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RAÚL BARÓN BIZA


CAMAS DE HOTELES
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Por fin llegamos a la meta ansiada por nuestra fatiga: el reposo en una cama de hotel.

Camas de hoteles... Su presencia cuánta tragedia encierra!
Pertenecen a una casta, inferior entre el gremio de las camas... Son comparadas como las prostitutas a las mujeres honestas. Todo el que paga, puede hacer uso de ellas, y ellas saben, como las rameras, ofrecer su carne cansada, sus pechos fofos, su vientre sin curva y sin calor.
Así como la mujer de la vida cumple con su deber de amoldarse al que la alquila, así también ellas tienen que deformar sus hendiduras para adaptarse al cuerpo que reciben; y su existencia, en el comienzo y en el fin, es idéntica a la de las meretrices y los caballos: ambos se inician entre el lujo del lupanar privado o del Stud en boga, para luego terminar gimiendo en el ángulo triste de una sala de hospital; de caballo lleno de costurones y estopa en las arenas de la plaza, que solo sirve luego para fortalecer las médulas de las hienas y los buitres que esperan tras las rejas de los Zoológicos, quién sabe qué soñada liberación. Las camas saben también que así como el primer día las destinaron a la mejor habitación del hotel, más tarde, cuando el cansancio las oprima, será su destino el último rincón donde sólo se alberga "el pasajero sin documentos y sin baño”, el hombre gris cuya vida no tiene pasado ni futuro y que apenas alcanza a ser un punto inútil en el tablero del presente, el huésped dudoso, el sin valijas, el hambriento con sueño, el perdido, el que las pagará la primera noche para, si puede, entramparlas la segunda...
La prostituta con o sin patente y la cama de hotel, escuchan silenciosas, inconcientes, hastiadas, gemidos, rebeliones, promesas de redención, juramentos de amor y proyectos de crimen... Ambas oyeron el canto y el sollozo de la vida, el lamento de la miseria y el espasmo del placer, el estupor y la simulación.
¡Destino triste el de las pobres camitas de hotel! Condenadas a no tener dueño y a oír siempre la misma queja de todas las bocas, la recordación continua que de su otra hermana "la honesta" hace el que a su paso se refugia sobre sus muelles, el suplicio eterno de saberse inferior a "la otra" que forma parte de un hogar y que recibe diariamente la bendición de los eternamente enamorados que en ella duermen, mientras sobre el tálamo común de sus sábanas rotas, ella sabe que sólo caerá el escupitajo asqueante de un borracho, la miseria de un vencido o el pus de lacras incurables.
Cama de hotel, yo creo que tú tienes un alma y por eso pienso que cuando te quiebras en un crujido... te suicidas!
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(Raúl Barón Biza, El derecho a matar, Buenos Aires, Ed. de autor, 1933)