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PÍO BAROJA

 



HOGAR TRISTE
Durante toda la mañana estuvieron esperando en la casa nueva a que llegara el carro de mudanzas, y por la tarde, a eso de las cinco, se detuvo junto al portal.
Los mozos subieron a trompicones los pobres trastos, aprisa y corriendo, y, en la precipitación, rompieron el entredós de la sala, el mueble que más se estimaba en el hogar modesto.
El carrero pidió tres duros en vez de dos, que era lo convenido, porque, según dijo, los muebles no cabían en un carro pequeño, y los mozos soltaron unas cuantas groseras pullas, porque no les daban bastante propina.
Ya de noche, a la luz mortecina de una candileja, marido y mujer se pusieron a colocar los muebles en su sitio, mientras el niño se entretenía en arrancar la estopa del vientre de un caballo de cartón. Pero el niño se cansó pronto, y empezó a seguir a su madre y a cogerse a sus faldas, llamándoles con voz soñolienta. Entonces ella tomó una lámpara de alcohol, calentó en un cazo un poco de caldo que había sobrado del mediodía y se lo hizo tomar al niño; lo acostó, y al poco rato el chico dormía dulcemente.
Ella se disponía a seguir en su faena.
«Pero descansa un rato, mujer —le dijo él—. No sé qué me da verte trabajar así. Siéntate, y charlaremos un rato.»
Ella se sentó, y apoyó sobre su mano ennegrecida la cabeza sudorosa y despeinada.
Él esperaba que le volverían a colocar pronto; si no aceptaría los veinte duros que daban en el almacén por llevar la contabilidad; mientras tanto podrían vivir; la casa aquella era alta, quinto piso, pero por eso sería más alegre. Y miraba alrededor, y las paredes frías, con la amargura de la desnudez triste, y los muebles cubiertos de polvo, y el suelo lleno de cuerdas de estropajo, parecía reírse lúgubremente de sus afirmaciones.
La mujer, resignada, aprobaba todo lo que decía su marido.
Cuando descansó un rato, se levantó nuevamente.
—Y yo —dijo— que no he tenido tiempo de preparar la cena.
—Déjalo —repuso él—. No tengo ninguna gana. Nos acostaremos sin cenar.
—No; saldré a buscar algo.
—Iremos los dos, si quieres.
—¿Y el niño?
—Volveremos en seguida. No se despertará.
La mujer marchó a la cocina a lavarse las manos; pero la fuente no corría.
«Estamos bien. Hay que ir por agua.»
Ella se echó un mantón sobre los hombros y cogió una botella; él ocultó otra de barro debajo de la capa, y salieron sin hacer ruido. La noche de abril era fría y desapacible.
Al pasar junto al teatro Real vieron montones de hombres que dormían acurrucados en el suelo. Por la calle del Arenal pasaban los coches con un sonar grave y majestuoso por el pavimento de madera.
Llenaron las botellas en una fuente de la plaza de Isabel II, y con esa complacencia que se tiene para las impresiones dolorosas, al pasar se detuvieron otra vez un momento delante de los hombres dormidos en montón.
Llegaron a casa, subieron las escaleras sin hablarse y se acostaron.
Él creyó que iba, con el cansancio, a dormirse en seguida, y, sin embargo, no pudo; la atención sobreexcitada le hacía percibir los más ligeros ruidos de la noche. Y levemente oía el sonar grave y majestuoso de los coches, y ante sus ojos aparecían los hombres dormidos en la calle, y ante la imaginación, el abandono y el desamparo de una parte de la familia humana. Los pensamientos negros le angustiaban y le llenaban de un gran sobresalto; hacía esfuerzos para no agitarse y despertar a su mujer. Ella estaría durmiendo, la pobre, descansando de las fatigas del día. Pero no…, gemía y se quejaba débilmente, débilmente…
—¿Qué te pasa? —la preguntó.
—El niño —murmuró ella, sollozando.
—¿Qué tiene? —dijo él, sobresaltado.
—El otro niño… Pepito… ¿Sabes?… Mañana hará dos años que lo enterraron…
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué es tan triste nuestra vida?

(Pío Baroja, Cuentos, Alianza Editorial, 1987)

CHARLES BUKOWSKI

 


AHORA 

llegar hasta aquí 
rondando la vejez 
consumido el tiempo 
sin haber encontrado a nadie 
verdaderamente perverso 
sin haber encontrado a nadie 
verdaderamente excepcional 
sin haber encontrado a nadie 
verdaderamente bueno 

rondando la vejez 

consumido el tiempo 

las mañanas son lo peor. 

(Charles Bukowski, Poemas de la última noche de la Tierra, Visor Libros, 2019)

FIÓDOR DOSTOYEVSKI

 



   Desde el primer día de mi vida de presidio comencé a soñar con la libertad.
Calcular cuándo terminarían mis años de presidio, de mil maneras distintas y en mil
ocasiones, constituía mi ocupación favorita. No podía pensar en otra cosa, y estoy
seguro de que lo mismo le sucede a todo el que está privado temporalmente de
libertad. No sé si los presos pensaban y calculaban igual que yo, pero la asombrosa
ligereza de sus ilusiones me sorprendió desde mis primeros pasos. La esperanza del
recluso privado de libertad es de otro tipo, completamente distinta a la del hombre
que lleva una vida real. El hombre libre, desde luego, espera algo (por ejemplo, un
cambio de suerte, la realización de alguna empresa), pero vive, actúa; la vida real le
arrastra en su torbellino. No ocurre lo mismo con el preso. Admitamos que también
es vida la vida de la cárcel, de presidio; pero, sea quien sea el preso e
independientemente de la duración de su condena, él no puede aceptar de ningún
modo, instintivamente, su destino como algo definitivo, resuelto, como parte de la
vida real. Todo preso siente que no está en su casa, sino como de visita. Veinte años
son para él como dos, y está convencido de que al salir de la cárcel a los cincuenta y
cinco años estará tan joven como ahora, a los treinta y cinco. «Todavía viviremos»,
piensa y aleja decididamente de él todas las dudas y todas las ideas desagradables.
Incluso los condenados a perpetuidad, los de la sección especial, contaban a veces
con que aquello no podía ser y que de pronto llegaría una orden de Píter:
«Trasladar a Nerchisnk, a las minas, y fijar un término a las condenas». Entonces,
¡qué bien! En primer lugar, hasta Nerchinsk se tarda en llegar casi medio año y es
mucho mejor ir en la cuerda que estar en el penal. Y luego, a acabar la condena en
Nerchinsk y entonces… ¡Así razonaba un recluso con canas! 

(Fiódor Dostoyevski, Memorias de la casa muerta, Alba Editorial, 2017) 

ANTONIO MACHADO

 


EL  HOSPICIO 

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.
Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de agrietados muros y sucios paredones
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!
Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
sobre la tierra fría la nieve silenciosa… 

(Antonio Machado, Campos de Castilla, Ediciones Cátedra, 2006)

ANTONIO JAVIER FUENTES SORIA

 


CABALLO  DE  CARTÓN 

Te vistes y te vas 
cuando la ciudad aún duerme 
y el frío amenaza en la ventana. 
Ruge el motor de un coche a lo lejos 
y suena, 
en este amasijo de acero y hormigón, 
una sórdida canción de cañerías. 
Puedo escribir 
que son emborronadas notas 
en la partitura virginal del alba, 
pero son solo ruidos, 
y el techo que ahora miro 
tampoco es un folio en blanco. 
Abajo, en la acera, 
oigo el repique firme y decidido 
de tus tacones 
que se alejan, 
como una serie infinita 
y tenue 
de puntos suspensivos. 

(Antonio Javier Fuentes Soria, El Outsider, Versátiles Editorial, 2021) 

ANTONIO JAVIER FUENTES SORIA

 


EN  EL  PORTAL  47 

En el portal cuarenta y siete, 
al abrigo de los gigantes soportales, 
el viejo vagabundo canta 
una antigua canción de amor 
que habla de un marinero 
y de una hermosa joven 
y de un barco que parte 
hacia tierras lejanas. 
Me detengo un instante ante él. 
Añoro el mar, me dice, 
pero puedo imaginarlo 
en una botella de ginebra. 
Continúo mi camino 
y pienso 
en lo que ha cambiado todo, 
en las videollamadas, 
en las redes sociales, 
y en la pasta 
que se deja la gente 
en las agencias de viajes. 




MORIR  UN  POCO  CADA  DÍA 

Las doradas hojas, 
desterradas 
y vencidas en el suelo, 
me recuerdan 
que hay un poco de muerte 
en nosotros 
cada día. 
Mientras, 
pasan los autobuses, 
y espera la gente 
su turno en los cajeros, 
y sueña, 
anclado en su pupitre, 
algún adolescente enamorado. 


(Antonio Javier Fuentes Soria, El Outsider, Versátiles Editorial, 2021) 

ERNEST HEMINGWAY

 


LOS  ASESINOS 

   La puerta de la cafetería Henry’s se abrió y entraron dos hombres. Se sentaron a la barra. 
   —¿Qué desean? —les preguntó George.
   —No lo sé —dijo uno de los hombres—. ¿Qué quieres comer, Al?
   —No lo sé —dijo Al—. No sé qué quiero comer.
   Estaba oscureciendo. El alumbrado se encendió al otro lado de la ventana. Los
dos hombres sentados a la barra leyeron el menú. Nick Adams los observaba desde la
otra punta de la barra. Estaba charlando con George cuando entraron. 
   —Tomaré lomo de cerdo asado con salsa de manzana y puré de patatas —dijo el
primer hombre que había hablado.
   —Todavía no está preparado.
   —Entonces, ¿por qué demonios lo pones en la carta?
   —Es la carta de la cena —les explicó George—. Se empieza a servir a las seis.
   George miró el reloj de pared que había detrás de la barra.
   —Son las cinco.
   —El reloj marca las cinco y veinte —dijo el otro hombre.
   —Va veinte minutos adelantado.
   —Oh, al diablo con el reloj —dijo el primero—. ¿Qué tienes para comer?
   —Puedo prepararles un sándwich de lo que quieran —dijo George—. Pueden
tomar huevos con jamón, huevos con beicon, hígado y beicon o un bistec.
   —Ponme croquetas de pollo con guisantes, salsa de nata y puré de patatas.
   —Eso es la cena.
   —Todo lo que pedimos es la cena, ¿eh? Ese es el truco.
   —Puedo prepararles huevos con jamón, huevos con beicon, hígado…
   —Tomaré huevos con beicon —dijo el hombre llamado Al. Llevaba un sombrero
hongo y un abrigo negro abrochado en el pecho. Tenía la cara pequeña y blanca, y los
labios finos. Llevaba una bufanda de seda y guantes. 
   —A mí ponme huevos con beicon —dijo el otro. Era más o menos de la misma
estatura que Al. Eran distintos de cara, pero iban vestidos como gemelos. Los dos
llevaban abrigos demasiado ajustados. Se sentaban inclinados hacia delante, con los
codos sobre la barra.
   —¿Tienes algo para beber? —preguntó Al.
   —Zarzaparrilla, cerveza sin alcohol, ginger ale.
   —Me refiero a si tienes algo para beber.
   —Lo que acabo de decirle.
   —Es caluroso este pueblo —dijo el otro—. ¿Cómo se llama?
   —Summit. 
   —¿Habías oído hablar de él? —le preguntó Al a su amigo.
   —No —dijo el amigo.
   —¿Qué hacéis aquí por las noches? —preguntó Al.
   —Cenan —dijo su amigo—. Todos vienen aquí y se pegan la gran cena.
   —Eso es —dijo George.
   —¿Así que es eso? —le preguntó Al a George.
   —Claro.
   —Eres un chico bastante listo, ¿verdad?
   —Claro —dijo George.
   —Bueno, pues no lo eres —dijo el otro hombrecillo—. ¿Lo es, Al?
   —Es tonto —dijo Al. Se volvió hacia Nick—. ¿Cómo te llamas?
   —Adams.
   —Otro chico listo —dijo Al—. ¿No es un chico listo, Max?
   —Este pueblo está lleno de chicos listos —dijo Max. 
   George puso los dos platos, uno de huevos con jamón y otro de huevos con
beicon, sobre la barra. Al lado colocó dos platitos de patatas fritas y cerró la
ventanilla que daba a la cocina.
   —¿Cuál es su plato? —le preguntó a Al.
   —¿No lo recuerdas?
   —Huevos con jamón.
   —Un chico listo —dijo Max. Se inclinó hacia delante y cogió el plato de huevos
con jamón. Los dos hombres comieron con los guantes puestos. George los observó
comer. 
   —¿Qué estás mirando? —Max miraba a George.
   —Nada.
   —Sí que estabas mirando. Me mirabas a mí.
   —A lo mejor el chico lo hacía en broma, Max —dijo Al.
   George rio.
   —No te rías —le dijo Max—. No quiero verte reír, ¿entendido?
   —Muy bien —dijo George.
   —Así que piensa que todo va muy bien. —Max se volvió hacia Al—. Piensa que
todo va muy bien. Esta sí que es buena.
   —Oh, es un pensador —dijo Al. Siguieron comiendo.
   —¿Cómo se llama el chico listo que hay al final de la barra? —le preguntó Al a
Max.
   —Eh, chico listo —le dijo Max a Nick—. Ponte al otro lado de la barra con tu
amigo.
   —¿Ocurre algo? —preguntó Nick.
   —No ocurre nada.
   —Es mejor que vayas al otro lado de la barra —dijo Al. Nick le obedeció. 
   —¿Qué ocurre? —preguntó George. 
   —Nada que os interese —dijo Al—. ¿Quién es el que está en la cocina?
   —El negro.
   —¿Qué quieres decir con el negro?
   —El negro que cocina.
   —Dile que venga.
   —¿Qué ocurre?
   —Dile que venga.
   —¿Dónde se cree que está?
   —Sabemos perfectamente dónde estamos —dijo el hombre llamado Max—.
¿Parecemos tontos?
   —Tú pareces tonto hablando así —le dijo Al—. ¿Por qué demonios discutes con
el chaval? Escucha —le dijo a George—, dile al negro que venga.
   —¿Qué van a hacerle?
   —Nada. Utiliza la cabeza, chico listo. ¿Qué íbamos a hacerle a un negro?
   George abrió la ventanilla que daba a la cocina.
   —Sam —llamó—. Ven aquí un momento.
   La puerta de la cocina se abrió y entró el negro.
   —¿Qué ocurre? —preguntó. Los dos hombres de la barra le echaron un vistazo.
   —Muy bien, negro. Quédate ahí —dijo Al.
   Sam, el negro, con el delantal puesto, miró a los dos hombres de la barra.
   —Sí, señor —dijo. Al se bajó del taburete. 
   —Me voy a la cocina con el negro y el chico listo —dijo—. Vuelve a la cocina,
negro. Ve con él, chico listo. —El hombrecillo se fue detrás de Nick y Sam, el
cocinero, hacia la cocina. La puerta se cerró tras ellos. El hombre llamado Max estaba
sentado justo delante de George. No miraba a George, sino el espejo que se extendía
paralelo a la barra. Henry’s había sido un salón, ahora reconvertido en cafetería.
   —Bueno, chico listo —dijo Max mirando al espejo—. ¿Por qué no dices algo?
   —¿De qué va todo esto?
   —Eh, Al —gritó Max—, el chico listo quiere saber de qué va todo esto.
   —¿Por qué no se lo dices? —dijo la voz de Al desde la cocina.
   —¿De qué crees que va?
   —No lo sé.
   —¿Qué crees?
   Max no dejaba de mirar al espejo mientras hablaba.
   —No sabría decirlo.
   —Eh, Al, el chico listo dice que no sabría decir de qué va todo esto. 
   —Le oigo perfectamente —dijo Al desde la cocina. Había colocado un frasco de
ketchup para dejar abierta la ventanilla que utilizaban para pasar los platos—.
Escucha, chico listo —le dijo a George desde la cocina—. Aléjate un poco de la
barra. Muévete un poco a la izquierda, Max. —Era como un fotógrafo preparando
una foto de grupo. 
   —Dime, chico listo —dijo Max—. ¿Qué crees que va a ocurrir?
   George no dijo nada.
   —Te lo diré —dijo Max—. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco
grandote llamado Ole Andreson?
   —Sí.
   —Viene a cenar cada noche, ¿verdad?
   —Viene a veces.
   —Viene a las seis en punto, ¿verdad?
   —Si viene.
   —Todo eso ya lo sabemos —dijo Max—. Habla de otra cosa. ¿Alguna vez vas al
cine?
   —De vez en cuando.
   —Deberías ir más al cine. Las películas son buenas para un chico listo como tú.
   —¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les ha hecho?
   —No ha tenido oportunidad de hacernos nada. Nunca nos ha visto.
   —Y solo va a vernos una vez —dijo Al desde la cocina.
   —¿Por qué van a matarlo entonces? —dijo George.
   —Lo hacemos por un amigo. Solo para hacerle un favor a un amigo, chico listo.
   —Cállate —dijo Al desde la cocina—. Estás abriendo demasiado esa bocaza.
   —Bueno, tengo que entretener al chico listo. ¿Verdad, chico listo?
   —Estás abriendo demasiado la bocaza —dijo Al—. El negro y mi chico listo se
divierten solos. Los tengo atados como a un par de amigas en el convento. 
   —¿He de suponer que estuviste en un convento?
   —Nunca se sabe.
   —Estuviste en un convento kosher. Ahí es donde estuviste.
   George miró el reloj.
   —Si entra alguien le dices que la cocina está cerrada, y si insisten les dices que tú
mismo se lo prepararás. ¿Lo has entendido, chico listo?
   —Muy bien —dijo George—. ¿Y qué hará luego con nosotros?
   —Eso dependerá —dijo Max—. Es una de esas cosas que nunca sabes hasta que
llega el momento.
   George levantó la mirada hacia el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la
calle se abrió. Entró un conductor de tranvía.
   —Hola, George —dijo—. ¿Puedo cenar?
   —Sam ha salido —dijo George—. Volverá en una media hora.
   —Será mejor que vaya un poco más arriba —dijo el conductor. George miró el
reloj. Eran las seis y veinte.
   —Eso ha estado bien, chico listo —dijo Max—. Eres un auténtico caballerete.
   —Sabía que le volaría la cabeza —dijo Al desde la cocina.
   —No —dijo Max—. No es eso. El chico listo es muy simpático. Es un chico 
simpático. Me cae bien. 
   A las seis cincuenta y cinco, George dijo:
   —No va a venir. 
   Habían entrado otras dos personas en la cafetería. Una vez George había entrado
en la cocina y le había preparado a un hombre un sándwich de jamón y huevo «para
llevar». Dentro de la cocina vio a Al, con su sombrero hongo echado para atrás,
sentado en un taburete junto a la ventanilla, con la boca de una recortada apoyada en
el antepecho. Nick y el cocinero estaban en un ángulo, espalda contra espalda, los dos
con una toalla de mordaza. George había preparado el sándwich, lo había envuelto en
papel de aceite, colocado en una bolsa y entregado al hombre, que había pagado y se
había ido. 
   —El chico listo puede hacer de todo —dijo Max—. Puede cocinar y todo. Con el
tiempo harás feliz a alguna muchacha, chico listo.
   —¿Ah, sí? —dijo George—. Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
   —Le daremos diez minutos —dijo Max.
Max miró el espejo y el reloj. Las manecillas del reloj marcaron las siete, y luego
las siete y cinco. 
   —Vamos, Al —dijo Max—. Más vale que nos marchemos. No va a venir.
   —Le daremos cinco minutos —dijo Al desde la cocina.
   En esos cinco minutos entró un hombre, y George le contó que el cocinero estaba
enfermo.
   —¿Por qué demonios no te buscas otro cocinero? —preguntó el hombre—. ¿O es
que aquí no se sirven comidas? —Salió.
   —Vámonos, Al —dijo Max.
   —¿Y qué me dices de los dos chicos listos y el negro?
   —Son legales.
   —¿Te parece?
   —Claro. Todo listo.
   —No lo veo claro —dijo Al—. No me gustan los cabos sueltos. Hablas
demasiado.
   —Oh, qué demonios —dijo Max—. Teníamos que divertirnos un poco, ¿no?
   —De todos modos, hablas demasiado —dijo Al. Salió de la cocina. Los cañones 
recortados de la escopeta le formaban un pequeño bulto bajo la cintura de su abrigo
demasiado ceñido. Se alisó el abrigo con las manos enguantadas.
   —Hasta luego, chico listo —le dijo a George—. Has tenido suerte.
   —Es verdad —dijo Max—. Deberías apostar a las carreras.
   Los dos salieron por la puerta. George los observó por la ventana, mientras
pasaban bajo la lámpara de arco y cruzaban la calle. Con sus abrigos tan ceñidos y
sus sombreros hongo parecían de una compañía de vodevil. George entró en la cocina
por las puertas batientes y desató a Nick y al cocinero.
   —No quiero volver a pasar por esto —dijo Sam, el cocinero—. No quiero volver
a pasar por esto. 
   Nick se puso en pie. Nunca había tenido una toalla en la boca.
   —Cuenta —dijo—. ¿Qué demonios pasaba? —Intentaba quitarse el susto
asumiendo un aire de arrogancia.
   —Querían matar a Ole Andreson —dijo George—. Iban a dispararle cuando
entrara a comer.
   —¿Ole Andreson?
   —Eso mismo.
   El cocinero se pasó los pulgares por las comisuras de los labios.
   —¿Se han ido? —preguntó.
   —Sí —dijo George—. Ahora ya se han ido.
   —No me gusta —dijo el cocinero—. Esto no me gusta nada.
   —Escucha —le dijo George a Nick—. Es mejor que vayas a ver a Ole Andreson.
   —Muy bien.
   —Es mejor que no te metas en esto —dijo Sam, el cocinero—. Es mejor que te
quedes al margen.
   —No vayas si no quieres —dijo George.
   —Meterte en esto no te va a llevar a nada —dijo el cocinero—. Mantente al margen. 
   —Iré a verlo —le dijo Nick a George—. ¿Dónde vive?
   El cocinero miró hacia otro lado.
   —Los muchachos siempre saben lo que quieren —dijo.
   —Vive en la pensión de Hirsch —le dijo George a Nick.
   —Iré hasta allí. 
   En la calle, la lámpara de arco brillaba a través de las ramas desnudas de un árbol.
Nick recorrió la calle junto a los raíles del tranvía, y en la siguiente farola tomó una
calle lateral. Tres casas más arriba estaba la pensión de Hirsch. Nick subió los dos
peldaños y llamó al timbre. Una mujer apareció en la puerta.
   —¿Está Ole Andreson?
   —¿Quieres verle? 
   —Sí, si está.
Nick siguió a la mujer por un tramo de escaleras y hacia el final de un pasillo.
   Llamó a la puerta.
   —¿Quién es?
   —Alguien quiere verle, señor Andreson —dijo la mujer.
   —Soy Nick Adams.
   —Entra.
   Nick abrió la puerta y entró en la habitación. Ole Andreson estaba echado en la
cama vestido. Había sido boxeador profesional y la cama le quedaba pequeña. Tenía
dos almohadones bajo la cabeza. No miró a Nick.
   —¿Qué hay? —preguntó. 
   —Estaba en Henry’s —dijo Nick— y llegaron dos tipos que nos ataron a mí y al
cocinero y dijeron que iban a matarle.
   Sonó estúpido cuando lo contó. Ole Andreson no dijo nada.
   —Nos metieron en la cocina —añadió Nick—. Iban a matarlo cuando entrara a
cenar.
   Ole Andreson miraba la pared y no decía nada.
   —George pensó que era mejor que se lo dijera.
   —No puedo hacer nada al respecto —dijo Ole Andreson.
   —Le diré cómo eran.
   —No quiero saber cómo eran —dijo Ole Andreson. Miraba la pared—. Gracias
por venir a contármelo.
   —No hay de qué.
   Nick miró aquel hombre grande echado en la cama.
   —¿No quiere que vaya a avisar a la policía?
   —No —dijo Ole Andreson—. Eso no serviría de nada.
   —¿Hay algo que pueda hacer?
   —No. No se puede hacer nada.
   —A lo mejor era un farol.
   —No. No era un farol.
   Ole Andreson se puso de lado, cara a la pared.
   —Lo que pasa —dijo, hablándole a la pared— es que no me decido a salir. Llevo todo el día aquí. 
   —¿No podría irse del pueblo?
   —No —dijo Ole Andreson—. Se ha acabado el ir de un lado a otro. —Miraba la
pared—. Ahora ya no se puede hacer nada.
   —¿No puede arreglarlo de ninguna manera?
   —No. Me metí donde no debía. —Hablaba con una voz sin inflexiones—. No se
puede hacer nada. Dentro de un rato me decidiré a salir.
   —Será mejor que vuelva con George —dijo Nick.
   —Hasta luego —dijo Ole Andreson. No miró a Nick—. Gracias por venir.
Nick salió. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson con la ropa puesta,
echado en la cama mirando la pared. 
   —Lleva todo el día en su habitación —dijo la patrona cuando Nick llegó abajo—.
Supongo que no se encuentra bien. Le he dicho: «Señor Andreson, debería salir y dar
un paseo, con el bonito día de otoño que hace», pero no le apetecía.
   —No quiere salir.
   —Lamento que no se encuentre bien —dijo la mujer—. Es un hombre
agradabilísimo. Era boxeador, ¿sabe?
   —Ya lo sabía.
   —Si no fuera por cómo tiene la cara nadie lo diría —dijo la mujer. Charlaban al
lado de la puerta de la calle—. Es tan amable. 
   —En fin, buenas noches, señora Hirsch —dijo Nick.
   —Yo no soy la señora Hirsch —dijo la mujer—. Ella es la propietaria de la
pensión. Yo solo soy la encargada. Soy la señora Bell.
   —Pues buenas noches, señora Bell —dijo Nick.
   —Buenas noches —dijo la mujer.
   Nick subió la calle hasta la esquina bajo la luz de la farola, y luego siguió los
raíles del tranvía hasta Henry’s. George estaba dentro, detrás de la barra.
   —¿Has visto a Ole?
   —Sí —dijo Nick—. Está en su habitación y no piensa salir.
   El cocinero abrió la puerta de la cocina cuando oyó la voz de Nick.
   —Ni siquiera pienso escucharos —dijo, y cerró la puerta.
   —¿Se lo contaste? —preguntó George.
   —Claro. Se lo dije, pero ya está al corriente de todo.
   —¿Qué piensa hacer?
   —Nada.
   —Lo matarán.
   —Supongo que sí.
   —Debió de andar metido en algo en Chicago.
   —Imagino —dijo Nick.
   —Mal asunto.
   —Muy malo —dijo Nick.
   Se quedaron callados y George cogió una bayeta y limpió la barra.
   —¿Qué haría? —dijo Nick.
   —Traicionar a alguien. Por eso quieren matarlo.
   —Voy a tener que irme de este pueblo —dijo Nick.
   —Sí —dijo George—. No es mala idea.
   —No soporto pensar que está en esa habitación esperando y sabiendo que van a
cogerle. Es algo horrible.
   —Bueno —dijo George—. Mejor que no pienses en ello. 

(Ernest Hemingway, Cuentos, Debolsillo, 2009) 

ELMORE LEONARD

 

 

   —Anoche me desperté y miré al techo —dijo la mujer sentada frente a Ryan—. ¿Y
saben una cosa? No daba vueltas. Me levanté para ir al cuarto de baño y pude hacerlo
sin tropezar con los muebles y sin tirar nada. Lo encontré justamente donde se
suponía que debía estar. Por la mañana, solía despertarme en el suelo y antes de abrir
los ojos rezaba una oración, pidiendo saber dónde me encontraba. 
   —Sé lo que quiere expresar —afirmó el jefe de la mesa—. Durante los primeros
seis meses o un año de seguimiento de la terapia, yo seguía despertándome por la
mañana esperando estar colgado de algún sitio. Incluso me parecía raro sentirme
normal. 
   La reunión tenía lugar en una habitación sin ventanas del sótano del Hospital
Saint Joseph Mercy, en Pontiac. Paredes llenas de hollín, luces fluorescentes, mesas
de comedor y sillas plegables, la cafetera, las tazas de plástico, los pastelillos. Podía
ser la reunión de un grupo de Alcohólicos Anónimos en cualquier lugar, con grupos
de ocho a doce personas en las cinco mesas que había. 
   Otra de las mujeres decía que, en ocasiones, se había despertado en la habitación
de un motel y que allí había un hombre que ella no había visto en toda su vida y que
entonces le gritaba: «¿Qué hace usted aquí? ¡Salga!». Y el pobre hombre se quedaba
aturdido, después de la maravillosa noche que ambos habían pasado juntos y que ella
no recordaba. 
   Había cuatro mujeres y siete hombres en la mesa, incluyendo a Ryan. No estaba
muy seguro de si iba a decir algo, cuando el jefe de mesa lo miró. Podía pasar, decir
que esta noche solo deseaba escuchar. Se preguntó si aún quedaría algún vestigio de
whisky en su aliento. Y entonces se preguntó a sí mismo: «¿Acaso importaría?».
Como si alguien pudiera señalárselo y fuera arrojado de la terapia. ¡Qué extraño!
Llevaba dos días bebiendo y volvía a sentir la sensación de culpabilidad. Hacía
mucho tiempo que no iba a ninguna reunión. Lo sabía, pero esta noche no se sentía
como un miembro más de ella. Al menos, por ahora. 
   —Gracias —dijo un hombre sentado a dos sillas de distancia de él—. Soy Paul.
Soy un alcohólico y me siento muy contento de encontrarme aquí. ¿Saben? Hay una
gran diferencia entre el admitir que uno es alcohólico y aceptar el hecho. Esa es la
razón por la que me gusta acudir de vez en cuando a una mesa donde se habla sobre
el primer paso en la terapia. No solo para escuchar, sino también para recordarme a
mí mismo que me encuentro indefenso ante el alcohol. Yo no era como Ed, quien
mencionó antes que se emborrachaba durante un par de semanas, después se
enmendaba y se mantenía sobrio durante algún tiempo. No, yo estaba borracho en
todo momento. 

(Elmore Leonard, Hombre desconocido 89, Ediciones Júcar, 1991) 

O. HENRY

 


LA  ÚLTIMA  HOJA 

En un barrio pequeño situado al oeste de Washington Square las calles se han
vuelto locas y se quiebran en pequeñas franjas llamadas «sitios». Estos lugares
forman curvas y ángulos extraños. Hay una calle que se cruza a sí misma una o dos
veces. Un artista descubrió una vez una valiosa posibilidad de esta calle. ¡Imagínate
que un cobrador con una factura de pinturas, papel y tela se encuentra de pronto de
regreso ya sin que le hayan pagado ni un centavo a cuenta! 
   Así que pronto empezó la gente del arte a merodear por el viejo y pintoresco
Greenwich Village a la caza de ventanas orientadas al Norte, gabletes del siglo XVIII,
buhardillas holandesas y alquileres bajos. Luego importaron unas cuantas jarras de
peltre y algún calentador de comida de la Sexta Avenida y se convirtieron en una
colonia. 
   Sue y Johnsy tenían su estudio en lo alto de un achaparrado edificio de ladrillo de
tres plantas. Johnsy era el diminutivo familiar de Joanna. Una era de Maine; la otra,
de California. Se habían conocido en la table d’hôte de un Demonico de la Calle
Octava y descubrieron que sus gustos en cuanto al arte, la escarola y las mangas
afaroladas eran tan afines que el resultado fue su estudio compartido. 
   Eso pasó en el mes de mayo. En noviembre, irrumpió en la colonia un forastero
frío e invisible al que los médicos llamaban Neumonía, tocando a uno aquí y a otro
allá con sus gélidos dedos. Este destructor se internó audazmente en la zona oriental,
golpeando a montones de víctimas, pero tuvo que aminorar el paso en el laberinto de
estrechos y musgosos «sitios». 
   El señor Neumonía no era lo que se dice un noble caballero. Tan poca cosa como
una mujercita con la sangre debilitada por los céfiros californianos no era enemigo
digno para el rudo y jadeante veterano. Pero golpeó a Johnsy, que yacía casi inmóvil
en su cama de hierro pintado, mirando por los paneles de ventana holandeses la pared
ciega de la casa de ladrillo contigua. 
   Una mañana, el atareado médico indicó a Sue que le acompañara al vestíbulo
enarcando una ceja tupida y gris. 
   —Tiene una probabilidad entre…, digamos, diez —le dijo, mientras bajaba a
sacudidas el mercurio del termómetro—. Y esa probabilidad depende de que desee
vivir. Esta forma que tiene la gente de ponerse de parte de la funeraria deja en
ridículo toda la farmacopea. Su amiga ha decidido que no va a curarse. ¿No hay nada
que le interese? 
   —Ella… ella quería pintar algún día la bahía de Nápoles —dijo Sue.
   —¿Pintar? ¡Tonterías! ¿Le interesa algo en lo que merezca la pena pensar dos
veces?…, ¿un hombre, por ejemplo?
   —¿Un hombre…? —repuso Sue, con un tañido de birimbao en la voz— … ¿Es
un hombre digno de…? No, doctor, no; no hay nada de eso. 
   —Bueno, es la debilidad, entonces —dijo el médico—. Haré todo lo que pueda
conseguir la ciencia de acuerdo con mis conocimientos. Aunque siempre que mi
paciente empieza a contar los coches de su cortejo fúnebre, resto un cincuenta por
ciento al poder curativo de las medicinas. Si consigue que haga alguna pregunta sobre
los nuevos estilos de este invierno de las mangas de las capas, le garantizo una
posibilidad entre cinco en vez de una entre diez.
   Cuando el médico se marchó, Sue entró en el taller y lloró hasta convertir en
pulpa un pañuelito japonés de papel. Luego volvió contoneándose a la habitación de
Johnsy con el tablero de dibujo, silbando a ritmo de ragtime. 
   Johnsy yacía silenciosa e inmóvil bajo la ropa de la cama, con la cara vuelta hacia
la ventana. Sue creyó que estaba dormida y dejó de silbar.
   Colocó el tablero y empezó un dibujo a pluma para ilustrar un relato de una
revista. Los artistas jóvenes han de abrirse paso en el Arte ilustrando relatos de
revistas que escriben los jóvenes autores para abrirse paso en la Literatura.
   Mientras Sue esbozaba unos elegantes pantalones de montar y un monóculo en la
figura del protagonista, un vaquero de Idaho, oyó repetirse varias veces un leve
sonido. Se acercó rápidamente a la cabecera de la cama.
   Johnsy tenía los ojos muy abiertos. Miraba por la ventana y contaba…, contaba al revés. 
   —Doce —dijo, y poco después—: Once —y luego «diez» y «nueve»; y luego
«ocho» y «siete» casi a la vez.
   Sue miró atentamente por la ventana. ¿Qué había que contar allí? Solo se veían el
patio vacío y triste y la pared ciega de la casa de ladrillo a seis metros de distancia.
Una hiedra viejísima de raíces nudosas y deterioradas trepaba hasta la mitad de la
pared. El frío aliento del otoño le había arrancado casi todas las hojas y sus ramas
esqueléticas se aferraban casi desnudas a los ladrillos corroídos. 
   —¿Qué pasa, cariño? —preguntó.
   —Seis —dijo Johnsy, casi en un susurro—. Ahora caen más deprisa. Hace tres
días eran casi cien. Me entró dolor de cabeza de contarlas. Pero ahora es fácil. Ahí va
otra. Ahora ya solo quedan cinco.
   —¿Cinco qué, cariño? Díselo a tu Sue. 
   —Hojas. Las hojas de la hiedra. Cuando caiga la última, me iré yo también. Hace
tres días que lo sé. ¿No te lo ha dicho el médico?
   —¡Oh, vamos, nunca he oído un disparate parecido! —se quejó Sue con
majestuoso desdén—. ¿Qué tienen que ver las hojas marchitas de la hiedra con que te
cures? Con lo que te gustaba además esa hiedra, niña mala. No seas boba. Mira, el
médico me ha dicho esta mañana que las posibilidades que tienes de curarte
enseguida son…, veamos lo que dijo exactamente, ¡dijo que las probabilidades eran
de diez a uno! Casi las mismas que tenemos en Nueva York cuando viajamos en
tranvía o pasamos junto a un edificio nuevo. Ahora procura tomar un poco de caldo y
deja que Sudie vuelva a su dibujo para que pueda vendérselo al director y comprar 
oporto para su niña enferma y chuletas de cerdo para su ego glotón. 
   —No hace falta que compres más oporto —dijo Johnsy sin apartar los ojos de la
ventana—. Ahí cae otra. No, no quiero tomar caldo. Ya solo quedan cuatro. Quiero
ver caer la última antes de que oscurezca. Entonces yo también me iré.
   —Johnsy, cariño —dijo Sue, inclinándose hacia ella—, ¿me prometes que vas a
cerrar los ojos y a dejar de mirar por la ventana hasta que yo acabe de trabajar? Tengo
que entregar esos dibujos mañana. Necesito la luz, si no, bajaría la persiana.
   —¿No puedes dibujar en la otra habitación? —preguntó Johnsy, indiferente.
   —Prefiero estar aquí a tu lado —dijo Sue—. Además, no quiero que sigas
mirando esas estúpidas hojas de hiedra.
   —Avísame en cuanto acabes —dijo Johnsy cerrando los ojos, pálida y quieta
como una estatua caída—, porque quiero ver caer la última. Estoy cansada de esperar,
estoy cansada de pensar. Quiero desprenderme de todo y caer como una de esas
pobres hojas cansadas. 
   —Procura dormir —dijo Sue—. Tengo que llamar a Behrman para que pose
como el viejo minero ermitaño. Volveré en un minuto. No te muevas hasta que
regrese. 
   El viejo Behrman era un pintor que vivía en la planta baja. Tenía más de sesenta
años y una barba de Moisés de Miguel Ángel que le caía desde la cabeza de sátiro
hasta el torso de trasgo. Era un fracaso en la pintura. Manejaba el pincel hacía
cuarenta años sin haberse acercado nunca lo suficiente para tocar la orla del manto de
su Señora. Había estado siempre a punto de pintar una obra maestra, pero aún no
había empezado a hacerlo nunca. Hacía años que no pintaba nada más que algún que
otro monigote del ramo comercial o publicitario de cuando en cuando. Ganaba algo
posando para los pintores jóvenes de la colonia que no podían pagar lo que cobraba
un modelo profesional. Bebía demasiada ginebra y seguía hablando de su próxima
obra maestra. Por lo demás, era un viejito feroz que se burlaba atrozmente de las
debilidades de los demás y que se consideraba el perro guardián especial que debía
proteger a las dos jóvenes pintoras del estudio de arriba. 
   Sue encontró a Behrman, que olía intensamente a nebrinas, en su estudio apenas
iluminado de abajo. En un rincón había un lienzo en blanco sobre un caballete que
llevaba veinticinco años esperando allí el primer trazo de la obra maestra. Le contó la
fantasía de Johnsy, confesándole que temía realmente que, siendo ligera y frágil como
una hoja ella también, desapareciera cuando se debilitara más el leve asidero que la
unía al mundo. 
   El viejo Behrman, con lágrimas visibles en los ojos enrojecidos, expresó a gritos
su menosprecio y desdén por aquellas fantasías tan bobas. 
   —¡Vass! —farfulló—. ¿Es que puede haber en este mundo alguien tan tonto como
para morirse porque se caen las hojas de una maldita hiedra? Nunca oí nada igual.
No, no posaré como modelo del ridículo ermitaño idiota. ¿Por qué dejas que se le
meta en la cabeza una idea tan boba? ¡Ay, pobre señorita Yohnsy! 
   —Está muy enferma y muy débil —dijo Sue—, y esas ideas morbosas y esas
extrañas fantasías se deben a la fiebre. Muy bien, señor Behrman, si no quiere posar
para mí, no tiene que hacerlo. Pero me parece que es usted un viejo horroroso…, un
viejo bocazas. 
   —¡Muy propio de una mujer! —gritó Behrman—. ¿Quién ha dicho que no
posaré? Vamos. Te acompaño. Llevo media hora intentando decir que estoy dispuesto
a posar. Gott!, este no es lugar para que alguien tan bueno como la señorita esté
enfermo. Un día pintaré una obra maestra y nos marcharemos todos de aquí. Gott!, sí. 
   Johnsy estaba dormida cuando subieron. Sue bajó la persiana hasta el alféizar, e
indicó a Behrman por señas que pasara al otro cuarto. Allí miraron por la ventana con
miedo la hiedra. Luego se miraron un momento en silencio. Caía una lluvia fría y
persistente, mezclada con nieve. Behrman, con su vieja camisa azul, tomó asiento
como minero ermitaño en una olla puesta bocabajo a modo de roca. 
   Cuando Sue despertó a la mañana siguiente tras una hora de sueño, encontró a
Johnsy mirando fijamente con ojos apagados muy abiertos la persiana verde bajada.
   —Súbela, quiero ver —ordenó en un susurro.
   Sue obedeció cansinamente. 
   Y he aquí que después del chaparrón y las fuertes ráfagas de viento que había
soportado toda la santa noche, todavía seguía sobre el ladrillo una hoja de hiedra. Era
la última que quedaba en la enredadera. De un verde intenso aún cerca del tallo, pero
con el amarillo de la desintegración y el marchitamiento en los bordes dentados,
colgaba valerosamente de una rama a unos seis metros del suelo.
   —Es la última —dijo Johnsy—. Estaba segura de que se caería por la noche. He
oído el viento. Se caerá hoy, y yo moriré al mismo tiempo.
   —¡Cariño, por favor! —dijo Sue, apoyando la cara fatigada en la almohada—,
piensa en mí, si no puedes pensar en ti misma. ¿Qué iba a hacer yo? 
   Pero Johnsy no respondió. Lo más solitario del mundo es un alma que se dispone
a emprender su largo viaje misterioso. La fantasía parecía dominarla con más fuerza a
medida que se soltaban los vínculos que la ataban a la amistad y al mundo.
   El día transcurrió lentamente, y todavía pudieron ver en el crepúsculo la hoja de
hiedra solitaria aferrada a su tallo sobre el muro. Y luego, con la llegada de la noche,
se desencadenó de nuevo el viento del norte, mientras la lluvia seguía batiendo las
ventanas y cayendo con un tamborileo de los aleros.
   Cuando hubo luz suficiente, Johnsy, la despiadada, dio orden de que se subiera la persiana. 
   La hoja de hiedra aún seguía allí.
   Johnsy continuó echada mirándola mucho tiempo. Y luego llamó a Sue, que
estaba revolviendo su consomé de pollo en la cocina de gas.
   —Me he portado mal, Sudie —le dijo—. Algo ha hecho que esa última hoja siga
ahí para demostrarme lo malvada que he sido. Es pecado desear morirse. Puedes
traerme ya un poco de consomé, y un poco de leche con un poquito de oporto, y… 
no; tráeme primero un espejo de mano y ponme unos cojines y me sentaré a verte
cocinar. 
   Una hora más tarde, dijo:
   —Sudie, espero pintar algún día la bahía de Nápoles.
   El médico llegó a primera hora de la tarde, y Sue encontró una excusa para ir al
vestíbulo cuando se marchó.
   —Las mismas probabilidades —dijo el doctor, estrechando la delicada mano de
Sue—. Con buenos cuidados, lo conseguirá. Y ahora tengo que ver a otro paciente
abajo. Behrman, se llama…, una especie de artista, creo. Neumonía, también. Es un
hombre mayor y débil, y el ataque es agudo. No hay esperanza; pero se va hoy al
hospital para que esté más cómodo.
   Al día siguiente, el médico le dijo a Sue:
   —Ella está fuera de peligro. Has ganado. Ahora nutrición y cuidados…, eso es
todo. 
   Y aquella tarde, Sue se acercó a la cama en la que Johnsy tejía muy contenta una
mantilla de lana muy azul y muy inútil, y la abrazó, con almohadones y todo.
   —Tengo algo que decirte, ratoncillo —le dijo—. El señor Behrman ha muerto de
neumonía hoy en el hospital. Solo ha estado enfermo dos días. El portero le encontró
el primer día por la mañana abajo, en su cuarto, imposibilitado de dolor. Tenía los
zapatos y la ropa empapados y helados. No podían entender dónde había podido
pasar una noche tan espantosa. Y luego encontraron una linterna, todavía encendida,
y una escalera arrastrada fuera de su sitio y unos pinceles esparcidos y una paleta con
una mezcla de colores verdes y amarillos y… Mira por la ventana, cariño, mira la
última hoja de hiedra en el muro. ¿No te extrañó que no se agitara ni se moviera
cuando soplaba el viento? Ay, encanto, es la obra maestra de Behrman: la pintó él ahí
la noche que cayó la última hoja. 

(O. Henry, Historias de Nueva York, Nórdica Libros, 2019) 

ERNEST HEMINGWAY

 


EL  VIEJO  Y  EL  PUENTE 


Un viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a
un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros,
camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían
tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban
empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a
toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos.
Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para
continuar. 
   Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y
averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente.
Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí. 
   —¿De dónde viene? —le pregunté.
   —De San Carlos —dijo, y sonrió.
   Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.
   —Cuidaba de los animales —explicó.
   —Oh —dije, sin entenderlo del todo.
   —Sí —dijo—, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos. 
   No tenía pinta de pastor ni de vaquero, y tras observar su ropa negra y cubierta de
polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero, dije: 
   —¿Qué animales eran?
   —Animales diversos —dijo negando con la cabeza—. Tuve que dejarlos. 
   Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del
Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba
atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado
contacto, y el hombre seguía allí sentado. 
   —¿Qué animales eran? —pregunté.
   —En total tres clases de animales —explicó—. Había dos cabras y un gato y
cuatro pares de palomos.
   —¿Y los ha dejado? —le pregunté.
   —Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la
artillería. 
   —¿Y no tiene familia? —pregunté, vigilando el otro extremo del puente, donde
los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.
   —No —dijo—, solo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le
pasará nada. Un gato sabe cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.
   —¿En qué bando está usted? —le pregunté. 
   —Yo no tengo bando —dijo—. Tengo setenta y seis años. Llevo andados doce
kilómetros y creo que ya no puedo seguir.
   —Este no es un buen lugar para pararse —dije—. Si puede llegar, hay camiones
en el desvío a Tortosa.
   —Esperaré un poco —dijo—, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?
   —A Barcelona —le dije.
   —No conozco a nadie en esa dirección —dijo—, pero muchas gracias. Se lo
repito, muchas gracias. 
   Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su
preocupación con alguien, dijo:
   —Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un
gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás? 
   —Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.
   —¿De verdad lo cree?
   —¿Por qué no? —dije mirando la otra orilla, donde ya no había carretas.
   —Pero ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que
me fuera por culpa de la artillería? 
   —¿Dejó abierta la jaula de los palomos? —pregunté.
   —Sí.
   —Entonces saldrán volando.
   —Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los
demás —dijo. 
   —Si ya ha descansado, yo de usted me iría —le insistí—. Levántese e intente
andar.
   —Gracias —dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse
sobre el polvo, dejándose caer.
   —Yo solo cuidaba de los animales —dijo sin energía, pero ya no hablaba
conmigo—. Solo cuidaba de los animales. 
   No se podía hacer nada por él. Era Domingo de Pascua y los fascistas avanzaban
hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no
volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que
tendría aquel hombre. 

(Ernest Hemingway, Cuentos, Debolsillo, 2009)