigarrillos que fumé en esos tiempos, cuando mis
necesidades de tabaco aumentaron sin que ocurriera lo mismo con mis recursos: un
tío militar me traía del cuartel cigarrillos de tropa, amarrados en sartas como si fuesen
cohetes, producto repugnante, donde se encontraban pedazos de corcho, astillas, pajas
y unas cuantas hebras de tabaco. Pero no me costaban nada, y se fumaban. 
   No sé si el tabaco es un vicio hereditario. Papá era un fumador moderado, que dejó el
cigarrillo a tiempo cuando se dio cuenta de que le hacía daño. No guardo ningún
recuerdo de él fumando, salvo una noche en que no sé por qué capricho, pues hacía
años que había renunciado al tabaco, cogió un pitillo de la cigarrera de la sala, lo
cortó en dos con unas tijeritas y encendió una de las partes. A la primera pitada lo
apagó diciendo que era horrible. Mis tíos en cambio fueron grandes fumadores y es
conocida la importancia que tienen los tíos en la transmisión de hábitos familiares y
modelos de conducta. Mi tío paterno George llevaba siempre un cigarrillo en los
labios y encendía el siguiente con la colilla del anterior. Cuando no tenía un cigarrillo
en la boca tenía una pipa. Murió de cáncer al pulmón. Mis cuatro tíos maternos
vivieron esclavizados por el tabaco. El mayor murió de cáncer a la lengua, el segundo
de cáncer a la boca y el tercero de un infarto. El cuarto estuvo a punto de reventar a
causa de una úlcera estomacal perforada, pero se recuperó y sigue de pie y fumando. 
   De uno de estos tíos maternos, el mayor, guardo el primer y más impresionante
recuerdo de la pasión por el tabaco. Estábamos de vacaciones en la hacienda Tulpo, a
ocho horas a caballo de Santiago de Chuco, en los Andes septentrionales. A causa del
mal tiempo no vino el arriero que traía semanalmente provisiones a la hacienda y los
fumadores quedaron sin cigarrillos. Tío Paco pasó dos o tres días paseándose
desesperado por las arcadas de la casa, subiendo a cada momento al mirador para
otear el camino de Santiago. Al fin no pudo más y a pesar de la oposición de todos
(para que no ensillara un caballo escondimos las llaves del cuarto de monturas), se
lanzó a pie rumbo a Santiago, en plena noche y bajo un aguacero atroz. Apareció al
día siguiente, cuando terminábamos de almorzar. Por fortuna se había encontrado a
medio camino con el arriero. Entró al comedor empapado, embarrado, calado de frío
hasta los huesos, pero sonriente, con un cigarrillo humeando entre los dedos. 


   Cuando ingresé a la facultad de derecho conseguí un trabajo por horas donde un
abogado y pude disponer así de los medios necesarios para asegurar mi consumo de
tabaco. El pobre Inca se fue al diablo, lo condené a muerte como un vil conquistador
y me puse al servicio de una potencia extranjera. Era entonces la boga del Lucky. Su
linda cajetilla blanca con un círculo rojo fue mi símbolo de standing y una promesa
de placer. Miles de estos paquetes pasaron por mis manos y en las volutas de sus
cigarrillos están envueltos mis últimos años de derecho y mis primeros ejercicios
literarios. 
   Por ese círculo rojo entro forzosamente cuando evoco esas altas noches de estudio
en las que me amanecía con amigos la víspera de un examen. Por suerte no faltaba
nunca una botella, aparecida no se sabía cómo, y que le daba al fumar su
complemento y al estudio su contrapeso. Y esos paréntesis en los que, olvidándonos
de códigos y legajos, dábamos libre curso a nuestros sueños de escritores. Todo ello
naturalmente en un perfume de Lucky. El fumar se había ido ya enhebrando con casi 
todas las ocupaciones de mi vida. Fumaba no sólo cuando preparaba un examen sino
cuando veía una película, cuando jugaba ajedrez, cuando abordaba a una guapa,
cuando me paseaba solo por el malecón, cuando tenía un problema, cuando lo
resolvía. Mis días estaban así recorridos por un tren de cigarrillos, que iba
sucesivamente encendiendo y apagando y que tenían cada cual su propia
significación y su propio valor. Todos me eran preciosos, pero algunos de ellos se
distinguían de los otros por su carácter sacramental, pues su presencia era
indispensable para el perfeccionamiento de un acto: el primero del día después del
desayuno, el que encendía al terminar de almorzar y el que sellaba la paz y el
descanso luego del combate amoroso. 


   ¡Ay mísero de mí, ay infeliz! Yo pensaba que mi relación con el tabaco estaba
definitivamente concertada y que en adelante mi vida transcurriría en la amable, fácil,
fidelísima y hasta entonces inocua compañía del Lucky. No sabía que me iba a ir del
Perú y que me esperaba una existencia errante en la cual el cigarrillo, su privación o
su abundancia, jalonarían mis días de gratificaciones y desastres. 
   Mi viaje en barco a Europa fue un verdadero sueño para un tabaquista como yo,
no sólo porque podía comprar en puertos libres o a marineros contrabandistas
cigarrillos a precios regalados, sino porque nuevos escenarios dotaron al hecho de
fumar de un marco privilegiado. Verdaderos cromos, por decirlo así: fumar apoyado
en la borda del transatlántico mirando los peces voladores del Caribe o hacerlo de
noche en el bar de segunda jugando una encarnizada partida de dados con una banda
de pasajeros mafiosos. Era lindo, lo reconozco. Pero al llegar a España las cosas
cambiaron. La beca que tenía era pobrísima y después de pagar el cuarto, la comida y
el trolebús no me quedaba casi una peseta. ¡Adiós, Lucky! Tuve que adaptarme al
rubio español, algo rudo y demoledor, que por algo llevaba el nombre de Bisonte. Por
fortuna estábamos en tierra ibérica y la pobre España franquista se las había arreglado
para hacerles la vida menos dura a los fumadores menesterosos. En cada esquina
había un viejo o una vieja que vendían en canastillas cigarrillos al detalle. A la vuelta
de mi pensión montaba guardia un mutilado de la guerra civil al que le compraba
cada día uno o varios cigarrillos, según mis disponibilidades. La primera vez que
éstas se agotaron me armé de valor y me acerqué a él para pedirle un cigarrillo fiado.
«No faltaba más, vamos, los que quiera. Me los pagará cuando pueda». Estuve a
punto de besar al pobre viejo. Fue el único lugar del mundo donde fumé al fiado. 


   Los escritores, por lo general, han sido y son grandes fumadores. Pero es curioso que
no hayan escrito libros sobre el vicio del cigarrillo, como sí han escrito sobre el
juego, la droga o el alcohol. ¿Dónde están el Dostoievski, el De Quincey o el
Malcolm Lowry del cigarrillo? La primera referencia literaria al tabaco que conozco 
data del siglo XVII y figura en el Don Juan de Molière. La obra arranca con esta frase:
«Diga lo que diga Aristóteles y toda la filosofía, no hay nada comparable al tabaco…
Quien vive sin tabaco, no merece vivir». Ignoro si Molière era fumador —si bien en
esa época el tabaco se aspiraba por la nariz o se mascaba—, pero esa frase me ha
parecido siempre precursora y profunda, digna de ser tomada como divisa por los
fumadores. Los grandes novelistas del siglo XIX —Balzac, Dickens, Tolstói—
ignoraron por completo el problema del tabaquismo y ninguno de sus cientos de
personajes, por lo que recuerdo, tuvieron algo que ver con el cigarrillo. Para
encontrar referencias literarias a este vicio hay que llegar al siglo XX . En La montaña
mágica, Thomas Mann pone en labios de su héroe, Hans Castorp, estas palabras: «No
comprendo cómo se puede vivir sin fumar… Cuando me despierto me alegra saber
que podré fumar durante el día y cuando como tengo el mismo presentimiento. Sí,
puedo decir que como para poder fumar… Un día sin tabaco sería el colmo del
aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana
tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para
levantarme». La observación me parece muy penetrante y revela que Thomas Mann
debió ser un fumador encarnizado, lo que no le impidió vivir hasta los ochenta años.
Pero el único escritor que ha tratado el tema del cigarrillo extensamente, con una
agudeza y un humor insuperables, es Italo Svevo, quien le dedica treinta páginas
magistrales en su novela La conciencia de Zeno. Después de él no veo nada digno de
citarse, salvo una frase en el diario de André Gide, que también murió octogenario y
fumando: «Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar». 


   El mutilado español que me fiaba cigarrillos fue un santo varón y una figura celestial
que no encontraré más en mi vida. Estaba ya entonces en París y allí las cosas se
pusieron color de hormiga. No al comienzo, pues cuando llegué disponía de medios
para mantener adecuadamente mi vicio y hasta para adornarlo. Las surtidas
tabaquerías francesas me permitieron explorar los dominios inglés, alemán, holandés,
en su gama rubia más refinada, con la intención de encontrar, gracias a
comparaciones y correlaciones, el cigarrillo perfecto. Pero a medida que avanzaba en
estas pesquisas mis recursos fueron disminuyendo a tal punto que no me quedó más
remedio que contentarme con el ordinario tabaco francés. Mi vida se volvió azul,
pues azules eran los paquetes de Gauloises y de Gitanes. Era tabaco negro además, de
modo que mi caída fue doblemente infamante. Ya para entonces el fumar se había
infiltrado en todos los actos de mi vida, al punto que ninguno —salvo el dormir—
podía cumplirse sin la intervención del cigarrillo. En este aspecto llegué a extremos
maniacos o demoniacos, como el no poder abrir una carta importantísima y dejarla
horas de horas sobre mi mesa hasta conseguir los cigarrillos que me permitieran
desgarrar el sobre y leerla. Esa carta podía incluso contener el cheque que necesitaba
para resolver el problema de mi falta de tabaco. Pero el orden no podía ser invertido: 
primero el cigarrillo y después la apertura del sobre y la lectura de la carta. Estaba
pues instalado en plena insania y maduro ya para peores concesiones y bajezas. 


   Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses —y en consecuencia
leer mis cartas—, y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas
doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante
años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de
mi vida vagabunda. Yo había ido dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y
relojes, pero de estos libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas,
subrayadas o manchadas conservaban las huellas de mi aprendizaje literario y, en
cierta forma, de mi itinerario espiritual. Todo consistió en comenzar. Un día me dije:
«Este Valéry vale quizás un cartón de rubios americanos», en lo que me equivoqué,
pues el bouquiniste que lo aceptó me pagó apenas con qué comprar un par de
cajetillas. Luego me deshice de mis Balzac, que se convertían automáticamente en
sendos paquetes de Lucky. Mis poetas surrealistas me decepcionaron, pues no daban
más que para un Players británico. Un Ciro Alegría dedicado, en el que puse muchas
esperanzas, fue sólo recibido porque le añadí de paso el teatro de Chéjov. A Flaubert
lo fui soltando a poquitos, lo que me permitió fumar durante una semana los
primitivos Gauloises. Pero mi peor humillación fue cuando me animé a vender lo
último que me quedaba: diez ejemplares de mi libro Los gallinazos sin plumas, que
un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima. Cuando el librero vio la tosca
edición en español, y de autor desconocido, estuvo a punto de tirármela por la cabeza.
«Aquí no recibimos esto. Vaya a Gilbert, donde compran libros al peso». Fue lo que
hice. Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama encendí un pitillo
y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo. 


   Días más tarde erraba desesperadamente por los cafés del Barrio Latino en busca de
un cigarrillo. Había comenzado el verano, cruel verano. Todos mis amigos o
conocidos, por pobres que fuesen, habían abandonado la ciudad en autostop, en
bicicleta o como sea rumbo a la campiña o a las playas del sur. París me parecía
poblado de marcianos. Al llegar la noche, con apenas un café en el estómago y sin
fumar, estaba al borde de la paranoia. Una vez más recorrí el boulevard Saint-
Germain, empezando por el Museo Cluny, en dirección a la Plaza de la Concordia.
Pero en lugar de inspeccionar las terrazas atestadas de turistas, mis ojos tendían a
barrer el suelo. ¡Quién sabe! A lo mejor podía encontrar un billete caído, una moneda.
O una colilla. Vi algunas, pero estaban aplastadas o mojadas, o pasaba en ese
momento gente y un resto de dignidad me impedía recogerlas. Cerca de medianoche
estaba en la Plaza de la Concordia, al pie del obelisco, cuya espigada figura no tenía
para mí otro simbolismo que el de un gigantesco cigarro. Dudaba entre seguir mi 
ronda hacia los grandes boulevards o si regresar derrotado a mi hotelito de la rue De
la Harpe. Me aventuré por la rue Royal y del Maxim’s vi salir a un caballero elegante
que encendía un cigarrillo en la calzada y despachaba al portero en busca de un taxi.
Sin vacilar me acerqué a él y en mi francés más correcto le dije: «¿Sería usted tan
amable de invitarme un cigarrillo?». El caballero dio un paso atrás horrorizado, como
si algún execrable monstruo nocturno irrumpiera en el orden de su existencia y
pidiendo auxilio al portero me esquivó y desapareció en el taxi que llegaba. 
   Un flujo de sangre me remontó a la cabeza, al punto que temí caerme
desplomado. Como un sonámbulo volví sobre mis pasos, crucé la plaza, el puente,
llegué a los malecones del Sena. Apoyado en la baranda miré las aguas oscuras del
río y lloré copiosa, silenciosamente, de rabia, de vergüenza, como una mujer
cualquiera. 


   Este incidente me marcó tan profundamente, que a raíz de él tomé una determinación
irrevocable: no ponerme nunca más, pero nunca más, en esa situación de indigencia
que me forzara a pedirle cigarrillos a un desconocido. Nunca más. En adelante debía
ganar mi tabaco con el sudor de mi frente. Sabía que estaba viviendo un periodo de
prueba y que vendrían mejores tiempos, pero por el momento me lancé como un lobo
sobre la menor ocasión de trabajo que se me presentó, por duro o desdeñado que
fuese y al día siguiente estaba haciendo cola ante la oficina de ramassage de vieux
journaux y me convertí en un recolector de papel de periódico. 
   Fue el primer trabajo físico que realicé y uno de los más fatigosos, pero también
uno de los más exaltantes, pues me permitió conocer no sólo los pliegues más
recónditos de París, sino aquellos más secretos de la naturaleza humana. A cada cual
nos daban un triciclo y una calle y uno debía partir pedaleando hasta su calle e ir de
edificio en edificio, de piso en piso y de puerta en puerta pidiendo periódicos viejos
para los «pobres estudiantes», hasta llenar el triciclo y regresar a la oficina, con sol o
con lluvia, por calles planas o calles empinadas. Conocí barrios lujosos y barrios
populares, entré a palacetes y buhardillas, me tropecé con porteras hórridas que me
expulsaron como a un mendigo, viejitas que a falta de periódicos me regalaron un
franco, burgueses que me tiraron las puertas en las narices, solitarios que me
retuvieron para que compartiera su triste pitanza, solteronas en celo que esbozaron
gestos equívocos e iluminados que me propusieron fórmulas de salvación espiritual. 
   Sea como fuese, en diez o más horas de trabajo lograba reunir el papel suficiente
para pagar cotidianamente hotel, comida y cigarrillos. Fueron los más éticos que
fumé, pues los conquisté echando el bofe, y también los más patéticos, ya que no
había nada más peligroso que encender y fumar un pitillo cuando descendía una
cuesta embalado con trescientos kilos de periódicos en el triciclo. 
   Por desgracia, este trabajo duró sólo unos meses. Quedé nuevamente al garete,
pero fiel a mi propósito de no mendigar más un cigarrillo me los gané trabajando 
como conserje de un hotelucho, cargador de estación ferroviaria, repartidor de
volantes, pegador de afiches y finalmente cocinero ocasional en casa de amigos y
conocidos.
   Fue en esa época que conocí a Panchito y pude disfrutar durante un tiempo de los
cigarrillos más largos que había visto en mi vida, gracias al amigo más pequeño que
he tenido. Panchito era un enano y fumaba Pall Mall. Que fuera un enano me parece
quizás exagerado, pues siempre tuve la impresión de que crecía conforme lo
frecuentaba. Lo cierto es que lo conocí desnudo como un gusano y en circunstancias
melodramáticas. Un amigo me invitó a cocinar a su estudio y cuando llegué encontré
la puerta entreabierta y en la cama un bulto cubierto con las sábanas. Pensé que era
mi amigo que se había quedado dormido y para hacerle una broma jalé las sábanas de
un tirón gritando «Police!». Para mi sorpresa, quien quedó al descubierto fue un
cholo calato, lampiño y minúsculo que, dando un salto agilísimo, se puso de pie y
quedó mirándome aterrado con su carota de caballo. Cuando lo vi desviar la vista
hacia el cortapapel toledano que había en la mesa de noche fui yo el que me asusté,
pues un hombre calato, por indefenso que parezca, se vuelve peligroso si se arma de
un punzón. «¡Soy amigo de Carlos!», exclamé. A buena hora. El hombrecito sonrió,
se cubrió con una bata y me estiró la mano, justo cuando llegaba Carlos con la bolsa
de provisiones. Carlos me lo presentó como a un viejo pata que había alojado por esa
noche mientras encontraba un hotel. Panchito entretanto había sacado de bajo la cama
dos voluminosas maletas. Una desbordaba de ropa muy fina y la otra de botellas de
whisky y de cartones de una marca de cigarrillos desconocida entonces en Francia:
Pall Mall. Cuando me estiró el primer paquete de los primeros king size que veía me
di cuenta de que Panchito era menos pequeño de lo que suponía. 
   A partir de ese día Panchito, yo y los Pall Mall formamos un trío inseparable.
Panchito me adoptó como su acompañante, lo que equivalía a haberme extendido un
contrato de trabajo que asumí con una responsabilidad profesional. Mi función
consistía en estar con él. Caminábamos por el Barrio Latino, tomábamos copetines en
las terrazas de los cafés, comíamos juntos, jugábamos una que otra partida de billar,
rara vez entrábamos a un cine, pero sobre todo conversábamos a lo largo del día y
parte de la noche. Él corría con todos los gastos y al despedirse me dejaba algunos
billetes en la mano e, invariablemente, una cajetilla de Pall Mall. 
   A pesar de tan estrecho contacto, yo no sabía realmente quién era Panchito y a
qué se dedicaba. De mis largas conversaciones con él saqué en limpio muchas cosas
pero no las suficientes como para adquirir una certeza. Sabía que su infancia en Lima
fue pobrísima; que de joven dejó el Perú para recorrer casi toda América Latina; que
le encantaba vestirse bien, con chaleco, sombrero, zapatos Weston de tacos muy altos
(por lo cual la primera vez que salimos juntos me pareció que había dado un pequeño
estirón); que el oro lo fascinaba, pues eran de oro su reloj, su lapicero, sus gemelos,
su encendedor, su anillo con rubí y sus prendedores de corbata; que odiaba a las
fuerzas del orden y hacía lo indecible para volverse transparente cada vez que pasaba 
un policía; que el fajo de billetes que llevaba en el bolsillo de su pantalón era
aparentemente inagotable; que a medianoche desaparecía en las sombras con rumbo
desconocido, sin que nadie supiese dónde se albergaba. 
   Con el tiempo algunos de mis amigos lo conocieron y formaron en torno de él un
cortejo de artistas mendicantes que habían encontrado amparo en un enigmático
cholo peruano. A Panchito le encantaba estar rodeado por estos cinco o seis
blanquitos miraflorinos, hijos de esa burguesía peruana que lo había menospreciado,
y a los que daba de comer, de beber y de vivir, como si encontrara un placer aberrante
en devolver con dádivas lo que había recibido en humillaciones. A Santiago le pagó
sus cursos de violín, a Luis le consiguió un taller para que pintara, y a Pedro le
financió la edición de una plaqueta de poemas invendible. Panchito era así, entre
otras cosas un mecenas, pero que no aceptaba nada de vuelta, ni las gracias. 
   Uno de los últimos recuerdos que guardo de él, antes de su desaparición
definitiva, ocurrió una noche invernal, eléctrica y viciosa. Pasada la medianoche
quedábamos Panchito, Santiago y yo tomando el vino del estribo en el mostrador del
Relais de l’Odéon. Cerraban el bar, éramos los últimos clientes, los mozos ponían las
sillas sobre las mesas y barrían las baldosas. En el espejo del bar vimos tres siluetas
inmóviles en la calzada: tres árabes cubiertos con espesos abrigos negros. Santiago
nos contó entonces que días atrás, en ese mismo bar, un árabe había intentado
manosear a una francesa y que él, movido por un sentimiento incauto de justiciero
latino, salió en su defensa y se lió a puñetazos con el musulmán, poniéndolo en fuga
luego de romperle una silla en la cabeza, dentro de la mejor tradición de los wésterns.
Puesto que de films se trata, estábamos viviendo ahora un film policial, ya que, según
Santiago, uno de los tres árabes que estaban en la calzada era aquel al que derrotó y
que se alejó jurando venganza. Pues ahora estaba allí, en esa noche solitaria e
inclemente, acompañado por dos secuaces, esperando que saliéramos del bar para
cumplir su vendetta. ¿Qué hacer? Santiago era alto, ágil y buen peleador, pero yo un
intelectual esmirriado y Panchito un peruano bajito con sombrero y chaleco. ¿Cómo
enfrentarse a esos tres hijos de Alá, armados posiblemente de corvas navajas? 
   «Salgamos tranquilamente», dijo Panchito. Fue lo que hicimos y nos
encaminamos por el centro de la pista desierta y lóbrega hacia la rue De Buci. A los
cincuenta metros volvimos la cabeza y vimos que los tres árabes, con las manos en
los bolsillos de sus abrigos peludos, aceleraban el paso y se acercaban. «Sigan nomás
ustedes —dijo Panchito—, yo les doy el alcance después». Santiago y yo
continuamos nuestro camino y un trecho más allá nos detuvimos para ver qué pasaba.
Vimos entonces que Panchito, de espaldas a nosotros, parlamentaba con los tres
musulmanes que, a su lado, parecían tres sombrías montañas. En la mano de uno de
ellos refulgió un cuchillo pero, lejos de amedrentarse, Panchito avanzó y sus
contrincantes dieron un paso atrás y luego otro y otro, a medida que se iban
empequeñeciendo y Panchito agrandando, hasta que al fin se esfumaron en la
oscuridad y desaparecieron. Panchito volvió calmadamente hacia nosotros, 
encendiendo en el trayecto uno de sus larguísimos Pall Mall. «Asunto arreglado»,
dijo echándose a reír. «Pero ¿qué has hecho?», le preguntó Santiago. «Nada», dijo
Panchito y al poco rato añadió: «Toca», y se señaló el abrigo, a la altura del tórax.
Santiago y yo tocamos su abrigo y sentimos bajo la tela la presencia de un objeto
duro, alargado e inquietante. 
   Días más tarde Panchito desapareció, sin preaviso. Lo esperé durante horas en el
café Mabillón, donde diariamente nos dábamos cita antes del almuerzo para tomar el
primer aperitivo y emprender una de nuestras largas y erráticas jornadas. Fui a ver a
mi amigo Carlos, quien me dijo ignorar dónde estaba. «Ya lo sabrás por los
periódicos», agregó sibilinamente. Y lo supe, pero años después, cuando trabajaba en
una agencia de prensa, encargado de seleccionar y traducir las noticias de Francia
destinadas a América Latina. De Niza llegó un télex con la mención «Especial Perú.
Para transmitir a los periódicos de Lima». El télex decía que un delincuente peruano,
Panchito, fichado desde hacía años por la Interpol, había sido capturado en los
pasillos de un gran hotel de la Costa Azul cuando se aprestaba a penetrar en una suite.
Recordé que para su mamá y hermanos, a quienes enviaba regularmente dinero a
Lima, Panchito era un destacado ingeniero con un importante puesto en Europa.
Haciendo una bola con el télex lo arrojé a la papelera. 


   Los vaivenes de la vida continuaron llevándome de un país a otro, pero sobre todo de
una marca a otra de cigarrillos. Ámsterdam y los Muratti ovalados con fina boquilla
dorada; Amberes y los Belga de paquete rojo con un círculo amarillo; Londres, donde
intenté fumar pipa, a lo que renuncié porque me pareció muy complicado y porque
me di cuenta de que no era ni Sherlock Holmes, ni lobo de mar, ni inglés… Múnich,
finalmente, donde a falta de sacar mi doctorado en filología románica, me gradué
como experto en cigarrillos teutones que, para decirlo crudamente, me parecieron
mediocres y sin estilo. Pero si menciono Múnich no es por la bondad de su tabaco
sino porque cometí un error de discernimiento que me colocó en una situación de
carencia desesperada, comparable a los peores momentos de mi época parisina. 
   Gozaba entonces de una módica beca, pero que me permitía comprar todos los
días mi paquete de Rothaendhel en un kiosko callejero, antes de tomar el tranvía que
me llevaba a la universidad. Se trataba de un acto que, a fuerza de repetirse, creó
entre la vieja frau del kiosko y yo una relación simpática, que yo juzgaba por encima
de todo protocolo comercial. Pero a los dos o tres meses de una vida rutinaria y
ecónoma me gasté la totalidad de mi beca en un tocadiscos portátil, pues había
empezado una novela y juzgué que me era necesario, para llevarla a buen término,
contar con música de fondo o de cortina sonora que me protegiera de todo ruido
exterior. La música la obtuve y la cortina también y pude avanzar mi novela, pero a
los pocos días me quedé sin cigarrillos y sin plata para comprarlos y como «escribir
es un acto complementario al placer de fumar», me encontré en la situación de no 
poder escribir, por más música de fondo que tuviese. Lo más natural me pareció
entonces pasar por el kiosko cotidiano e invocar mi condición de casero para que me
dieran al crédito un paquete de cigarrillos. Fue lo que hice, alegando que había
olvidado mi monedero y que pagaría al día siguiente. Tan confiado estaba en la
legitimidad de mi pedido que estiré cándidamente la mano esperando la llegada del
paquete. Pero al instante tuve que retirarla, pues la frau cerró de un tirón la ventanilla
del kiosko y quedó mirándome tras el vidrio no sólo escandalizada sino aterrada. Sólo
en ese momento me di cuenta del error que había cometido: creer que estaba en
España cuando estaba en Alemania. Ese país próspero era en realidad un país
atrasado y sin imaginación, incapaz de haber creado esas instituciones de socorro,
basadas en la confianza y la convivialidad, como es la institución del fiado. Para la
frau del kiosko, un tipo que le pedía algo pagadero mañana no podía ser más que un
estafador, un delincuente o un desequilibrado dispuesto a asesinarla llegado el caso. 
   Me encontré pues en una situación terrible —sin poder fumar y en consecuencia
escribir— y sin solución a la vista, pues en Múnich no conocía prácticamente a nadie
y para colmo se desató un invierno atroz, con un metro de nieve en las calles, que me
condenó a un encierro forzoso. No hacía más que mirar por la ventana el paisaje
polar, tirarme en la cama como un estropajo o leer los libros más pesados del mundo,
como los siete volúmenes del diario íntimo de Charles Du Bos o las novelas
pedagógicas de Goethe. Fue entonces cuando vino en mi auxilio herr Trausnecker. 
   Yo estaba alojado en casa de este obrero metalúrgico, que me alquilaba una pieza
con desayuno y una comida en el departamento que ocupaba en un suburbio
proletario. Una o dos veces por semana entraba a mi cuarto en las noches para
informarse sobre mis necesidades y hacerme un poco de conversación. Hombre rudo,
pero perspicaz, se dio cuenta de inmediato de que algo me atormentaba. Cuando le
expliqué mi problema lo comprendió en el acto, y excusándose por no poder
prestarme dinero me regaló un kilo de tabaco picado, papel de arroz y una maquinita
para liar cigarrillos. 
   Gracias a esta maquinita pude subsistir durante las dos interminables semanas que
me faltaban para cobrar mi siguiente mesada. Todas las mañanas, al levantarme, liaba
una treintena de cigarrillos que apilaba en mi escritorio en pequeños montoncitos.
Fueron los peores y mejores cigarrillos de mi vida, los más nocivos seguramente pero
los más oportunos. El tabaco estaba reseco, el papel era áspero y el acabado artesanal,
tosco y execrable a la vista, pero qué importaba, ellos me permitieron capear el
temporal y reanudar con brío mi novela interrumpida. Si la concluí se debe en gran
parte a la maquinita del señor Trausnecker, quien lavó así la afrenta que recibí de la
vieja frau y me reconcilió con el pueblo germánico. 
   Este servicio se lo pagué con creces, lo que me obliga a hacer una digresión, pues
el asunto no tiene nada que ver con el cigarrillo, aunque sí con el fuego. Frau
Trausnecker entró una tarde desolada a mi habitación: hacía más de una hora que
había puesto en el horno un pastel de manzana, pero la puerta de la cocina se había 
bloqueado y no podía entrar para sacar el pastel que se estaba quemando. Intenté abrir
la puerta primero con una ganzúa improvisada, luego a golpes, pero era imposible y
el olor a quemado aumentaba. Me acordé entonces de que el baño estaba al lado de la
cocina y de que sus respectivas ventanas eran contiguas. No había más que pasar de
una pieza a otra por la ventana. Le expliqué a frau Trausnecker mi plan y me dirigí al
baño, pero ella se lanzó tras de mí chillando, trató de contenerme, dijo que era muy
arriesgado, hubo un forcejeo, hasta que logré encerrarme en el baño con llave. Como
ella seguía protestando tras la puerta, abrí el caño de la tina y le dije que no se
preocupara, que lo que en realidad iba a hacer era bañarme. Lo que hice fue abrir la
ventana y quedé espantado: no sólo porque el cuarto piso de ese edificio obrero daba
a un hondísimo patio de cemento, sino porque la ventana de la cocina estaba más
lejos de lo que había supuesto. Pero ya no podía dar marcha atrás, a riesgo de
cubrirme de ridículo y quedar como un fanfarrón. Me encaramé en la ventana del
baño, me colgué de su borde con ambas manos y luego de un balanceo calculado
salté hasta la ventana contigua y entré a la cocina. A tiempo, pues la atmósfera estaba
caldeada y el horno echaba humo y fuego por sus ranuras. Abrí la puerta de la pieza y
frau Trausnecker entró, apagó la llave del horno, cortó la corriente eléctrica, sacó el
pastel, que era un montículo de carbón ardiente y lo tiró sobre el lavadero bajo un
chorro de agua fría. La casa se llenó de vapor y de un insoportable olor a
chamuscado, al punto que tuvimos que abrir todas las ventanas para que se aireara. Al
poco rato estábamos sentados en la sala aliviados, satisfechos y felices por haber
evitado un incendio. Pero un ruidito nos distrajo: del baño llegaba el rumor del grifo
abierto de la tina y al instante vimos aparecer una lengua de agua en el pasillo. ¡La
tina se estaba desbordando! Pero ¿cómo hacer para entrar al baño? Yo le había
echado llave desde el interior. No me quedó más que rehacer el camino en el sentido
inverso, a pesar de las nuevas protestas de frau Trausnecker. De la ventana de la
cocina pasé a la ventana del baño en suicida salto sobre el abismo. Mi temeridad
salvó a los Trausnecker sucesivamente de un incendio y de una inundación. 


   En muchas ocasiones —es tiempo de decirlo— traté de luchar contra mi dependencia
del tabaco, pues su abuso me hacía cada vez más daño: tosía, sufría de acidez,
náuseas, fatiga, pérdida del apetito, palpitaciones, mareos y una úlcera estomacal que
me retorcía de dolor y me forzaba a someterme regularmente a un régimen de leche y
de abominables gelatinas. Empleé todo tipo de recetas y de argucias para disminuir su
consumo y eventualmente suprimirlo. Escondía las cajetillas en los lugares más
inverosímiles; llenaba mi escritorio de caramelos, para tener siempre a la mano algo
que llevarme a la boca y succionar en vez del cigarrillo; adquirí boquillas sofisticadas
con filtros que eliminaban la nicotina; tragué todo tipo de pastillas supuestamente
destinadas a volvernos alérgicos al tabaco; me clavé agujas en las orejas bajo la sabia
administración de un acupunturista chino. 


   Nada dio resultado. Llegué así a la conclusión de que la única manera de librarme
de este yugo no era el empleo de trucos más o menos falaces sino un acto de voluntad
irrevocable, que pusiera a prueba el temple de mi carácter. Conocía gente —poca es
cierto y que siempre me inspiró desconfianza— que había resuelto de un día para otro
no fumar y lo había conseguido. 
   Sólo una vez tomé una determinación semejante. Me encontraba en Huamanga,
como profesor de su universidad, que acababa de reabrirse luego de tres siglos de
clausura. Esa vieja, pequeña y olvidada ciudad andina era una delicia. El camarada
Gonzalo no había hecho aún su aparición ni su filosofía señalado ningún sendero
luminoso. Los estudiantes, casi todos lugareños o de provincias vecinas, eran jóvenes
ignorantes, serios y estudiosos, convencidos de que les bastaría obtener un diploma
para acceder al mundo de la prosperidad. Pero no se trata de evocar mi experiencia
ayacuchana. Volvamos al cigarrillo. Soltero, sin obligaciones y ganando un buen
sueldo, podía surtirme de la cantidad de Camel que me diera la gana, pues había
adoptado esa marca, quizás por la afinidad que existía entre el camello y las llamas y
vicuñas que circulaban por el pueblo. Pero una noche, conversando y fumando con
mis colegas en un café de la Plaza de Armas, me sentí repentinamente mal. La cabeza
me daba vueltas, tenía dificultades para respirar, sentía punzadas en el corazón. Me
retiré a mi hotel y me tiré en la cama, confiado en que reposando me iba a recuperar.
Pero mi estado se agravó: el techo se me venía encima, vomité bilis, me sentí
realmente morir. Me di cuenta entonces de que eso se debía al cigarrillo, de que al fin
estaba pagando al contado la deuda acumulada en quince años de fumador
desenfrenado. 
   Era necesario tomar una decisión radical. Pero no sólo tomarla —no fumar más—
sino consagrarla con un acto simbólico que sellara su carácter sacramental. Me
levanté de la cama tambaleante, cogí mi paquete de Camel y lo arrojé al terreno
baldío que quedaba al pie de mi ventana. Nunca más, me dije, nunca más. Y
desahogado por ese rasgo de heroísmo, caí nuevamente en mi cama y me quedé al
instante dormido.
   Pasada la medianoche me desperté, recordé mi determinación de la víspera y me
sentí no sólo moralmente reconfortado sino físicamente bien. Tanto, que me levanté
para consignar mi renuncia al tabaco en líneas que imaginé, si no inmortales, dignas
al menos de una merecida longevidad. Escribí en realidad varias páginas glorificando
mi gesto y prometiéndome una nueva vida, basada en la austeridad y la disciplina.
Pero a medida que escribía me iba sintiendo incómodo, mis ideas se ofuscaban,
penaba para encontrar las palabras, una angustia creciente me impedía toda
concentración y me di cuenta de que lo único que realmente quería en ese momento
era encender un cigarrillo. 
   Durante una hora al menos luché contra este llamado, apagando la luz para
tirarme en la cama e intentar dormir, levantándome para poner música en mi
tocadiscos portátil, bebiendo vasos y vasos de agua fresca, hasta que no pude más: 
cogí mi abrigo y decidí salir del hotel en busca de cigarrillos. Pero ni siquiera salí de
mi cuarto. A esa hora no había nada abierto en Huamanga. Empecé entonces a revisar
los bolsillos de todos mis sacos y pantalones, los cajones de todos los muebles, el
contenido de maletas y maletines, en busca del hipotético cigarrillo olvidado, tirando
todo por los aires y a medida que más infructuosa era mi búsqueda más tenaz era mi
deseo. De pronto mi mente se iluminó: la solución estaba en el paquete que había
arrojado por la ventana. Cuando me asomé a ella vi ocho o diez metros más abajo el
terreno baldío vagamente iluminado por la luz de mi habitación. Ni siquiera vacilé.
Salté al vacío como un suicida y caí sobre un montículo de tierra, doblándome un
tobillo. A gatas exploré el desmonte alumbrado por mi encendedor. ¡Allí estaba el
paquete! Sentado entre las inmundicias encendí un pitillo, levanté la cabeza y lancé la
primera bocanada de humo hacia el cielo espléndido de Huamanga. 


   Este percance fue un anuncio que no supe escuchar ni aprovechar. Proseguí mi vida
errante por diferentes ciudades, albergues y ocupaciones, dejando por todo sitio
volutas de humo y colillas aplastadas, hasta que recalé nuevamente en París, en un
departamento de tres piezas, donde pude reunir una colección de sesenta ceniceros.
No por manía de coleccionista, sino para tener siempre a la mano algo en qué tirar
puchos o cenizas. Había adoptado entonces el Marlboro, pues esta marca, que no era
mejor ni peor que las tantas que había ya probado, me sugirió un juego gramatical
que practicaba asiduamente. ¿Cuántas palabras podían formarse con las ocho letras
de Marlboro? Mar, lobo, malo, árbol, bar, loma, olmo, amor, orar, bolo, etc. Me volví
invencible en este juego, que impuse entre mis colegas de la Agencia France-Presse,
donde entonces trabajaba. Dicha agencia, diré de paso, era no sólo una fábrica de
noticias sino el emporio del tabaquismo. Por estadísticas sabía que la profesión más
adicta al tabaco era la de periodista. Y lo verifiqué, pues las salas de redacción, a
cualquier hora del día o de la noche, eran espaciosos antros donde decenas de
hombres tecleaban desesperadamente en sus máquinas de escribir, chupando sin
descanso puros, pipas y pitillos de todas las marcas, en medio de una espesa bruma
nicotínica, al punto que me pregunté si estaban reunidos allí para redactar las noticias
o más bien para fumar. 
   Fue precisamente durante la era del Marlboro y de mi trabajo en la agencia que
reventé. No es mi propósito establecer una relación de causa a efecto entre esta marca
de cigarrillos y lo que me ocurrió. Lo cierto es que una tarde caí en mi cama y
comencé a morir, con gran alarma de mi mujer (pues entretanto, aparte de fumar, me
había casado y tenido un hijo). Mi vieja úlcera estomacal estalló y una hemorragia
incontenible me iba evacuando del mundo por la vía inferior. Una ambulancia de
estridente sirena me llevó al hospital en estado comatoso y gracias a transfusiones de
sangre masivas pude volver a mí. Esto es horrible y no abundo en detalles para no
caer en el patetismo. El doctor Dupont me cicatrizó la úlcera en dos semanas de 
tratamiento y me dio de alta con la recomendación expresa —aparte de medicinas y
régimen alimenticio— de no fumar más. 
   ¡No fumar más! Inocente doctor Dupont. Ignoraba con qué tipo de paciente se
había encontrado. Dos meses más tarde, incorporado nuevamente a mi trabajo en la
agencia de prensa, entre cientos de rabiosos fumadores, tiraba al canasto diariamente
un par de cajetillas de Marlboro vacías. M-a-r-l-b-o-r-o. Mi juego gramatical se
enriqueció: broma, robar, rabo, ola, romo, borla, etc. Esto puede tener gracia, pero así
como nuevas palabras encontré, nuevas hemorragias tuve y nuevas ambulancias
fueron llevándome al hospital, entre pitos y sirenas, para dejarme exánime ante los
ojos horripilados del doctor Dupont. La ambulancia se convirtió en cierta forma en
mi medio normal de locomoción. El doctor Dupont me devolvía siempre a casa
reencauchado, después de jurarle que dejaría el cigarrillo y amenazándome que a la
próxima renunciaría a paliativos y me metería cuchillo sin contemplaciones.
Amenaza que me dejaba impávido, y la mejor prueba de ello es que a la cuarta o
quinta entrada al hospital, me di cuenta de que para fumar no era necesario que me
dieran de alta: bastaba sobornar a una enfermera menor para que me comprara un
paquete. De Marlboro, naturalmente: lora, orla, ramo, ropa, paro, proa, etc. Lo tenía
escondido en el guardarropa, dentro de un zapato. Dos o tres veces al día sacaba un
cigarrillo, me encerraba en el baño, le daba varias pitadas frenéticas y pasaba sus
restos por el water-closet. 
   Diré para mi descargo que lo que contribuyó a echar por tierra mis buenos
propósitos y en consecuencia fortaleció mi vicio fue una visión fugaz pero definitiva
que tuve en el hospital. El doctor Dupont, por buen especialista que fuese, ocupaba
sólo un rango intermedio entre los gastroenterólogos del local. En la cúspide se
encontraba el patrón doctor Bismuto, que había llegado a esa situación posiblemente
gracias a su apellido profético. El doctor Bismuto sólo se ocupaba de casos
extremadamente importantes. Pero como el mío estaba a punto de convertirse en uno
de ellos, el buen Dupont obtuvo el privilegio de que me hiciera una visita. Me la
anunció con gran solemnidad y minutos antes de la hora prevista vino una enfermera
mayor para verificar que todo estuviera en orden. Poco después la puerta se
entreabrió y en fracciones de segundo distinguí a un señor alto, escuálido y canoso
que en un acto furtivo digno de un prestidigitador se quitaba un cigarrillo de los
labios, lo apagaba en la suela de su zapato y guardaba la colilla en el bolsillo de su
mandil. Creí que estaba soñando. Pero cuando el mandarín se acercó a mi cama,
rodeado de su séquito de internos y enfermeras, noté en sus bigotes amarillentos y en
sus larguísimos dedos marrones la marca infamante del fumador. 


   ¿Qué tipo de recompensa obtenía del cigarrillo para haber sucumbido a su imperio y
haberme convertido en un siervo rampante de sus caprichos? Se trataba sin duda de
un vicio, si entendemos por vicio un acto repetitivo, progresivo y pernicioso que nos 
produce placer. Pero examinando el asunto de más cerca me daba cuenta de que el
placer estaba excluido del fumar. Me refiero a un placer sensorial, ligado a un sentido
particular, como el placer de la gula o la lujuria. Quizás en mis primeros años de
fumador sentí un agradable sabor o aroma en el tabaco, pero con el tiempo esta
sensación se había mellado y podría decir incluso que fumar me era desagradable,
pues me dejaba amarga la boca, ardiente la garganta y ácido el estómago. Si placer
había, me dije, debía ser mental, como el que se obtiene del alcohol o de drogas como
el opio, la cocaína o la morfina. Pero tampoco era el caso, pues el fumar no me
producía euforia, ni lucidez, ni estados de éxtasis, ni visiones sobrenaturales, ni me
suprimía el dolor o la fatiga. ¿Qué me daba el tabaco entonces, a falta de placeres,
sensoriales o espirituales? Quizás placeres más difusos y sutiles, difíciles de localizar,
definir y mensurar, ligados a los efectos de la nicotina en nuestro organismo:
serenidad, concentración, sociabilidad, adaptación a nuestro medio. Podía decir en
consecuencia que fumaba porque necesitaba de la nicotina para sentirme
anímicamente bien. Pero si lo que necesitaba era la nicotina contenida en el cigarrillo,
¿por qué diablos no recurría a los puros o al tabaco de pipa que tenía a mano cuando
carecía de cigarrillos? Y eso nunca lo hice, ni en mis peores momentos, pues lo que
necesitaba era ese fino, largo y cilíndrico objeto cuyo envoltorio de papel contenía
hebras de tabaco. Era el objeto en sí el que me subyugaba, el cigarrillo, su forma
tanto como su contenido, su manipulación, su inserción en la red de mis gestos,
ocupaciones y costumbres cotidianas. 
   Esta reflexión me llevó a considerar que el cigarrillo, aparte de una droga, era
para mí un hábito y un rito. Como todo hábito se había agregado a mi naturaleza
hasta formar parte de ella, de modo que quitármelo equivalía a una mutilación; y
como todo rito estaba sometido a la observación de un protocolo riguroso, sancionado
por la ejecución de actos precisos y el empleo de objetos de culto irreemplazables.
Podía así llegar a la conclusión de que fumar era un vicio que me procuraba, a falta
de placer sensorial, un sentimiento de calma y de bienestar difuso, fruto de la nicotina
que contenía el tabaco y que se manifestaba en mi comportamiento social mediante
actos rituales. Todo esto está muy bien, me dije, era coherente y hasta bonito, pero no
me satisfacía, pues no explicaba por qué fumaba cuando estaba solo y no tenía nada
que pensar, ni nada que decir, ni nada que escribir, ni nada que ocultar, ni nada que
aparentar, ni nada que representar. La tiranía del cigarrillo debía tener en
consecuencia causas más profundas, probablemente subconscientes. Lejos de mí, sin
embargo, el ampararme en Freud, no tanto por él sino por sus exégetas fanáticos y
mediocres que veían falos, anos y Edipos por todo sitio. Según algunos de sus
divulgadores, la adicción al cigarrillo se explicaba por una regresión infantil en busca
del pezón materno o por una sublimación cultural del deseo de succionar un pene.
Leyendo estas idioteces comprendí por qué Nabokov —exagerando, sin duda— se
refería a Freud como al «charlatán de Viena». 
   No me quedó más remedio que inventar mi propia teoría. Teoría filosófica y 
absurda, que menciono aquí por simple curiosidad. Me dije que, según Empédocles,
los cuatro elementos primordiales de la naturaleza eran el aire, el agua, la tierra y el
fuego. Todos ellos están vinculados al origen de la vida y a la supervivencia de
nuestra especie. Con el aire estamos permanentemente en contacto, pues lo
respiramos, lo expelemos, lo acondicionamos. Con el agua también, pues la bebemos,
nos lavamos con ella, la gozamos en ejercicios natatorios o submarinos. Con la tierra
igualmente, pues caminamos sobre ella, la cultivamos, la modelamos con nuestras
manos. Pero con el fuego no podemos tener relación directa. El fuego es el único de
los cuatro elementos empedoclianos que nos arredra, pues su cercanía o su contacto
nos hace daño. La sola manera de vincularnos con él es gracias a un mediador. Y este
mediador es el cigarrillo. El cigarrillo nos permite comunicarnos con el fuego sin ser
consumidos por él. El fuego está en un extremo del cigarrillo y nosotros en el
opuesto. Y la prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde,
pero es nuestra boca la que expele el humo. Gracias a este invento completamos
nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la
vida. Esta relación, los pueblos primitivos la sacralizaron mediante cultos religiosos
diversos, terráqueos o acuáticos y, en lo que respecta al fuego, mediante cultos
solares. Se adoró al sol porque encarnaba al fuego y a sus atributos, la luz y el calor.
Secularizados y descreídos, ya no podemos rendir homenaje al fuego, sino gracias al
cigarrillo. El cigarrillo sería así un sucedáneo de la antigua divinidad solar y fumar
una forma de perpetuar su culto. Una religión, en suma, por banal que parezca. De ahí
que renunciar al cigarrillo sea un acto grave y desgarrador, como una abjuración. 


   El cuchillo del doctor Dupont fue mi espada de Damocles, con la diferencia de que a
mí sí me cayó. Eso ocurrió años más tarde, cuando el Marlboro y su estúpido juego
de palabras —bar, lar, loma, ralo, rabo, etc.— había sido reemplazado por el Dunhill
en su lindo estuche burdeos con guardilla dorada. Me encontraba entonces en Cannes
siguiendo un nuevo tratamiento para librarme del tabaco, luego de una última estada
en el hospital. Dupont había decretado distracción, deportes y reposo, receta que mi
mujer, convertida en la más celosa guardiana de mi salud y extirpadora de mi vicio,
se encargó de aplicar y controlar escrupulosamente. Ocupaba mis jornadas en jogging
matinal, baños de sol y de mar, larga siesta, remo en bote de goma y bicicleta
crepuscular. Ello alternado con comidas sanas y actividades espirituales pero de bajo
perfil, como hacer solitarios, leer novelas de espionaje y ver folletones de televisión.
Este calendario no dejaba ninguna fisura por donde pudiese colar un cigarrillo, tanto
más cuanto que mi mujer no me abandonaba ni a sol ni a sombra. Al mes estaba
tostado, fornido, saludable y diría hasta hermoso. Pero en el fondo, pero en el fondo,
me sentía insatisfecho, desasosegado, por momentos increíblemente triste. De nada
me servía percibir mejor la pureza del aire marino, el aroma de las flores y el sabor de
las comidas, si era la existencia misma la que se había vuelto para mí insípida. 
   Un día no pude más. Convencí a mi mujer de que en adelante iría a la playa una
hora antes que ella y mi hijo, para aprovechar más los beneficios de esa vida
salutífera y recreativa. En el trayecto compré un paquete de Dunhill y como era
arriesgado conservarlo conmigo o esconderlo en casa encontré en la playa un rincón
apartado, donde hice un hueco, lo guardé, lo cubrí con arena y dejé encima como
seña una piedra ovalada. Es así que muy de mañana partía de casa a paso gimnástico,
ante la mirada asombrada de mi mujer que me observaba desde el balcón orgullosa de
mis disposiciones atléticas, sin sospechar que el objetivo de esa carrera no era
mejorar mi forma ni batir ningún récord sino llegar cuanto antes al hueco en la arena.
Desenterraba mi paquete y fumaba un par de pitillos, lenta, concentrada y hasta
angustiosamente, pues sabía que serían los únicos del día. Esta estratagema, lo
reconozco, pudo servir mis gustos y halagar mi ingenio, pero me rebajó ante mi
propia consideración, ya que tenía conciencia de estar violando mis promesas y
traicionando la confianza de mi mujer. Aparte de que mi plan no estuvo exento de
imprevistos, como esa mañana que llegué a mi reducto y no encontré la piedra
ovalada. El empleado que se encargaba de rastrillar y limpiar la playa había sido
reemplazado por otro más diligente, que no dejó un solo pedrusco en la arena. Por
más que escarbé por un lado y otro no di con mi cajetilla. Decidí entonces comprar
cinco paquetes y hacer cinco huecos y poner cinco señas y dejar cinco probabilidades
abiertas a mi pasión. 


   Si uno quisiera contar prolijamente las cosas no terminaría nunca de hacerlo. Todo
debe tener un fin. Es por ello que me propongo concluir esta confesión. 
   Aquí entramos a la parte más dramática del asunto, con la reaparición del doctor
Dupont, sus sondas y sermones y sobre todo su premonitorio cuchillo. Mal que bien,
a pesar de mis dolencias y problemas ligados al abuso del tabaco, llegué a convivir
con ellos y a tirar para adelante, como se dice, tirando de paso pitada sobre pitada.
Hasta que fui víctima de una molestia que nunca había conocido: la comida se me
quedaba atracada en la garganta y no podía pasar un bocado. Esto se volvió tan
frecuente que fui a ver al doctor Dupont no en ambulancia esta vez, para variar.
Dupont se alarmó muchísimo, me guardó en el hospital para someterme a nuevos y
complicados exámenes y a los pocos días, sin explicaciones claras, rodaba en una
camilla rumbo a la sala de operaciones. Me desperté siete horas más tarde cortado
como una res y cosido como una muñeca de trapo. Tubos, sondas y agujas me salían
por todos los orificios del cuerpo. Me habían sacado parte del duodeno, casi todo el
estómago y buen pedazo del esófago. 
   Prefiero no recordar las semanas que pasé en el hospital alimentado por la vena y
luego por la boca con papillas que me daban en cucharitas. Ni tampoco mi segunda
operación, pues Dupont se había olvidado al parecer de cortar algo y me abrió
nuevamente por la misma vía, aprovechando que el dibujo en mi piel estaba ya 
trazado. Pero algo sí debo decir del establecimiento donde me enviaron a convalecer,
convertido en un guiñapo humano, luego de tan rudas intervenciones. 
   Se llamaba «Clínica dietética y de recuperación posoperatoria» y quedaba en las
afueras de París, en medio de un extenso y hermosísimo parque. Sus habitaciones
eran muy amplias y disponían de baño propio, terraza, televisión y teléfono. A ella
iban a parar los que habían sufrido graves operaciones de las vías digestivas para que
reaprendieran a comer, digerir y asimilar, hasta recobrar la musculatura y el peso
perdidos. Las dos primeras semanas las pasé sin poder levantarme de la cama. Me
seguía alimentando con líquidos y mazamorras y diariamente venía un fornido
terapeuta que me masajeaba las piernas, me hacía levantar con los brazos pequeñas
barras y con la respiración cojines de arena cada vez más pesados que me colocaban
en el tórax. Gracias a ello pude al fin ponerme de pie y dar algunos pasos por el
cuarto, hasta que un día la enfermera jefa me anunció que ya estaba en condiciones
de someterme al control cotidiano. 
   De qué control se trataba lo supe al día siguiente, cuando vinieron a buscarme
antes del desayuno. Fue la primera salida de mi habitación y mi primer contacto con
los demás pensionistas de la clínica. ¡Espantosa visión! Me encontré con una legión
de seres extenuados, tristes y macilentos, en pijama y zapatillas como yo, que hacían
cola ante una balanza romana. Una enfermera los pesaba y otra anotaba el resultado
en un grueso registro. Luego se arrastraban penosamente por los pasillos y
desaparecían en sus habitaciones por el resto del día. 
   Al horror siguió la reflexión: ¿a dónde diablos había ido a parar? ¿Qué disimulaba
ese remedo de albergue campestre poblado de espectros? En las próximas sesiones
creí vislumbrar la realidad. Ello no podía ser una clínica, sino la antesala de lo
irreparable. A ese lugar enviaban a los desechados de la ciencia para que, entre
árboles y flores, vivieran sus postrimerías en un decorado de vacaciones. La pesada
era solamente el último test que permitía verificar si cabía aún la posibilidad de un
milagro. Enfermo que aumentaba de peso era aquel que, entre cien, mil o más tenía la
esperanza de salir viviente de allí. 
   Esta sospecha la comprobé cuando dos vecinos de corredor dejaron de asistir a la
pesada y luego me enteré, por una conversación entre enfermeras, de que se habían
«dulcemente extinguido». Ello redobló mi zozobra, lo que me impidió comer y en
consecuencia aumentar de peso. Los platos que me traían, insípidos y cremosos, los
pasaba por el W. C. o los envolvía en kleenex que echaba a la papelera. Mi mujer y
algunos fieles amigos me visitaban en las tardes y hacían lo indecible, con un temple
admirable, para no mostrarse alarmados. Pero algunos gestos los traicionaron. Mi
mujer me trajo un finísimo pijama de seda, lo que interpreté por un razonamiento
tortuoso como «Si te tienes que morir que sea al menos en un pijama Pierre Cardin».
Algunos amigos insistieron en tomarme fotos, dándome cuenta entonces de que se
trataba de fotos póstumas, las que no alcanzaría a ver pegadas en ningún álbum de
familia. 
   Me estaba pues muriendo o más bien «dulcemente extinguiendo», como dirían las
enfermeras. Cada día perdía unos gramos más de peso y me fatigaba más someterme
a la prueba de la balanza. El jefe de la clínica vino a verme y ordenó, como última
medida, que me alimentaran a la fuerza. Me metieron una sonda de caucho por la
nariz y a través de la sonda, con un enorme émbolo, me disparaban alimentos
molidos al estómago. La sonda tenía que conservarla en forma permanente, su
extremo visible pegado en la frente con un esparadrapo. Era algo tan horrible que a
los dos días la arranqué y la tiré por los suelos. El jefe de la clínica regresó para
sermonearme y como me resistí a que me la volvieran a poner se retiró despechado,
diciéndome antes de salir: «Me importa un bledo. Pero de aquí no sale hasta que no
aumente de peso. Usted asume toda la responsabilidad». 
   A ese imbécil no lo volví a ver más, pero a quienes vi fue a unos seres hirsutos,
sucios y descamisados que fueron surgiendo detrás de los arbustos que divisaba desde
mi cama, a través de los amplios ventanales. Tras esos arbustos estaban edificando un
nuevo pabellón y como ya habían levantado el primer piso, los obreros y sus trabajos
eran visibles desde mi cuarto. Por su piel cetrina deduje que venían de lugares cálidos
y pobres, Andalucía, sur del Portugal, África del Norte. Lo que primero me
sorprendió fue la celeridad y la variedad de sus movimientos. Aparecían y
desaparecían subiendo ladrillos, bolsas de cemento, cubos con agua, instrumentos de
albañilería, en un ir y venir continuo, que no conocía tropiezos ni improvisaciones.
Imaginé el esfuerzo que hacían y por una especie de sustitución mental me sentí
terriblemente fatigado, al punto que corrí las persianas de la ventana. Pero a mediodía
volví a abrirlas y comprobé que esos hombres, que yo suponía doblegados por el
cansancio, estaban sentados en círculo sobre el techo, reían, se interpelaban, se
comunicaban con amplios gestos. Era la pausa del almuerzo y de portaviandas y
bolsas de plástico habían sacado alimentos que engullían con avidez y botellas de
vino que bebían al pico. Esos hombres eran aparentemente felices. Y lo eran al menos
por una razón: porque ellos encarnaban el mundo de los sanos, mientras que nosotros
el mundo de los enfermos. Sentí entonces algo que rara vez había sentido, envidia, y
me dije que de nada me valían quince o veinte años de lecturas y escrituras, recluido
como estaba entre los moribundos, mientras que esos hombres simples e iletrados
estaban sólidamente implantados en la vida, de la que recibían sus placeres más
elementales. Y mi envidia redobló cuando, al término de su yantar, los vi sacar
cajetillas, petaqueras, papel de liar y encender sus cigarrillos de sobremesa. 


   Esa visión me salvó. Fue a partir de ese momento que estalló en mí la chispa que
movilizó toda mi inteligencia y mi voluntad para salir de mi postración y en
consecuencia de mi encierro. No deseaba otra cosa que reintegrarme a la vida, por
ordinaria que fuese, sin otro ruego ni ambición que poder, como los albañiles, comer,
beber, fumar y disfrutar de las recompensas de un hombre corriente pero sano. Para 
ello me era imperioso vencer la prueba de la balanza, pero como me era imposible
comer en ese lugar y esa comida, recurrí a una estratagema. Cada mañana, antes de la
pesada, metía en los bolsillos de mi pijama algunas monedas de un franco.
Progresivamente fui añadiendo monedas de cinco francos, las más grandes y pesadas,
que cambiaba al repartidor de periódicos. Logré así aumentar algunos cientos de
gramos, lo que no era aún suficiente ni probatorio. Le pedí entonces a mi mujer que
me trajera de casa un juego completo de cubiertos, alegando que con ellos podría tal
vez alimentarme mejor que con los toscos cubiertos de la clínica. Eran los sólidos y
caros cubiertos de plata que mi mujer adquirió en un momento de delirio, a pesar de
mi oposición y que ahora, desviándose de su destino, se volvían realmente preciosos.
Como no podía disimularlos en mis bolsillos, los fui colocando en mis calcetines,
empezando por la cucharita de café hasta llegar a la cuchara de sopa. A la semana
había aumentado dos kilos y más todavía cuando cosí a mis calzoncillos los cubiertos
de pescado. Las enfermeras estaban asombradas por esa recuperación que no iba con
mi apariencia. Un galeno me visitó, revisó mis boletines de peso, me examinó e
interrogó y días más tarde la dirección me extendió la autorización de partida. Horas
antes de que mi mujer viniera a buscarme en un taxi, estaba ya de pie, vestido,
mirando una vez más por la ventana a los albañiles que ágiles, ingrávidos, aéreos y
diría angelicales terminaban de levantar el segundo piso de ese nuevo pabellón de los
desahuciados. 


   De más está decir que a la semana de salir de la clínica podía alimentarme
moderadamente pero con apetito; al mes bebía una copa de tinto en las comidas; y
poco más tarde, al celebrar mi cuadragésimo aniversario, encendí mi primer
cigarrillo, con la aquiescencia de mi mujer y el indulgente aplauso de mis amigos. A
ese cigarrillo siguieron otros y otros y otros, hasta el que ahora fumo, quince años
después, mientras me esfuerzo por concluir esta historia, instalado en la terraza de
una casita de vía Tragara, contemplando a mis pies la ensenada de Marina Picola,
protegida por el escarpado monte Solaro. Hace veinte siglos el emperador Augusto
estableció aquí su residencia de verano y Tiberio vivió diez años y construyó diez
palacios. Es cierto que ambos no fumaban, de modo que no tienen nada que ver con
el tema, pero quien sí fumó fue el Vesubio y con tanta pasión que su humo y cenizas
cubrieron las viñas y viviendas de la isla y Capri entró en un largo periodo de
decadencia. 
   Enciendo otro cigarrillo y me digo que ya es hora de poner punto final a este
relato, cuya escritura me ha costado tantas horas de trabajo y tantos cigarrillos. No es
mi intención sacar de él conclusión ni moraleja. Que se le tome como un elogio o una
diatriba contra el tabaco, me da igual. No soy moralista ni tampoco un
desmoralizador, como a Flaubert le gustaba llamarse. Y ahora que recuerdo, Flaubert
fue un fumador tenaz, al punto que tenía los dientes cariados y el bigote amarillo. 
Como lo fue Gorki, quien vivió además en esta isla. Y como lo fue Hemingway, que
si bien no estuvo aquí residió en una isla del Caribe. Entre escritores y fumadores hay
un estrecho vínculo, como lo dije al comienzo, pero ¿no habrá otro entre fumadores e
islas? Renuncio a esta nueva digresión, por virgen que sea la isla a la que me lleve.
Veo además con aprensión que no me queda sino un cigarrillo, de modo que les digo
adiós a mis lectores y me voy al pueblo en busca de un paquete de tabaco. 

(Julio Ramón Ribeyro, La palabra del mudo, Editorial Seix Barral, 2010)