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CHARLES BUKOWSKI

 


POEMAS HALLADOS 

ya sé que no debería escribir tantos poemas 
pero 
es un entretenimiento por el que 
ASOMBROSAMENTE 
me pagan. vivo solo en esta casa grande con 2 
gatos (había tres, uno se murió) 
y a mi edad es realista suponer que 
yo también puedo morir 
una de estas noches a las tantas 
después de escribir 10 o 12 poemas 
y ahí es donde está la 
gracia: 
antes de acostarme dejo los nuevos 
poemas 
cuidadosamente centrados en la mesa para que 
cuando el hedor apriete 
y los vecinos se quejen o 
cuando mi novia telefonee y nadie 
conteste 

los poemas sean hallados. 
no es que mi muerte vaya a ser trágica ni 
importante 

(yo ya no 
estaré) 

sino que los propios poemas les 
harán saber 

(a esos cáusticos 
critiquillos) 

que fui bueno hasta el final 
o quizá mejor 
todavía. 

(Charles Bukowski, Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta, Visor Libros, 2005)

EDWARD BUNKER

 


Salí de la cárcel con sesenta y cinco dólares, un traje barato (que llevaba diez años pasado de moda), unos pantalones militares y una muda envueltos en un paquete marrón, y un billete de autobús a Los Ángeles. Un carcelero con uniforme me llevó a la estación y se quedó conmigo hasta que subí al autobús.

Subí deprisa, contento de escapar de las miradas de la gente de la estación, atraídas por la compañía del carcelero. Cuando vi cómo se marchaba a través de la ventana de vidrio ahumado, me atravesó como un impulso eléctrico la certeza de que era libre. ¡Libre!

Los demás pasajeros fueron llegando poco a poco y subiendo sus bultos a las rejillas que había encima de los asientos. El motor al ralentí hizo temblar el vehículo. Me invadió una sensación de irrealidad tan intensa que me mareé. Todo era extraño. La resonancia y el tintineo de las voces de las mujeres, que hacía ocho años que no oía, me resultaban tan ajenos al oído como el chino. La variedad y los colores de los vestidos —los tonos rojos y amarillos de los estampados de verano— chocaban contra mi sensibilidad con una fuerza cegadora. Me quedé en el asiento, totalmente embelesado.

El conductor llegó por el pasillo. Era un hombre corpulento. La barriga le sobresalía por encima de la hebilla del pantalón; se había quitado la gorra y tenía los cabellos empapados en sudor. Le pedía el billete a cada pasajero y bromeaba con ellos. Cuando llegó a mí, la sonrisa le desapareció del rostro. Remugó y ni siquiera me miró a los ojos. Sentí una humillación y una rabia que me dieron náuseas, pero luego me pregunté si sólo me lo había imaginado. En todo caso, el conductor retomó las gracias con el siguiente pasajero.

«A la mierda» —musité—. «En unas cuantas horas me mezclaré con la multitud y nadie se dará cuenta».

Los frenos chirriaron y el motor diesel se puso en marcha. Mi viaje hacia la libertad acababa de empezar. Todo lo que sentía quedó eclipsado por la emoción de ver el mundo más allá de los muros de la cárcel. Mientras recorrimos lentamente las callejuelas de la ciudad, me empapé de todos los detalles. Los talleres mecánicos, las tiendas de recambios para automóviles, los bares y las tiendas de ultramarinos más destartaladas tenían un aspecto sórdido y lastimoso bajo el sol implacable, pero a mí me parecían edificios indescriptiblemente hermosos.

El autobús llegó pronto al campo. El asfalto negro dividía kilómetros y kilómetros de campos de alfalfa, extensiones esmeralda pulidas por el agua de los aspersores giratorios. Observé los campos con la fascinación de un niño la primera vez que mira por un calidoscopio.

Las horas iban pasando, kilómetro tras kilómetro. El autobús pasó por onduladas extensiones de maleza —preciosas— y pueblos con bulliciosas gasolineras, donde vaqueros con sombreros de cowboy holgazaneaban y los niños jugaban en las calles. Y después más campos, meciéndose voluptuosamente bajo las caricias de la brisa. Me sentía como si pudiera viajar en aquel autobús durante toda la eternidad y no necesitara nada más para ser feliz.

Dos chicas adolescentes se bajaron en un pueblo cerca de la base aérea. Las miré cuando se alejaban de las estación. Llevaban pantalones ajustados que les marcaban claramente los muslos y el culo. Las observé ávidamente, mientras las fantasías se desbocaban con rapidez e intensidad. Al pasar años sin una mujer los presos desarrollan una gran habilidad imaginativa: hay que tener imaginación para tirarte a un marica con barba de varios días y las cejas depiladas. Cierras los ojos y te imaginas que es otra persona, a lo mejor la exótica estrella de cine que viste en la película del fin de semana. La imaginación es necesaria cuando se sustituye una mujer por una mano resbaladiza llena de vaselina. Vaselina, los ojos cerrados y la imaginación. Cuando las muchachas desaparecieron, seguí excitado por mis fantasías.

El autobús tardó una hora en recorrer lenta y penosamente una carretera que subía por un desfiladero, entre muros de piedra salpicados de matorrales. No había vistas. Aproveché aquel interludio para revisar el sobre lleno de papeles que me habían dado en la puerta de la cárcel. Había tres formularios del informe de la condicional. El primero tenía que rellenarlo y enviarlo la primera semana del mes: nombre y número del recluso, dirección, lugar de trabajo, ingresos, ahorros, descripción y licencia del vehículo. Había también una copia del acuerdo de libertad condicional firmada por mí, con sus condiciones. Eran criterios estándar: conservar un empleo adecuado (¿qué quería decir «adecuado»?), no cambiar de dirección, no conducir un vehículo sin autorización por escrito, no beber, no firmar ningún contrato, no pedir ningún préstamo, evitar a los antiguos cómplices y personas de mala reputación, y atender los consejos y las propuestas del agente de la condicional. El incumplimiento de cualquiera de aquellas condiciones era motivo suficiente para volver a la cárcel sin notificación ni audiencia previas.

En uno de los documentos se mencionaba que el agente de la condicional se llamaba Joseph Rosenthal. Tenía que ponerme en contacto con él en cuanto llegara. Me gustaba la idea de que fuera judío: los judíos habían sufrido tanto que tenía que sentir alguna empatía por mis problemas.

El autobús se detuvo veinte minutos en Santa Bárbara. Bajé rápidamente al arcén porque quería dar una vuelta. La maraña de movimiento y color me marearon. Todo era extraño, un mundo diferente al que yo estaba acostumbrado. Me metí sin pensarlo en una licorería y compré un puro de veinticinco centavos y un cuarto de litro de vodka. No es que tuviera intención de emborracharme (ya estaba borracho de libertad), sino que quería aprovechar mi libertad de elección para comprar algo.

Pero estaba borracho cuando el autobús emprendió el último tramo del viaje por la costa. Observé el encaje que tejían las olas a lo largo de la playa y el brillo del mar, con los tonos desleídos del crepúsculo de principios del verano.

No tuve presente que estaba cerca de Los Ángeles hasta que el autobús subió un desnivel y llegó a Santa Mónica. De súbito, la conciencia de estar en casa chocó con una sorpresa absoluta y un poco de incredulidad. Con la avidez de un niño, aplasté la nariz contra la ventana ahumada y observé el exterior. Reconocía todos los edificios, pero todos me sorprendían.

En West Hollywood giramos por otra avenida. Sunset Strip quedó a la izquierda y pude ver las colinas verdes salpicadas de edificios blancos. Los recuerdos me vinieron a la cabeza con una fuerza arrolladora. Aquel había sido mi territorio el año antes de que entrara en la cárcel: el único buen año que recordaba. No bueno en el sentido moral, todo lo contrario, pero había conseguido dinero fácilmente y lo había gastado en la buena vida: un apartamento caro, un coche deportivo, trajes de seda, licores buenos y comida. Por mucho que fuera una vida frustrante y sin sentido, era una existencia constantemente embriagadora. Con tanto hedonismo no había tiempo para pensar en el «sentido» de las cosas. Aquel año me había costado ocho años de pesadilla, un intercambio totalmente injusto.

El autobús llegó a Hollywood. Me acordé de los horribles chalés de estuco rosa y amarillo, que habían entrado en decadencia tras la edad de oro de los años treinta. Ahora había altos bloques de pisos y rascacielos.

De pronto, el autobús se detuvo en una estación. Tenía un billete para el centro de Los Ángeles y no tenía pensado bajarme en Hollywood, pero cogí mi paquete y salí a toda prisa, con el vientre revuelto.

La estación era pequeña y había poca gente. Eran las cinco y veinte. La oficina de la condicional ya tenía que estar cerrada, pero decidí llamar por teléfono por si acaso.

Contestó una mujer. Me pareció extraño que me dijera «por favor» y «señor», en vez de «gilipollas» y «cabrón», que era a lo que yo estaba acostumbrado. Rosenthal todavía estaba en la oficina.

—Hola, Max —dijo—. Qué sorpresa que hayas llamado. Tu autobús tenía que llegar a las seis y a esa hora ya no iba a estar.

—Me he bajado en Hollywood.

—¿Estás ahí ahora?

—Me dijeron que te llamara en cuanto llegara y eso he hecho.

—Muy bien, muy bien. ¿Cómo estás?

Le dije que estaba un poco borracho. Parecía una afirmación ingenua, pero en cierto modo era una prueba. Si me lo reprobaba, sabría que me había tocado un gilipollas y tenía que actuar en consecuencia y mentirle siempre a partir de entonces. Si lo pasaba por alto con humor o mostraba comprensión, sabría que podría manipularlo. Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Simplemente dijo «Oh» y yo me ruboricé y me maldije por no haber aprendido la lección, cuando sabía que había que tener la boca cerrada delante de la autoridad. Me preguntó dónde estaba la estación. Curiosamente, no lo sabía. Había nacido en Hollywood, pero no recordaba ninguna estación. Dejé el auricular colgando y salí a la calle.

En el rótulo de la calle ponía «Vine Street»; en el cruce, «DeLonpre Avenue». Debía de haber pasado por aquella estación cientos de veces sin fijarme en ella.

Me quedé mirando a mi alrededor con asombro y fascinación. A la izquierda se alzaba el skyline del centro de Hollywood, familiar para mí desde la niñez y ahora tan conocido como totalmente nuevo. Más allá estaban las montañas bajas y neblinosas con el inmenso rótulo de Hollywood en la cima. A la derecha, un bloque más allá, estaba el Ranch Market. Era un mercado viejo y enorme, con puestos al aire libre, como antiguamente. Al verlo me vinieron a la mente multitud de recuerdos. De madrugada, el mercado, que tenía un puesto de perritos calientes y un quiosco, contaba con una clientela formada por tipos raros, estrafalarios y grotescos, y putas achispadas con sus chulos. Había que pasar por el puesto de perritos para llegar al aparcamiento, donde se reunía en la oscuridad la gente más extraña, observando con mirada depredadora a los que iban a comprar algo allí a las tres y media de la madrugada, camareras de coctelerías y músicos con los ojos enrojecidos a fuerza de pasar las noches en bares llenos de humo y de vivir en compañía de la marihuana, las pastillas, el alcohol y el sueño desordenado. Cuando era adolescente, demasiado joven para ir a los bares, y no tenía adónde ir, rondaba por el mercado en busca de algún borracho o algún maricón, al que convencía para llevarlo a algún sitio apartado. Entonces le daba un golpe en la cabeza y finalmente conseguía apenas quince o veinte dólares.

Durante el día podría haber sido un mercado cualquiera. Yo sólo lo había visto de madrugada.

Me acordé de Rosenthal y volví a toda prisa a la estación. Le di las indicaciones y le prometí esperarlo en la esquina; se pararía de camino a su casa.

Antes de salir, compré unas cuantas postales y se las envié a algunos amigos que había dejado en chirona. Yo había apreciado aquel gesto de otros otras veces y estaba seguro de que a mis amigos también les gustaría.

Las sombras se iban alargando y empezó a soplar el viento. Era la primera vez que veía anochecer en ocho años, porque la cárcel se cerraba a las cuatro de la tarde. Leroy, Aaron y todos los hombres con número estaban ahora en su celda con unos auriculares, con libros, con sus pensamientos.

Rosenthal llegó con un automóvil pequeño y sencillo, y se detuvo en doble fila para hacerme una señal. Subí rápidamente y Rosenthal dio la vuelta a la esquina y aparcó en una calle residencial con chalés pequeños. De entrada me pareció un cerdito gordo y feliz con gafas sin montura, una impresión que se reforzaba con una barba poblada e hirsuta, y un traje que le apretaba demasiado el contorno de su orondo torso. La imagen se completaba con su cara de pan, sobresaliendo sobre un cuello estrecho. En la cabeza llevaba un ridículo sombrero de ala corta con una pluma verde. Tenía un aspecto más absurdo que amenazante.

La ventaja que me daba observarlo mientras conducía quedaba largamente compensada por su conocimiento de mi largo expediente. Cuando nos dimos la mano, me miró con curiosidad y franqueza.

—Supongo que debes de sentirte muy bien —dijo—. Llevabas mucho tiempo en chirona.

—Sí, estoy como mareado, borracho de libertad. —Intenté sembrar una sombra de duda en su mente sobre lo que le había dicho por teléfono. Rosenthal pestañeó; había unido las dos frases. No dijo nada al respecto.

—No tienes mucha pinta de duro —dijo, con una sonrisa afable, para sacar el tema de mi expediente. Le devolví la sonrisa con una falsa amabilidad. No olvidaba que nuestra relación se basaba principalmente en el hecho de que él me tenía pillado y con una navaja en el cuello. Podía mandarme a la cárcel cuando quisiera. Percibí que su afabilidad dependía de que no le llevara la contraria.

—¿Crees que podrás cumplir esta condicional? —preguntó.

—No veo por qué no. Sólo es cuestión de vivir igual que millones de personas. Tengo problemas, pero son cosa mía, y tengo que ser capaz de controlarme.

—Bien, actitud positiva. Pero a veces a los ex presidiarios todo les resulta más difícil. Necesitan ayuda. Para eso estoy aquí. He visto que tu expediente contiene partes buenas y otras malas. La mayoría de agentes de la condicional llevan ochenta o noventa casos. Yo sólo llevo trece, porque son casos especiales.

—¿Yo soy un caso especial? Sólo tengo una condena por falsificación.

—Una falsificación, sí. Pero el expediente se remonta a muchos años atrás y ha habido episodios de violencia. Por eso eres un caso especial.

—Necesito más vigilancia —dije con acritud.

—Se ve que sí y de eso me encargo yo. —Hizo una pausa—. No tienes trabajo, así que para que mi supervisor aprobara tu libertad a tiempo he tenido que presentar algo. Te he conseguido una plaza en el centro de reinserción de Twenty-Fourth con Vermont.

—¿Un centro de reinserción? —La idea de ir a un albergue para vagabundos, que es lo que eran realmente los centros de reinserción, me ponía enfermo. Y aquél estaba en lo que había sido la frontera del gueto hacía ocho años; sabía que ahora la zona tenía un noventa y cinco por ciento de población negra.

Al ver mi reacción, Rosenthal me explicó que los centros de reinserción estaban destinados a personas como yo, sin hogar, familia ni recursos.

—Es simplemente un refugio hasta que te instales.

A lo mejor tenía razón, pero aquello me sonaba a servicios sociales y suponía seguir controlado por la autoridad. Yo quería libertad, no cambiar una celda por otra. Rosenthal se dio cuenta de mi actitud y cambió de tema:

—¿Y qué tal lo del trabajo? ¿Se te ocurre algo?

—De vendedores de coches siempre hay demanda. Yo tengo bastante facilidad de palabra y trabajé una vez en eso.

—A eso me tengo que oponer. Demasiadas tentaciones de estafar a alguien.

—Bueno, ¿tiene alguna otra idea?

—Ya hablaremos mañana. Me espera la cena y mi mujer me va a pegar la bronca. ¿Y qué tal lo del centro? Pruébalo un par de días.

—Déjeme pensármelo hasta mañana también.

—¿Dónde vas a dormir esta noche? —Atisbé el pensamiento que se ocultaba tras su mirada suspicaz: ¿Iba a desaparecer y dejar colgada la condicional?

—Estaré en su oficina a primera hora. Guárdeme el paquete en el coche. Y tengo que cobrar los treinta dólares que me deben por salir en libertad condicional. No voy a escaparme y dejar esto aquí.

—Si te vas a mí me da igual. Ni me va ni me viene. —Cogió la llave de contacto—. Voy a pasar por Hollywood Boulevard. ¿Quieres que te deje allí?

—Vale.

Hollywood Boulevard me parecía igual de bien que cualquier otro lugar; mi pensamiento no iba más allá del encuentro con Rosenthal.

Cuando Rosenthal se alejó en su coche y me quedé solo en la acera, me sobrevino la sensación de libertad con toda su fuerza. Hasta aquel momento me había dejado llevar por la perspectiva de llegar a la ciudad y la necesidad de ver a Rosenthal. Ahora tenía una sensación de libertad total, algo que pocas personas experimentan. Daba exactamente igual que fuera al norte o al sur, al este o al oeste, que subiera o bajara por aquella acera. Era una libertad tan absoluta que era como estar en un vacío.

Una multitud anónima pasaba de largo a toda prisa, con destinos que habían elegido y que a su vez estaban asociados a elecciones pasadas. Todos tenían un lugar adónde ir y sus grilletes invisibles les hacían más felices que la exigencia de enfrentarse a la libertad. Yo estaba mareado, intimidado y un poco asustado.

Un bosque de neón iba cobrando vida. La aureola resplandeciente que envolvía cada tubo aumentaba a medida que las luces iban ganando terreno a la noche. Los colores centelleaban espasmódicamente, se transformaban en imágenes en ebullición, se movían en espiral, estallaban y relucían sobre el brillo metálico de los vehículos. Empecé a andar hacia el oeste, simplemente porque allí había luces más intensas. Tenía que tomar alguna decisión, hacer algún movimiento.

—¿Y qué coño hago ahora? —La pregunta debería de haber sido absurda, porque había nacido a menos de tres kilómetros de allí y había vivido toda mi vida (en libertad) en Los Ángeles. Pero entre los millones de habitantes de la ciudad no se me ocurría a quién llamar. Conocía a cientos de delincuentes y ex presidiarios que eran más o menos amigos. Estarían en las coctelerías de Sunset Strip o en los bares cutres del centro, o en las cantinas y los bares de los barrios del este. Vivían en furtividad y hacían lo posible para que no se les pudiera encontrar. Pero si me daba una vuelta por los sitios habituales me encontraría a unos cuantos y a través de ellos contactaría con los demás. En unos días podría haberme vuelto a instalar en los bajos fondos de Los Ángeles. Sería fácil y eso precisamente era lo que quería evitar. De pronto las luces de neón me nublaron la vista; era como la sensación que había tenido en el autobús, pero más intensa. La multitud que pasaba a toda velocidad podría haber estado formada por insectos; me sentía totalmente ajeno a ellos. Intenté recomponerme para no perder el equilibrio mental.

El olor a comida y la conciencia del hambre me devolvieron a la realidad. Me comí una hamburguesa grasienta en una cafetería abarrotada y me supo deliciosa, después de haber pasado tantos años en un lugar en el que el queso Velveeta era una exquisitez. Estaba acabando de tomar el café y observando a la gente (los hombres llevaban ahora el pelo más largo) cuando se me ocurrió a quién podía llamar: Willy Darin, el drogata. Llevaba dos meses fuera del centro de rehabilitación, en libertad condicional, o eso había oído por ahí. El teléfono de su suegro estaba en el listín, y allí alguien sabría cómo encontrarlo.

Sujeté el auricular con la mano empapada en sudor. Conocía a toda la familia y esperaba reconocer a quien contestara; pero la voz masculina que apareció en la línea no me resultaba conocida.

—¿La residencia de la familia Pavan? —pregunté.

—Sí. ¿Qué quiere?

—¿Con quién hablo?

—Tío, has llamado aquí.

El juego de suspicacias mutuas era ridículo.

—Me llamo Max Dembo —dije— y…

—¡Me tomas el pelo!

—No te tomo el pelo.

—¡Hostia, tío! Soy Willy. ¿Cuándo has salido?

—Esta mañana. Jo, chaval, no te he reconocido la voz. Oye, estoy aquí tirado en Hollywood. ¿Tienes coche?

—Sí, más o menos. Puede que aguante hasta allí. Pero tardaré un rato, digamos una hora. Has tenido suerte de pillarme aquí. Me he parado un momento saliendo del trabajo, antes de llegar a casa. Tengo que pasar por casa y ducharme.

—¿Cómo está Selma?

—La misma mierda de siempre. Ahora nos contamos. Y nos colocamos, tío.

—Que no sea cualquier mierda.

—Un poco de hierba o algo.

—No me dejes colgado. Ya se sabe que no eres de fiar.

—No te apures. ¿Dónde estarás?

—En la esquina de Hollywood con Vine. ¿Dónde iba a estar, cabrón?

—Llegaré dentro de una hora.

Cuando salí para pasear y matar el tiempo, habían desaparecido las incertidumbres y las tribulaciones y, con ellas, la angustia de la soledad. La cárcel atrofia muchas necesidades emocionales, pero intensifica otras, como la necesidad de compañía. Vivir hacinado las veinticuatro horas del día crispa los nervios, pero también crea adicción.

Paseé por el bulevar, mirando los escaparates, y vi que mi traje, con pantalones con raya y vuelta en los bajos, era un anacronismo. Me encantaba vestir bien —quizá por cierta inseguridad— pero controlé mis ansias pensando que la ropa la conseguiría con trabajo y paciencia. Los que ahora tenían las cosas que deseaban habían estado luchando para conseguirlas mientras yo vegetaba en la cárcel. Sólo la delincuencia me permitiría recuperar el tiempo perdido de la noche a la mañana y eso no podía ser. En muchos sentidos nunca recuperaría el tiempo perdido. Así eran las cosas y no había nada que hacer.


(Edward Bunker, No hay bestia tan feroz, Sajalín Editores, 2018) 

JAVIER VAYÁ ALBERT

 


HEY, BOB KAUFMAN 

Hey, Bob Kaufman
me pareció verte en la playa
recitando entre los claxons
de los coches y la muchedumbre bajo las ubres
polares de las estrellas
y el descenso en el censo de
los predicadores de ascensor.
Hey, Bob Kaufman
escribiendo en el aire drogado
de los callejones de frisco
en el breve domicilio
de las águilas calvas
y todo eso de ya sabes
el cielo es una jaula tan buena
como otra cualquiera
para los masticadores de frío
pero la cárcel es mucho peor.
Hey, Bob Kaufman
me pareció ver a Neal Cassady
caminando por las vías del tren
parecía perdido
parecía tener esa mirada
ya sabes, de no querer volver.
Hey Bob Bob Boy Bebob Bebop
BeatBob Beat box bebebeBop
la gran B
la cara B americana
B-voz de saxo bombeando
sobre el rebaño de la nación.
Hey, Bob Kaufman
huye de aquí, la poli ha llegado
y tú eres tan solo
un borracho negro
un vagabundo negro
un poeta negro
un negro
una patada
en la espinilla de Dios.
Carne de cañón y carbón
en las esquinas doradas
en paredes meadas de grafiti
donde se puede leer
"la calle manda"
"vivan los malos"
recoge tu premio soñado
el mundo ya te ha olvidado
aunque lo cierto
es que nunca se acordó
de ti demasiado.
Hey, Bob Kaufman
Now's te time y todo eso
todo el asunto del gran aullido
visceral y cósmico danzando
en la tierra maldiciendo
a los hombres de buena voluntad un garito de jazz
y torpes monedas de opio
para el jodido cabaret universal.

(poema cedido por el autor) 

( © Javier Vayá Albert, 2021) 

PABLO GUILLÉN TUDELA

 


TERMITAS 

Esta madrugada a eso de las cuatro de la mañana pasada media hora, me desperté de sopetón. Algo me tiraba de los pies. La verdad es que me acojoné un poco. Me estaba deprimiendo. Mi vida no conducía a ninguna parte.

Me levante para lavarme y cambiarme de ropa interior y fue inevitable el reflejo del espejo. Me sentía como un tronco podrido lleno de termitas. Pero incluso con resaca, barba de tres días y más de un año sin visitar la peluquería yo tenía mejor aspecto que millones de personas.

Terminé de cagar en el váter y escudriñando el suelo de linóleo no logré encontrar lo que estaba buscando, el papel higiénico, el asunto no hacía más que complicarse porque no sólo no funcionaba la cisterna, sino también la toma del bidé y la bañera. La única fuente de agua provenía del lavabo  o del fregadero de la cocina que estaba al final de un pasillo de 32 metros, pero ya tendré oportunidad de desarrollar el asunto más tarde.

En los tobillos noté la marca inequívoca de dos colmillos. Yo no tenía animales de compañía; ni mujeres, hombres o viceversa.

Con estos bueyes para arar, la única luz que se encendió por unos segundos en mi celebro y que casi de inmediato se fundió, fue llamar a un ufólogo cuyo apodo o seudónimo era OVNI. Esto la verdad complicaba, y de qué manera, las cosas, pero cuando llegó acompañado de una preciosa mofeta que localizó en tiempo record a un enorme cerdito Vietnamita que algún desalmado dejó abandonado en los aledaños de un cine de arte y ensayo que sólo ofrecía películas subtituladas en Alemán, aunque la lengua de origen de las cintas eran en su mayoría de países asiáticos.

El caso es que la mofeta con todas sus buenas intenciones impregno la casa con un fuerte olor. Parecía una zona de residuos tóxicos y otros altamente nocivos. Tuve que contratar a una cuadrilla de limpieza y eliminación de olores fuertes.

Como es de pura intuición durante los siguientes quince días no pernocte en mi domicilio.

Con el dinero del seguro del hogar alquilé la suite Yucatán en el Hotel Maracaibo. La playa estaba tan cerca, que las sardinas, al menos por una vez, si eran frescas.

Supongo que la ley de costas casi siempre fue papel mojado y hasta untado de billetes o promesas de futuro.

Pasaron los días sin nada especial que contar hasta que el taxi me dejó en la puerta de casa.

Las cortinas descolgadas, luces encendidas, un potente olor a mierda salía por las ventanas que ya habían perdido las persianas. Saque la llave de la mochila y no pude abrir la puerta. Habían cambiado la cerradura.

112-091-092 y el 33333 nadie podía ayudarme. Me dijeron que eran Okupas y disponían de toda la protección jurídica, policial y administrativa al amparo de los derechos fundamentales del hombre, como lo es sin duda la vivienda.

Busqué  en el mercado negro a dos o tres sicarios de los países del este. La cosa no fue nada mal. En trece minutos, previo pago de la cuantía estipulada, los okupas salieron de allí.

Ahora cuando me despierto de sopetón ya no es porque algo me tire de los pies, sino porque esos cabronazos de okupas, me tiren de mi casa.         

(texto cedido por el autor) 

( © Pablo Guillén Tudela, 2021 ) 

LOUIS-FERDINAND CÉLINE

 


CARTA 25 

 
Den Martes, 18 de marzo de 1946  

 
   Querido letrado: 
 
   ¡Imagínese cómo he empezado a revivir al enterarme de su regreso! Desde su marcha, ¡hemos vivido en una pesadilla de una atrocidad apenas concebible! ¡Nuestra única esperanza era su regreso! Pero también ¡he debido de vagar –y me colmo de reproches por ello– en torno a usted en estado de fantasma durante todo su viaje, en el que usted se proponía divertirse y descansar sin preocupación alguna! ¡Y ahora voy y le transmito otra preocupación! Al grano: mi esposa me ha contado que la que quiere mi ruina es una altísima personalidad política francesa que ha obligado, por decirlo así, a la justicia francesa a ponerse en marcha y pedir mi extradición por traición. Este hecho por sí solo, por su cinismo, indica claramente el estado de podredumbre al que han llegado la justicia y la política francesas y todo el estado francés. ¡Imagínese a ese ministro poniendo la justicia a su servicio, al de sus rencores, o de su partido para ir a perseguir a un desdichado escritor que no hace daño a nadie, en nombre de un delito inventado, imaginario! Ese hecho por sí solo desacredita toda la acusación. Por lo demás, ¡ese gran personaje, para perpetrar su mala jugada, desea permanecer en el anonimato! Lo que faltaba. Canalla y cobarde. Así se asesina: enmascarado o en una esquina y de noche. Así fue asesinado, por lo demás, mi editor Robert Denoël, una noche, en la place des Invalides. En este caso quisieran seguramente hacerme la misma jugada, de un modo más jurídico. Pero ¿cuál puede ser ese gran personaje que no se atreve a decir su nombre? Debe de ser, en mi opinión, un comunista y seguramente el propio Maurice THOREZ, su jefe al que di para el pelo en Bagatelles tildándolo de «mequetrefe congestionado por el éxito». Esas cosas no se perdonan. Por lo demás, el Partido Comunista tiene numerosos muertos que vengar y las masas comunistas nunca se sienten saciadas de sangre. Si Thorez revelara su nombre, se le vería un plumero demasiado grande y, por lo demás, causaría mal efecto en el actual Gobierno danés. Pienso también en SALOMON GRUMBACH, presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores en la Asamblea Constituyente… socialista comunizante. Era muy amigo de un correligionario que me odió muy en particular, el Dr. Ichok, falso doctor pero impuesto por el Partido Comunista en Clichy, donde yo ejercía. Aquel Ichok se suicidó en casa de Salomon Grumbach en el 39, en vísperas de la guerra. Lo perseguía el Gobierno Militar de París por espionaje, falso médico pero espía muy real, espiaba a la vez para Alemania y para los soviets. Evidentemente, Grumbach, aunque me odie a muerte sin lugar a dudas, no desea precisamente que yo lo identifique en ese infame trato. Se trata, evidentemente, de simples suposiciones, pero que explicarían perfectamente el celo de Charbonnière, enteramente a las órdenes de esas potencias, y el anonimato de esos altos malhechores. Quisiera pedirle, querido letrado, que dé a leer esta carta a mi esposa, que podrá ofrecerle otros detalles, me ha oído muchas veces contar todo esto. Lucette querida, más arriba he explicado al Sr. Mikkelsen lo que presiento por parte de ese misterioso X. Sería la historia Sampaix, en vísperas de la guerra, que renacería con otra forma y con el mismo objetivo: hacer que me fusilen. Miércoles por la mañana [20 de marzo]. ¡Ha llegado nuestro amigo! ¡Qué noticia me trae! ¡Ha desenmarañado todo con un tacto, una sabiduría, una maestría admirables! ¡Y una solicitud y un corazón maravillosos! Así, ¡la Justicia francesa se ha visto obligada a poner las cartas sobre la mesa! ¡Exponer mis crímenes! La montaña pare en verdad un ratón, ¡y, encima, es falso! Yo nunca he sido presidente honorario de nada. Se trata, me imagino, del Círculo Europeo, donde me solicitaron cien veces que ingresara. Al final, ¡me nombraron presidente honorario de oficio! Y mandaron imprimir mi nombre en su boletín. Yo reaccioné con mi violencia habitual, recuerdo aún haberles escrito que quería ser fusilado por mis actos y no por los suyos. No acusaron recibo de mi carta y se comprometieron a suprimir mi nombre. Cosa que hicieron, como comprobé más adelante. Por tanto, el incidente, grotesco e insignificante en sí mismo, es una pura mentira. Pongo por testigos al Dr. Lecourt (que era el secretario de aquel club) y al Dr. Bécart y a Gentil. ¡Así se han atrevido a torturarnos sin otras razones! Nuestro amigo me avisó de que iban a pedir la opinión de la embajada danesa en París sobre la repercusión que tendría en la opinión francesa la negativa a entregarme. Evidentemente, ninguna, salvo en el pequeño círculo de escritores comunistas requeterrencorosos: Aragon, Cassou, Malraux, Triolet, que son, evidentemente, los que están tras esa intriga. Hay que contarle todo esto en detalle a tu madre y a nuestros amigos para que pongan bien al corriente a Paul. Está muy familiarizado con el Ministerio Fiscal y también con los medios comunistas (¡fue el defensor del abominable Sampaix!) y también con Asuntos Exteriores. Se trata de tranquilizar a la embajada danesa en París. Mikkelsen se ocupa de ello, por otra parte. Nunca hablan de mí en los periódicos franceses como traidor, ni siquiera como colaborador. La investigación tiene que haber resultado en verdad infructuosa para acabar en esa mentira lastimosa. Es un caso Dreyfus al revés lo que quisieran montar. Paul podría enterarse fácilmente de cuál es la camarilla o el misterioso X que dirige esa despreciable conspiración. Hay que avisar también a Varenne con todos los detalles para que su tío actúe, si es posible. En todo caso, ¡creo que tal vez podamos respirar un poquito! Sólo corremos el riesgo de expulsión, pero, ¿adónde? Mikkelsen piensa en todo eso mejor que nosotros mismos. ¿Irlanda? ¿Groenlandia? Ayer estuvo buscándome invalideces para lograr que me trasladen al hospital y, como un idiota, he olvidado mencionar mi enteritis crónica muy grave, que me vuelve imposible la vida en la cárcel, que requiere tratamiento constante, NUNCA puedo hacer mis necesidades normalmente. Necesito siempre lavativas, purgas, alimentación especial. Lo han comprobado en el hospital de la cárcel. No te olvides de avisárselo en seguida. Son las consecuencias de una disentería contraída en las colonias. Y, además, el corazón, que está afectado sin lugar a dudas. Recuerda lo que me costaba subir nuestros tres pisos. Me da miedo caminar cien metros, ¡y no por pereza! Prefiero los limones a los tomates. He encontrado un poco de azúcar. Eres un ángel, cariño mío, y, si nos dejan por fin reanudar nuestra pobrecita vida, ¡no nos separaremos nunca ni un segundo! No me atrevo a creer en esta buena noticia. Tengo miedo. En una palabra, la acusación de traición se reduce a un odio abominable que no se atreven a confesar… y que está buscando sus motivos… quieren hacerme pagar Bagatelles… como se lo hicieron pagar al pobre Denoël… ¡quieren que sirva de escarmiento! Pero de mi conducta durante la guerra no sacan nada. Conque, ¡imagínate qué rabia! Si tienes que marcharte de Vedstranden, ¿adónde irás, pobrecita mía? Estoy muy preocupado. Tal vez Karen no se quede mucho tiempo. En fin, cuando volvamos a vernos, encontraremos, seguro, un huequecito… seguramente en el campo. Más valdría así durante mucho tiempo más… para mi salud… y la moral. El Sr. Mikkelsen nos dirá lo que hay que hacer. Debería venir Marie de París para traerte también, pobrecita mía, algo de ropa, un abrigo de piel sobre todo. Está deseando hacerlo. He escrito (es la vía oficial) al Dr. Levison para pedirle que venga a reconocerme. Pero tendrías que ir a verlo, por tu parte (Clínica de Enfermedades Nerviosas de la Universidad), para pagarle la consulta. No sé aún si querrá tomarse la molestia. En fin, ¡aquí tenemos, queridita mía, una pequeña mejoría! ¡Qué horror hemos vivido! Reanuda sin falta tu entrenamiento. No me atrevo a concebir demasiadas esperanzas. Sigo totalmente estupefacto. Mikkelsen ha actuado con verdadera genialidad. Ese Charbonnière es un demonio. Me imagino que será judío. Habría que conocer sus orígenes. Muy cerca de tu corazón, 
 
Louis 

(Louis-Ferdinand Céline, Cartas de la cárcel, Debolsillo, 2006)

JOHN CHEEVER

 


EL NADADOR 

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado». Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.

—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.

—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.

—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.

El escenario de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy, cuya agua, procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro, tenía una suave tonalidad verde. El tiempo era espléndido. Hacia el oeste se amontonaban las nubes, tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se aproximara— que podían haber tenido un nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba. Neddy Merrill, sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua, y sostenía con la otra una copa: ginebra. Neddy era un hombre enjuto que parecía conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud, y, aunque los días de su adolescencia quedaban ya muy lejos, aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la escalera, y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor, había dado un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. Podría habérselo comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos, y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo. Había estado nadando y ahora respiraba hondo, como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los ingredientes de aquel momento, el calor del sol, y la intensidad de su propio placer. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. Doce kilómetros hacia el sur, en Bullet Park, estaba su casa, donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí.

No había nada de opresivo en la vida de Neddy, y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver, con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado. Se trataba de un descubrimiento, de una contribución a la geografía moderna, y le pondría el nombre de Lucinda, en honor a su esposa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas, pero tenía una clara tendencia a la originalidad, y se consideraba a sí mismo —de manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. El día era realmente maravilloso, y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar su belleza.

Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de cabeza a la piscina. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que no se tiran de cabeza. Nadó a crol pero de forma poco organizada, respirando unas veces con cada brazada y otras solo en la cuarta, y sin dejar de contar, de manera casi subconsciente, el un-dos, un-dos, del movimiento de los pies. No era un estilo muy apropiado para largas distancias, pero la utilización doméstica de la natación ha gravado ese deporte con ciertas costumbres, y en la parte del mundo donde habitaba Neddy, el crol era lo habitual. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas, y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador, pero eso no resultaba posible, debido a la naturaleza de su proyecto. Salió a pulso de la piscina por el otro extremo —nunca usaba la escalerilla—, y comenzó a cruzar el césped. Cuando Lucinda le preguntó que adónde iba, respondió que iría nadando hasta casa.

Solo podía utilizar mapas imaginarios o sus recuerdos de los mapas reales, pero eso era suficiente. Primero estaban los Graham, y a continuación los Hammer, los Lear, los Howland, y los Crosscup. Cruzaría Ditmar Street para llegar a casa de los Bunker y después de andar un poco pasaría por casa de los Levy y de los Welcher, para utilizar así también la piscina pública de Lancaster. Luego venían los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era estupendo, y vivir en un mundo con tan generosas reservas de agua parecía poner de manifiesto la misericordia y la caridad del universo. Neddy se sentía en plena forma, y atravesó el césped corriendo. Volver a casa utilizando un camino desacostumbrado lo hacía sentirse peregrino, explorador; lo hacía sentirse un hombre con un destino, y estaba seguro de encontrar amigos a lo largo de todo el trayecto; no tenía la menor duda de que sus amigos ocuparían las orillas del río Lucinda.

Atravesó el seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la de los Graham, anduvo bajo algunos manzanos en flor, pasó junto al cobertizo que albergaba la bomba y el filtro y salió al lado de la piscina de los Graham.

—¡Hola, Neddy! —dijo la señora Graham—, ¡qué agradable sorpresa! Me he pasado toda la mañana tratando de hablar contigo por teléfono. Déjame que te prepare algo de beber.

Neddy comprendió entonces que, como cualquier explorador, necesitaría hacer uso de toda su diplomacia para conseguir que la hospitalidad y las costumbres de los nativos no le impidieran llegar a su destino. No deseaba desconcertar a los Graham ni mostrarse antipático, pero tampoco disponía de tiempo para quedarse allí. Hizo un largo en la piscina y se reunió con ellos al sol; unos minutos más tarde, la llegada de dos automóviles cargados de amigos que venían de Connecticut le facilitó las cosas. Mientras todos se saludaban efusiva y ruidosamente, Neddy pudo escabullirse. Salió por la puerta principal de la finca de los Graham, pasó por encima de un seto espinoso y cruzó un solar vacío para llegar a casa de los Hammer. La dueña de la casa, al levantar la vista de las rosas, vio a alguien que pasaba nadando, pero no llegó a saber de quién se trataba. Los Lear lo oyeron cruzar la piscina a nado a través de las ventanas abiertas de la sala de estar. Los Howland y los Crosscup habían salido. Al dejar la casa de los Howland, Neddy cruzó Ditmar Street y se dirigió hacia la finca de los Bunker, desde donde, ya a aquella distancia, le llegaba el alboroto de una fiesta.

El agua devolvía el sonido de las voces y de las risas, y daba la impresión de dejarlas suspendidas en el aire. La piscina de los Bunker estaba en alto, y Neddy tuvo que subir unos cuantos escalones hasta llegar a la terraza, donde unas veinticinco o treinta personas charlaban y bebían. Rusty Towers era el único que se hallaba dentro del agua, flotando sobre una balsa de goma. ¡Qué hermosas eran las orillas del río Lucinda y qué maravillosa vegetación crecía en ellas! Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color zafiro, mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra fría. Sobre sus cabezas, una avioneta roja de las que se utilizaban para dar clases de vuelo daba vueltas y más vueltas, y sus evoluciones hacían pensar en el regocijo de un niño subido en un columpio. Ned sintió un momentáneo afecto por aquella escena, una ternura que era casi como una sensación física, motivada por algo tangible. Oyó un trueno a lo lejos. Enid Bunker se puso a gritar nada más verlo.

—¡Mirad quién está aquí! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda dijo que no podías venir, creí que iba a morirme.

Neddy se abrió camino entre la multitud en su dirección, y cuando terminaron de besarse, Enid lo llevó hacia el bar; avanzaron lentamente porque Ned tuvo que pararse para besar a otras ocho o diez mujeres y estrechar la mano de otros tantos hombres. Un barman sonriente que había visto ya antes en un centenar de fiestas le dio una ginebra con tónica, y Ned se quedó allí un instante, temeroso de tener que participar en alguna conversación que pudiera retrasar su viaje. Cuando parecía que iba a verse rodeado, se tiró a la piscina y nadó pegado al borde para evitar la balsa de Rusty. Al salir por el otro lado se cruzó con los Tomlinson; los obsequió con una cordial sonrisa, y echó a andar rápidamente por el sendero del jardín. La grava le hacía daño en los pies, pero esa era la única sensación desagradable. La fiesta sé celebraba únicamente en los alrededores de la piscina y, al llegar junto a la casa, Ned notó que se había debilitado el sonido de las voces. En la cocina de los Bunker alguien oía por la radio un partido de béisbol. Domingo por la tarde. Tuvo que avanzar en zigzag entre los coches aparcados y llegó hasta Alewives Lane siguiendo el césped que bordeaba el camino de grava de los Bunker. Ned no quería que lo vieran en la carretera en traje de baño, pero no había tráfico y cruzó en seguida los pocos metros que lo separaban del sendero de grava de los Levy, con un cartel de PROPIEDAD PRIVADA y un recipiente cilíndrico de color verde para el New York Times. Todas las puertas y las ventanas de la amplia casa estaban abiertas, pero no había signos de vida; ni siquiera un perro que ladrara. Ned rodeó el edificio y al llegar a la piscina vio que los Levy acababan de marcharse. Sobre una mesa al otro extremo de la piscina, cerca de un cenador adornado con linternas japonesas, había una mesa con vasos, botellas y platos con cacahuetes, almendras y avellanas. Después de atravesar la piscina a nado, Ned se sirvió ginebra en un vaso. Era la cuarta o la quinta copa, y había nadado aproximadamente la mitad del curso del río Lucinda. Se sentía cansado, limpio, y, en ese momento, satisfecho de encontrarse solo; satisfecho con el mundo en general.

Iba a haber una tormenta. La masa de nubes —aquella ciudad— se había elevado y oscurecido, y mientras descansaba allí un momento, oyó otra vez el retumbar de un trueno. La avioneta roja seguía dando vueltas, y a Ned casi le parecía oír la risa placentera del piloto flotando en el aire de la tarde; pero al oír el fragor de otro trueno se puso de nuevo en movimiento. El pitido de un tren lo hizo preguntarse qué hora sería. ¿Las cuatro, las cinco? Se imaginó la estación local, donde, en ese momento, un camarero con el esmoquin oculto bajo un impermeable, un enano con un ramo de flores envuelto en papel de periódico y una mujer que había llorado esperarían el tren de cercanías. Estaba oscureciendo de pronto; era el instante en que los pájaros más estúpidos parecían transformar su canto en un anuncio, preciso y bien informado, de la proximidad de la tormenta. Se produjo entonces un agradable ruido de agua cayendo desde la copa de un roble, como si alguien hubiera abierto una espita. Después, el ruido como de fuentes se extendió a las copas de todos los árboles altos. ¿Por qué le gustaban las tormentas? ¿Por qué se animaba tanto cuando las puertas se abrían con violencia y el viento que arrastraba gotas de lluvia trepaba a empellones por las escaleras? ¿Por qué la simple tarea de cerrar las ventanas de una casa antigua le parecía tan necesaria y urgente? ¿Por qué los primeros compases húmedos de un viento de tormenta constituían siempre el anuncio de alguna buena nueva, de algún suceso reconfortante y alegre? En seguida se oyó una explosión, acompañada de un olor como de pólvora, y la lluvia azotó las linternas japonesas que la señora Levy había comprado en Kyoto dos años antes, ¿o hacía solo un año?

Ned se quedó en el cenador de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había enfriado el aire, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. La fuerza del viento había arrancado las hojas secas y amarillas de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. Como estaban aún a mitad de verano, Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño. Hizo unos movimientos gimnásticos, apuró la ginebra y se dirigió hacia la piscina de los Welcher. Eso significaba cruzar el picadero de los Lindley, y le sorprendió encontrar la hierba demasiado crecida y los obstáculos desmantelados. Se preguntó si los Lindley habrían vendido sus caballos o si se habrían ausentado durante el verano, dejando sus animales al cuidado de otras personas. Le pareció recordar que había oído algo acerca de los Lindley y de sus caballos, pero no sabía exactamente qué. Siguió adelante, notando la hierba húmeda contra los pies descalzos, en dirección a la casa de los Welcher, donde se encontró con que la piscina estaba vacía.

Esa ruptura en la continuidad de su río imaginario le produjo una absurda decepción, y se sintió como un explorador que busca las fuentes de un torrente y encuentra un cauce seco. Ned notó que lo dominaba el desconcierto y la decepción. Era bastante normal que los vecinos de aquella zona se marcharan durante el verano, pero nadie vaciaba la piscina. Los Welcher se habían ido definitivamente. Las sillas, las mesas y las hamacas de la piscina estaban dobladas, amontonadas y cubiertas con lonas. Los vestuarios, cerrados, y lo mismo sucedía con todas las ventanas de la casa, y cuando la rodeó hasta llegar al camino de grava que llevaba hasta la puerta principal se encontró con un cartel que decía: «SE VENDE», clavado en un árbol. ¿Cuándo había oído hablar de los Welcher por última vez? ¿Cuándo —habría que decir, más exactamente— Lucinda y él se habían disculpado por última vez al recibir una invitación suya para cenar? No daba la impresión de que hubiese transcurrido más de una semana. ¿Le fallaba la memoria o la tenía tan disciplinada contra los sucesos desagradables que llegaba a falsear la realidad? A lo lejos oyó que alguien jugaba un partido de tenis. Aquello lo animó, disipando todas sus aprensiones, y permitiéndole enfrentarse con indiferencia al cielo oscurecido y al aire frío. Aquel era el día en que Neddy Merrill iba a atravesar a nado el condado. ¡Aquel día, precisamente! De inmediato inició la etapa más difícil de su viaje.

Alguien que hubiese salido a pasear en coche aquella tarde de domingo podría haberlo visto, casi desnudo, en la cuneta de la autopista 424, esperando una oportunidad para cruzar al otro lado. Podría habérsele creído la víctima de alguna apuesta insensata, o una persona a quien se le ha estropeado el coche, o, simplemente, un chiflado. Junto al asfalto, con los pies descalzos —entre latas de cerveza vacías, trapos sucios y parches para neumáticos desechados—, expuesto al ridículo, resultaba penoso. Ned sabía desde el principio que aquello era parte de su recorrido, que figuraba en sus mapas, pero al enfrentarse con las largas filas de coches que culebreaban bajo la luz del verano, descubrió que no estaba preparado psicológicamente. Los ocupantes de los automóviles se reían de él, lo tomaban a broma, y llegaron incluso a tirarle una lata de cerveza, y él no tenía ni dignidad ni humor que aportar a aquella situación. Podría haberse vuelto atrás, regresar a casa de los Westerhazy, donde Lucinda estaría aún sentada al sol. No había firmado nada, no había prometido nada, no se había apostado nada, ni siquiera consigo mismo. ¿Por qué, creyendo como creía que toda humana testarudez era susceptible de ceder ante el sentido común, se sabía incapaz de volver atrás? ¿Por qué estaba decidido a terminar el recorrido, aun a costa de poner en peligro su vida? ¿En qué momento aquella travesura, aquella broma, aquella payasada se había convertido en algo muy serio? No estaba en condiciones de volver atrás, ni siquiera recordaba con claridad las verdes aguas de la piscina de los Westerhazy, ni el placer de aspirar los componentes de aquel día, ni las serenas y amistosas voces que se lamentaban de haber bebido demasiado. En una hora aproximadamente, Ned había cubierto una distancia que hacía imposible el regreso.

Un anciano que conducía a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar hasta la mediana de la autopista, donde había una tira de césped. Allí se vio expuesto a las bromas del tráfico que avanzaba en dirección contraria, pero al cabo de unos diez minutos o un cuarto de hora consiguió cruzar. Desde allí solo tenía que andar un poco para llegar al centro recreativo situado a las afueras de Lancaster, que disponía de varios frontones y de una piscina pública.

La peculiar resonancia de las voces cerca del agua, la sensación de brillantez y de tiempo detenido eran las mismas que anteriormente en casa de los Bunker, pero aquí los sonidos resultaban más fuertes, más agrios y más penetrantes, y tan pronto como entró en aquel espacio abarrotado de gente, Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «TODOS LOS BAÑISTAS TIENEN QUE DUCHARSE ANTES DE USAR LA PISCINA. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN UTILIZAR EL PEDILUVIO. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN LLEVAR LA PLACA DE IDENTIFICACIÓN». Ned se duchó, se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde de la piscina. Apestaba a cloro y le recordó a un fregadero. Sendos monitores, desde sus respectivas torres, hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares, insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. Ned recordó con nostalgia las aguas color zafiro de los Bunker y pensó que podía contaminarse —echar a perder su prosperidad y disminuir su atractivo personal— nadando en aquella ciénaga, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que aquello no pasaba de ser un remanso de aguas estancadas en el río Lucinda. Se tiró al cloro con ceñuda expresión de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar colisiones, pero incluso así lo empujaron, lo salpicaron y le dieron codazos. Cuando llegó al lado menos profundo de la piscina, los dos monitores le estaban gritando:

—¡A ver, ese, ese que no lleva placa de identificación, que salga del agua!

Ned lo hizo así, pero los otros no estaban en condiciones de perseguirlo, y, dejando atrás el desagradable olor de las cremas bronceaduras y del cloro, saltó una valla de poca altura y atravesó los frontones. Le bastó cruzar la carretera para entrar en la parte arbolada de la propiedad de los Halloran. Nadie se había preocupado de arrancar la maleza que crecía entre los árboles, y tuvo que avanzar con grandes precauciones hasta llegar al césped y al seto de hayas recortadas que rodeaba la piscina.

Los Halloran eran amigos suyos; se trataba de unas personas de edad avanzada y enormemente ricos, que se sentían felices cuando alguien los consideraba sospechosos de filocomunismo. Eran reformadores llenos de celo, pero no comunistas; sin embargo, cuando alguien los acusaba de subversivos, como sucedía a veces, parecían agradecerlo y sentirse rejuvenecidos. Las hojas del seto de haya también se habían vuelto amarillas, y Ned supuso que probablemente padecían la misma enfermedad que el arce de los Levy. Gritó «¡hola!» dos veces para que los Halloran advirtieran su presencia y de esa forma la invasión de su intimidad no resultara demasiado brusca. Los Halloran, por razones que nunca le habían sido explicadas, no utilizaban trajes de baño. En realidad, no hacía falta ninguna explicación. Su desnudez era un detalle de su celo reformista libre de prejuicios, y Ned se quitó cortésmente el bañador antes de entrar en el espacio limitado por el seto de hayas.

La señora Halloran, una mujer corpulenta de cabello blanco y expresión serena, leía el Times. Su marido sacaba hojas de haya de la piscina con una red. No parecieron ni sorprendidos ni disgustados al verlo. Su piscina era quizá la más antigua del condado, un rectángulo construido con piedras cogidas del campo, alimentado por un arroyo. Carecía de filtro o de bomba, y sus aguas tenían la dorada opacidad de la corriente.

—Estoy atravesando a nado el condado —dijo Ned.

—Vaya, no sabía que se pudiera hacer eso —exclamó la señora Halloran.

—Bueno, he empezado en casa de los Westerhazy —dijo Ned—. Debo de haber recorrido unos seis kilómetros.

Dejó el bañador junto al extremo más hondo de la piscina, fue andando hasta el otro lado y nadó aquella distancia. Mientras salía a pulso del agua, oyó decir a la señora Halloran:

—Sentimos mucho que te hayan ido tan mal las cosas, Neddy.

—¿Lo mal que me han ido las cosas? No sé de qué me está usted hablando.

—¿No? Hemos oído que has vendido la casa y que tus pobres hijas…

—No recuerdo haber vendido la casa —dijo Ned—. En cuanto a las chicas, no les ha pasado nada, que yo sepa.

—Sí —suspiró la señora Halloran—. Claro…

Su voz llenaba el aire con una melancolía intemporal, y Ned la interrumpió precipitadamente:

—Gracias por el baño.

—Que tengas una travesía agradable —dijo la señora Halloran.

Al otro lado del seto, Ned se puso el bañador y tuvo que apretárselo. Le estaba un poco grande, y se preguntó si era posible que hubiera perdido peso en una tarde. Tenía frío, estaba cansado, y la desnudez de los Halloran y el agua oscura de su piscina lo habían deprimido. Aquella travesía era demasiado para sus fuerzas, pero ¿cómo podía haberlo previsto mientras se deslizaba aquella mañana por el pasamanos de la escalera o cuando estaba sentado al sol en casa de los Westerhazy? Los brazos no le respondían. Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor de todo era el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor. Caían hojas de los árboles y el viento le trajo olor a humo. ¿Quién podía estar quemando hojarasca en aquella época del año?

Necesitaba un trago. El whisky lo calentaría, le levantaría el ánimo, lo sostendría hasta el final de su viaje, renovaría su convicción de que atravesar a nado aquella zona era un proyecto original que exigía valor. Los nadadores que recorren grandes distancias toman coñac. Necesitaba un estimulante. Cruzó la zona de césped delante de la casa de los Halloran, y siguió andando hasta el pabellón que habían construido para Helen, su única hija, y para su marido, Erich Sachs. Ned encontró a los Sachs en su piscina, que era bastante pequeña.

—¡Neddy! —exclamó Helen—. ¿Has almorzado en casa de mi madre?

—No exactamente —dijo Ned—. He entrado un momento a saludar a tus padres. —No parecía que hiciese falta dar más explicaciones—. Siento mucho presentarme así de sorpresa, pero me ha dado un escalofrío de pronto y me preguntaba si podríais ofrecerme una copa.

—Me encantaría hacerlo —dijo Helen—, pero no tenemos nada para beber desde la operación de Eric. Y de eso hace ya tres años.

¿Estaba perdiendo la memoria, o era acaso que su capacidad para ignorar acontecimientos penosos le había permitido olvidarse de la venta de su casa, de las dificultades de sus hijas, y de la enfermedad de su amigo Eric? La mirada de Ned se desplazó del rostro de Eric a su vientre, donde vio tres cicatrices antiguas, más blancas que el resto de la piel, dos de ellas de treinta centímetros de largo por lo menos. El ombligo había desaparecido, y Ned pensó en el desconcierto de una mano inquisitiva que, al buscar en la cama a las tres de la mañana los atributos masculinos, se encontrara con un vientre sin ombligo, sin unión con el pasado, sin continuidad en la sucesión natural de los seres.

—Estoy segura de que encontrarás algo de beber en casa de los Biswanger —dijo Helen—. Dan una fiesta por todo lo alto. Se los oye desde aquí. ¡Escucha!

Helen alzó la cabeza, y desde el otro lado de la carretera, desde el otro lado de los jardines, de los bosques, de los campos, Ned oyó de nuevo el ruido, lleno de resonancias, de las voces cerca del agua.

—Bueno, voy a darme un remojón —dijo, notando que carecía aún de libertad para decidir sobre su manera de viajar. Se tiró de cabeza al agua fría y faltándole el aliento, casi a punto de ahogarse, cruzó la piscina de un extremo a otro—. Lucinda y yo tenemos muchas ganas de veros —dijo vuelto de espaldas, con el cuerpo orientado ya hacia la casa de los Biswanger—. Sentimos mucho que haya pasado tanto tiempo sin vernos, y os llamaremos cualquier día de estos.

Ned tuvo que cruzar algunos campos hasta la casa de los Biswanger y los sonidos festivos que salían de ella. Sería un honor para los dueños ofrecerle una copa, se sentirían felices de darle de beber. Los Biswanger los invitaban a cenar —a Lucinda y a él— cuatro veces al año con seis semanas de anticipación. Ellos nunca aceptaban, pero los Biswanger continuaban enviando invitaciones como si fueran incapaces de comprender las rígidas y antidemocráticas normas de la sociedad en la que vivían. Pertenecían a ese tipo de personas que hablan de precios durante los cócteles, que se hacen confidencias sobre inversiones bursátiles durante la cena y que después cuentan chistes verdes cuando están presentes las señoras. No pertenecían al grupo de amistades de Neddy; ni siquiera figuraban en la lista de personas a las que Lucinda enviaba felicitaciones de Navidad. Se dirigió hacia la piscina con sentimientos a mitad de camino entre la conciencia de su superioridad y el deseo de mostrarse amable, y también con algún desasosiego porque parecía que estaba oscureciendo y, sin embargo, aquellos eran los días más largos del año. La fiesta era ruidosa y había mucha gente. Grace Biswanger pertenecía al tipo de anfitriona que invitaba al óptico, al veterinario, al corredor de fincas y al dentista. No había nadie nadando en la piscina, y el crepúsculo, al reflejarse en el agua, despedía un brillo invernal. Ned se dirigió hacia el bar. Cuando Grace Biswanger lo vio, avanzó hacia él, pero no con gesto afectuoso, como él había esperado, sino de la forma más hostil imaginable.

—Vaya, en esta fiesta hay de todo —comentó alzando mucho la voz—, incluso personas que se cuelan.

Grace no estaba en condiciones de hacerle un feo social, no tenía ni la más remota posibilidad, de manera que Ned no se echó atrás.

—En mi calidad de gorrón —preguntó cortésmente—, ¿tengo derecho a tomar una copa?

—Haga lo que guste —dijo ella—. No parece que las invitaciones signifiquen mucho para usted.

Le dio la espalda y se reunió con otros invitados. Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman se lo sirvió, pero de forma descortés. El mundo de Ned era un mundo en el que los camareros estaban al tanto de los matices sociales, y verse desairado por un barman a media jornada significaba haber perdido puntos en la escala social. O quizá aquel hombre era novato y le faltaba información. En seguida oyó cómo Grace decía a su espalda:

—Se arruinaron de la noche a la mañana; no les quedó más que su sueldo, y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestáramos cinco mil dólares…

Siempre hablando de dinero. Aquello era peor que llevarse el cuchillo a la boca. Ned se zambulló en la piscina, hizo un largo y se marchó.

La siguiente piscina de la lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si había sufrido alguna herida en casa de los Biswanger, aquel era el lugar ideal para curarla. El amor —los violentos juegos sexuales, para ser más exactos— era el supremo elixir, el remedio contra todos los males, la píldora mágica capaz de rejuvenecerlo y de devolverle la alegría de vivir. Habían tenido una aventura la semana pasada, o el mes último, o el año anterior. No se acordaba. Pero había sido él quien había decidido acabar, y eso lo colocaba en una situación privilegiada, de manera que cruzó la puerta de la valla que rodeaba la piscina de Shirley repleto de confianza en sí mismo. En cierta forma, era como si la piscina fuese suya, porque la persona amada, especialmente si se trata de un amor ilícito, goza de la posesión de la amante con una plenitud desconocida en el sagrado vínculo del matrimonio. Shirley estaba allí, con sus cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua de color azul intenso, iluminada por la luz eléctrica, no despertó en él ninguna emoción profunda. No había sido más que una aventurilla, pensó, aunque Shirley lloraba cuando él decidió romper. Pareció turbada al verlo, y Ned se preguntó si se sentiría aún herida. ¿Acaso iba, Dios no lo quisiera, a echarse a llorar de nuevo?

—¿Qué quieres? —le preguntó ella.

—Estoy nadando a través del condado.

—¡Santo cielo! ¿Te comportarás alguna vez como una persona adulta?

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Si has venido buscando dinero —dijo ella—, no voy a darte ni un centavo.

—Puedes darme algo de beber.

—Puedo, pero no quiero. No estoy sola.

—Bueno, me marcho en seguida.

Ned se tiró al agua e hizo un largo, pero cuando intentó alzarse hasta el borde para salir de la piscina, descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían fuerza; llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. Al mirar por encima del hombro, vio a un hombre joven en los vestuarios iluminados. Al cruzar el césped —ya se había hecho completamente de noche— le llegó un aroma de crisantemos o de caléndulas, decididamente otoñal, y tan intenso como el olor a gasolina. Levantó la vista y comprobó que habían salido las estrellas, pero ¿por qué tenía la impresión de ver Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de pleno verano? Ned se echó a llorar.

Era probablemente la primera vez que lloraba en toda su vida de adulto, y desde luego la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y tan desconcertado. No entendía los malos modos del barman ni el mal humor de una amante que se había acercado a él de rodillas y le había mojado el pantalón con sus lágrimas. Había nadado demasiado, había pasado demasiado tiempo bajo el agua, y tenía irritadas la nariz y la garganta. Necesitaba una copa, necesitaba compañía y ponerse ropa limpia y seca, y aunque podría haberse encaminado directamente hacia su casa por la carretera, se fue a la piscina de los Gilmartin. Allí, por primera vez en su vida, no se tiró, sino que descendió los escalones hasta el agua helada y nadó dando unas renqueantes brazadas de costado que quizá había aprendido en su adolescencia. Camino de casa de los Clyde, se tambaleó a causa del cansancio y, una vez en la piscina, tuvo que detenerse una y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. Trepó por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. Había cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido. Encorvado, agarrándose a los pilares de la entrada en busca de apoyo, Ned torció por el sendero de grava de su propia casa.

Todo estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que ya se habían ido a la cama? ¿Se habría quedado su mujer a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Habrían ido las chicas a reunirse con ella o se habrían marchado a cualquier otro sitio? ¿No se habían puesto previamente de acuerdo, como solían hacer los domingos, para rechazar las invitaciones y quedarse en casa? Ned intentó abrir las puertas del garaje para ver qué coches había dentro, pero la puerta estaba cerrada con llave y se le mancharon las manos de orín. Al acercarse más a la casa vio que la violencia de la tormenta había separado de la pared una de las tuberías de desagüe para la lluvia. Ahora colgaba por encima de la entrada principal como una varilla de paraguas, pero no costaría arreglarla por la mañana. La puerta de la casa también estaba cerrada con llave, y Ned pensó que habría sido una ocurrencia de la estúpida de la cocinera o de la estúpida de la doncella, pero en seguida recordó que desde hacía ya algún tiempo no habían vuelto a tener ni cocinera ni doncella. Gritó, golpeó la puerta, intentó forzarla golpeándola con el hombro; después, al mirar a través de las ventanas, se dio cuenta de que la casa estaba vacía. 

(John Cheever, Cuentos completos, RBA Libros, 2012)