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DAVID GONZÁLEZ

colores


bandadas de gaviotas
planean por delante de mi vida:
se posan en el alféizar de la ventana:
se arriman a los cristales empañados
y me señalan con sus estridentes picos:

soy para ellas:
lo que yo
para la inmensa mayoría de vosotros:

un exótico:
aunque peligroso
pez de colores:

y bien:
es posible que no sea más que eso:
un pez:
pero no de colores: de colores NO:

yo nado contracorriente:
tengo memoria a corto y largo plazo
y no olvidaré
fácilmente
vuestros caretos en los cristales rotos
de mi vida:

y menos aún: vuestras uñas:

señalándome:


no se os ocurra olvidarme,
porque yo jamás me olvidaré de vosotros:
hubert selby jr


(David González, No hay tiempo para libros, Origami, 2013)

DAVID GONZÁLEZ


Los gritos de los que desaparecen
pueden tardar años en llegar hasta aquí.

CAROLYN FORCHÉ


EL PRESTIDIGITADOR


Era del tiempo de mis abuelos.
El general, el prestidigitador.
Tenía artritis. En las manos.
Y  le dolían.
Le dolían como un hijo a una madre.
Las manos.
Porque las tenía llenas de cadáveres.
El general, el prestidigitador.
Y ya no podía hacerlos

desaparecer.


(David González, La carretera rojaGroenlandia, 2012)

DAVID GONZÁLEZ


ESTO ES LO QUE HAY



(David González, El demonio te coma las orejas [1997-2008]. Poesía de no ficción, Glayíu Editorial, 2008)

RAÚL NÚÑEZ SEGÚN DAVID GONZÁLEZ

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Hace casi dos semanas salió el número 22 de la revista Ágora. Papeles de Arte Gramático (que pueden descargar AQUÍ y AQUÍ). En él pueden leer el artículo de Joaquín Piqueras "Raúl Núñez. Canción de vida, a varias voces, para un ángel náufrago", en el que hay un homenaje a varias voces al autor de Derrama whisky sobre tu amigo muerto. Las voces son de algunos de los mejores autores de la nueva literatura hispánica: Vicente Muñoz Álvarez, David González, José Ángel Barrueco, Gsus Bonilla, Javier Memba, Esteban Gutiérrez Gómez "Baco", Sonia San Román, Patxi Irurzum, Inma Luna, Andrés Ramón Pérez Blanco "El Kebran"y Silvia D. Chica. Publicamos las opiniones completas que sobre el autor han dado estos autores para la realización de dicho homenaje.
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Inauguramos este "especial Raúl Núñez"de Insólitos con la opinión del poeta y narrador David González:
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Allá por el año 1997, cuando bajé a Huelva a presentar mi libro de poemas sobre la cárcel, en una conversación con Uberto Stabile, escuché por primera vez el nombre de Raúl Núñez. Uberto, si no recuerdo mal, me leyó algún poema de Raúl, de su poemario People. Ni que decir tiene que me fascinó. Luego, con el paso de los años, me fui haciendo con todos sus poemarios, sus novelas... Se convirtió en un ejemplo a seguir. Raúl era un poeta maldito. ¿Qué quiere decir "maldito"? Este calificativo se debe, en esencia, a lo siguiente: "maldito" es un artista que es pobre de solemnidad y cuya obra no ha sido reconocida por sus contemporáneos. En el caso de Raúl esto tiene delito, ya que dos de sus novelas las editó Anagrama, y una de ella, La rubia del bar, fue llevada a la gran pantalla. Y sus poemarios, alguno de ellos, se editaron en la colección Cuadernos Ínfimos de Tusquets. Sucedió que en aquellos años, del 70 al 75, la corriente poética predominante era la que escribían los llamados Novísimos, y claro, Raúl estaba vendido ya de antemano. Su poesía recogía reminiscencias de la poética de la Beat Generation, además de incorporar elementos de lo que se ha dado en llamar "Realismo sucio", por lo que, a mi entender, Raúl Núñez puede ser considerado como el introductor de dicha corriente poética en España, cuyo máximo representante fuera de nuestras fronteras no era otro que Charles Bukowski. Puede decirse que Raúl se adelantó a su tiempo y de algún modo lo pagó. Y lo sigue pagando. Pues a pesar de que no hace mucho se editó su poesía completa bajo el título Marihuana para los pájaros (Ediciones de Baile del Sol), casi puede decirse que sigue siendo un autor desconocido para la mayor parte de la gente. A mí, Raúl, como dije, me sirvió como modelo de conducta, como ejemplo a seguir, tanto en lo estrictamente literario como en lo personal. Y mi único deseo no es otro que el de que algún día ocupe el lugar de honor que le corresponde en la literatura en lengua castellana. Y yo, por mi parte, he hecho y haré lo posible porque eso suceda. Y espero que este artículo que escribe Joaquín Piqueras sea otro grano de arena en la reivindicación de la figura de este autor a todas luces imprescindible en la formación de muchos de los autores que, de algún modo, seguimos las huellas de sus pasos.

DAVID GONZÁLEZ


EL DEBUT DEL CHICO TATUADO

Entré en la oficina del maestro de perfiles a recoger el sobre que contenía el resultado del reconocimiento médico-laboral que me habían efectuado en los servicios médicos de la empresa quince días antes.

SE ACONSEJA ACUDIR A SU MÉDICO DE CABECERA CON ESTOS ANÁLISIS.

Acudí.
En la sala de espera, dos mujeres daban la lengua:
- ¿Cuánto has adelgazado? -preguntó una.
- Veintiséis kilos -respondió la otra.
- Estás más guapa así.
Oí mi nombre y mis apellidos. Entré en la consulta, me senté, dije:
- He adelgazado nueve kilos en menos de un año.
- Me vas a hacer análisis de sangre y orina.

- ¿Y tú a qué lo achacas? -me preguntó, unos días después, el médico, el mismo.
- A los nervios -le dije.
- ¿Así que tú crees que la causa son los nervios?
- Sí- le dije -. Eso creo. Sí.
- Veamos -dijo.
Pulsó uno de los botones de su interfono:
- ¿Están por ahí los resultados de la analítica practicada a David González?
Estaban. Se los trajeron. Les echó un vistazo por encima.
- Diabetes -me dijo-. Esa, y no otra, es la causa del adelgazamiento.
- ¿Y eso tiene cura? -le pregunté.
- La diabetes es una enfermedad crónica -me contestó.
- ¿Y tendrá que pincharse insulina? -le preguntó la mujer que antepone mis necesidades a las suyas.
- Si no hubiera indicios de acetona, quizá no.
- ¿Pero cuál es la relación de la acetona con la diabetes? -le preguntó ella.
- Cuando aparece acetona significa que la insulina que produce el páncreas no trabaja bien -le dijo el médico-. No depura el azúcar ―explicó―. Entonces, el organismo sustituye esa insulina por otra sustancia, la grasa por ejemplo. De ahí que David haya adelgazado tanto- terminó.
Luego me preguntó:
- ¿Hay antecedentes de diabetes en tu familia?
- Que yo sepa no -le respondí-. Aunque mi madre se puso insulina durante mi embarazo.
- Te voy a preparar un volante para que vayas mañana al hospital -me dijo-. Vas por urgencias.
El bolígrafo con el que garabateaba, de madera, tenía su nombre grabado, en letras doradas, en la pestaña de acero inoxidable.
- ¿Fumas? -me preguntó.
- Sí.
- ¿Cuánto?
- Dos cajetillas al día.
- ¿Fumas porros?
- Alguno, sí. Pero pocos.
- ¿Alguna otra droga?
La realidad era mi droga, recuerdo que decía Cyril Collard.
- ¿El alcohol cuenta?
- Sí.
- Pues entonces alcohol también.
- ¿Y aparte del alcohol?
- A veces esnifo farlopa?
- ¿Cocaína?
- Sí.
- ¿Qué cantidad?
- No sé…Tres o cuatro rayas los fines de semana.
¿Pero a quién pretendías engañar, tío? ¿Al médico o a ti mismo? Sabías de sobra que era raro el finde que bajabas de los dos o tres gramos.
El médico me miró, como si pensara: y qué más.
- Y pastis.
- ¿Éxtasis?
- Sí. En alguna fiesta.
- ¿Tus padres viven?
- Sí - aún no les había matado a disgustos.
- ¿Tienes alguna enfermedad?
- Diabetes - le vacilé.
Levantó los ojos de la mesa, me miró.
- Aparte - me dijo.
- No.
Me firmó el parte de la baja laboral.
- Y no te preocupes -me dijo-. Podrás seguir haciendo una vida normal (ya) y podrás seguir trabajando (sí, también).
Salimos de la consulta, del ambulatorio, y subimos al coche (porque de aquella aún tenía coche). No alcanzaba a comprender todavía, a imaginar siquiera, si finalmente se confirmaba, la importancia de lo que el médico de cabecera acababa de decirme. La gravedad de la dolencia que me había diagnosticado. Ni cómo afectaría a mi vida y a la de todos aquellos con quienes la compartía, en especial a la de la mujer que se desvive por mí.
- ¿Avisaré a mi madre? - le pregunté.
- Espera a mañana -me dijo-. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di a la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo -me dijo ella acariciándome la espalda con ternura-. Tranquilo –repitió-. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.

A las nueve en punto de la mañana entregué el volante en la ventanilla de admisión de urgencias del hospital.
Un celador me acompañó hasta una habitación minimalista: una cama diminuta, un armario metálico y una mesa.
- Quítate toda la ropa, menos los calzoncillos, y métela en esa bolsa.
Una bolsa de plástico, como las de la basura, del mismo color.
- Y ponte este camisón.
No sabía cómo se ponía, así que terminé por ponérmelo del revés. Me dejaba al descubierto los tatuajes del pecho: una paloma con una hoja de laurel en el pico y un revólver del calibre cuarenta y cinco.
Entró una enfermera, reparó en los tatuajes.
- ¿Tiene ganas de orinar el chico tatuado? - me preguntó.
- No muchas, la verdad.
- Entonces me veré obligada a ponerte la sonda - dijo.
- De repente me han entrado unas ganas tremendas - dije.
Entró una mujer, médico, endocrino, joven, guapa, saludable. La paloma, en su vuelo, le pasó raspando la cara. El revólver la encañonó.
- ¿Dónde te hiciste eso? - me preguntó.
Es mejor, siempre que sea posible, decir la verdad.
- En la cárcel -le dije.
- ¿Y por qué fuiste allí? -quiso saber.
- Por malo.
- ¿Y estuviste mucho tiempo?
- Tres años.
Entró otra vez la enfermera.
- Vamos a hacerle un electro al chico tatuado - dijo.
Entonces, de repente, reparé en las uñas de mis pies. Con las prisas, los nervios, el madrugón, me había olvidado de cortarlas. Me daba vergüenza, mucha vergüenza, que la enfermera pudiera llegar a pensar que yo era un marrano. La sábana no alcanzaba a taparme los pies. Estaban largas, mis uñas, tan largas que hubiera podido enroscarlas sin ningún problema a los barrotes que había a los pies de la cama. Sin embargo, la enfermera no pareció darse cuenta, o ya estaba acostumbrada, y mi cuerpo se transformó, en apenas unos instantes, en un amasijo de cables, pinzas y parches.
La habitación no tenía puerta. Cortinas. Estaban descorridas. Observé lo que sucedía en el interior del cuarto número seis. Exploraban a una paciente, una chica joven, pelirroja, con aspecto de yonqui. Llevaba puestas unas bragas y un sujetador, a juego con el color de su piel, el blanco. El adjetivo delgado se quedaría corto si me viese en la tesitura de tener que hacer una descripción de su cuerpo. Pero si tuviese que describirlo, diría que estaba consumido. Igual que su rostro. Los pómulos sobresalían tanto que parecían nudillos. Los ojos, en un intento desesperado por escapar de la invasión a que estaba siendo sometida su intimidad, se detuvieron, por unos segundos, en los míos, reconociéndolos, aceptándolos. Su mirada lo decía todo: En manos de extraños, tío, así acabamos. En manos de extraños.
Entró un médico. Se fijó en las tres cicatrices del antebrazo, del siniestro. Puso cara de asco. Pero era humano, el endocrino, sentía curiosidad.
- ¿Y eso? -me preguntó-. ¿Te cortaste?
- Me lo hice en la cárcel con la hoja de una maquinilla de afeitar - le contesté.
- Así que te diste a la mala vida, ¿eh?
- Algo parecido, sí.
- Pues ahora ya se te acabó - dijo, con satisfacción.
Me acordé de Hubert Selby Jr, el escritor estadounidense, de algo que dijo, o escribió: La luna de miel se ha terminado.
- Tienes diabetes de debut, diabetes insulinodependiente -me dijo el medico-. ¿Has venido con alguien? Vamos a dejarte aquí.
En manos de extraños, pensé, y volví la vista hacia el cuarto número seis, pero en el cuarto número seis no había nadie. La chica con aspecto de yonqui, la pelirroja, ya no estaba. Se la habían llevado.
.
(David González, El debut del chico tatuado [relatos completos 1998-2009], Azotes Caligráficos, 2009)

DAVID GONZÁLEZ


MUDA
.
cinto de piel
de serpiente pitón
.
billetera de piel
de serpiente pitón
.
botas de piel
de serpiente pitón
.
estoy
mudando la piel
.
luego te haré
morder la manzana
.
(David González, El amor ya no es contemporáneo. El amor sigue sin ser contemporáneo, Tenerife, Baile del Sol, 2009)

DAVID GONZÁLEZ

Para octubre podremos disfrutar de la segunda edición de El amor no es contemporáneo de David González: El amor sigue sin ser contemporáneo. Mientras tanto, recordemos el

EL LENGUAJE DE LA LLUVIA

¿estás bien conmigo?
sí.
¿y no te aburres?
no.
pero no estamos haciendo nada.
Sí estamos haciendo algo.
¿el qué?

estamos juntos.
.
[David González. El amor ya no es contemporáneo (poemas y relatos 1997-2008). Ediciones Baile del Sol, Tenerife, 2008.]

DAVID GONZÁLEZ

LOSER
.
Si caminamos por el lado "no domesticado" de la literatura es de obligada lectura el último libro de poesía de "no ficción" de David González, Loser. En él se reúnen 30 poemas - complementados por ilustraciones, dibujos, graffitis, fotografías... de autores amigos del poeta- en los que se puede apreciar la honestidad, la conciencia crítica y el compromiso de un poeta que encarna en su voz solidaria al perdedor, al "sparring" de la vida, aquel ciudadano anónimo en el que los ganchos, existenciales y sociales, de presuntas izquierdas y de derechas - Los políticos/ estrechan las manos/ pero no la dan-, le llueven por todos lados. Esta poesía a pie de calle forjada de la materia de la realidad, que no sólo la refleja - sin tapujos ni "ficciones"-, sino que además denuncia sus lacras, debe estar al alcance de todos; para ello David González hace uso magistral de un lenguaje sencillo, directo, espontáneo, que fluye con toda naturalidad, sin omitir tabús sociales, palabras que taladran el papel - que diría Bukowski-, ni, cuando es necesario, la rabia del autor por la situación descrita, a veces no exenta de una no disimulada ironía. No falta, asimismo, dos rasgos que son fundamentales en el estilo de David - que, dicho sea de paso, ha ido madurando y enriqueciéndose con el tiempo-: la narratividad y la introducción natural del diálogo, que dotan al poema de un ritmo ágil que se aviene perfectamente a la épica de lo cotidiano. En este poemario el autobiografismo es patente, pero también el "yo" poético introduce en ocasiones a otros personajes, perdedores todos ellos, como es el caso del malogrado y genial cantante Hank Williams:
.

MOVE IT ON OVER
.
Mientras suena Move It On Over,
no dejo de pensar
en el autor de su letra y música,
en su muerte más que nada:
.
el Shakespeare de los campesinos
murió el día de Año Nuevo de 1953,
camino de un bolo en un cuchitril.
.
El Shakespeare de los montañeses
murió en el asiento trasero de su Cadillac
azul:
el sombrero Stetson
.
caído sobre la frente,
la guitarra, a un lado,
una botella de whisky al otro
y a sus pies
un frasco de clorhidrato de morfina.
.
Mientras suena Move It On Over,
no puedo dejar de pensar
en la amarga despedida de Hank Williams:
.
nunca llegó a saber
que con este tema, con Move It On Over,
había inventado,
adelantándose siete años en el tiempo,
el rock and roll
y lo más probable, tal y como leí en un libro,
es que en el momento de su muerte
ni siquiera fuera consciente
de que acababa de entrar
en un año
.
Nuevo.

(David González. LOSER. Madrid. Bartleby Editores. 2009.)
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La canción Move It On Over, de Hank Williams:



Un vídeomontaje con las ilustraciones que aparecen en Loser:

DAVID GONZÁLEZ


David González, uno de los primeros escritores a los que Joaquín Piqueras dedicó su sección de Insólitos radiofónica, leyó sus poemas en la Biblioteca Regional de Murcia el día 23 de abril dentro del XI Encuentro de Poetas en el Ágora. Poetas periféricos. He aquí uno de sus más célebres poemas, que fue incluido en la ya mítica antología de Feroces... y que, por supuesto, no faltó - algo que sin duda nunca olvidaremos los allí presentes- en su recital:
.

HUMILLACIÓN
.
El funcionario,
un cacho de carne con ojos
en mangas de camisa, dice:
Todas las cosas de metal que tenga
sáquelas y déjelas sobre esa mesa. Luego, mi abuela,
apoyándose en su muleta
(hace un año se rompió la cadera
al caer de espaldas al suelo
mientras limpiaba los cristales
de la ventana de la cocina
subida encima de una banqueta),
pasa por el detector de metales,
y el detector emite una serie de pitidos.
A lo mejor es la muleta, dice mi madre.
¿Puede andar sin ella?
Bueno, sí, pero no querrá
Que se la de a usted y que vuelva a pasar.
Y mi abuela,
su largo pelo blanco recogido
en un moño por detrás de la cabeza,
un pañuelo negro cubriéndola,
hace lo que le ordenan,
y aún cojeando
consigue que el detector pite otra vez.
A ver, quítese ese pañuelo.
Mi abuela obedece.
Seguro que son esas horquillas,
así que hágame el favor de soltarse el pelo.
Mi madre explota:
¿pero no se le cae a usted la cara de vergüenza
al hacer que una persona tan mayor
tenga que pasar por todo esto para ver a su nieto?
¿Qué se piensa que somos nosotros?
¿No sabe usted distinguir a la calaña de las personas honradas?
Pero ya mi abuela, con su vestido gris,
está pasando de nuevo por el detector
con idéntico resultado
que las dos veces anteriores, y el boqueras,
un cacho de carne, dice:
¡Quítese el vestido!
Si quiere puede doblarlo y colgarlo
del respaldo de esa silla de ahí.
Mi madre está tan indignada
que no le salen ni las palabras.
Y mi abuela,
cojeando,
despeinada,
en enaguas,
consigue cruzar al otro lado del detector
de metales sin ser delatada.
Ahora ya puede vestirse y pasar al locutorio.
No tiene usted perdón de Dios, le dice mi madre.
Y mi abuela,
que al ir a ponerse el vestido
ha encontrado en un bolsillo una moneda suelta,
se acerca al boqui y le dice:
Perdón, señor, ¿sería esto lo que sonaba?
Y le pone delante de los ojos,
a modo de espejo en miniatura,
una peseta
con la cara de Franco.
.
(David González, El demonio te coma las orejas, Crecida, Ayamonte, 1997)