.MUCHACHA EN EL ANDÉN
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Sucede que dejamos de amar a una mujer,
y asestamos el golpe, ese puñal
que la vida nos tiende.
No es preciso aprenderlo:
el gesto lo sabemos de memoria.
Y no hay contradicción en que, aun haciéndolo
sin flaquear, sabiendo que no puede
ser de otro modo, porque así lo manda
la ley seca del tiempo,
no vaya uno a sentirse mientras tanto
un perro. Sin embargo
ni siquiera las lágrimas acuden,
será porque sin duda el tiempo enseña
a guardar una extraña compostura.
No hay culpables, pensamos, buscando convencernos,
la vida nos arrastra a su traición;
acaso la vez próxima me toque
a mí sentir el hierro.
Y allí se queda ella,
un saúco menudo en el andén,
un pétalo mojado contra el cielo
de cemento y de plomo;
el brazo a medio alzar,
ondeando su mano
como una mariposa entre dos trenes.
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Quién sabe si el infierno
no habrá de ser un día un sucio andén
y una muchacha pura que nos mira,
que nos mira sin tiempo.
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(Miguel Ángel Velasco, La mirada sin dueño [Antología poética], Renacimiento, 2008)


