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IGNACIO BORGOÑÓS



RECITANDO A PETRARCA
(Fragmento)  


     Entre los púrpuras del invierno, la tonada de una embarcación que se hacía al Danubio rompiendo hielo y niebla en la monotonía del amanecer, sorprendió al arquitecto de origen español Gabriel Siloé tumbado en un banco público junto al Puente de la Libertad, como si fuera una extraña flor surgida de la escarcha. Apoyaba el mentón de vello entrecano y mal rasurado sobre la madera, permaneciendo inmóvil, apenas cubierto por un abrigo sobre el que se había depositado la helada nocturna. Podría haberse dicho que Siloé estaba muerto, si no hubiera sido por la movilidad de sus ojos que despertaron sin sobresaltos, vidriosos por los cristales que había formado el frío o quizás porque bebió romanamente. La visión de las farolas cansadas y los muelles que poco a poco abandonaban su condición desértica para entregarse a los días laborables, lo rescataron de un paisaje onírico y febril, de la alucinación donde la muchacha de su adolescencia se desnudaba como entonces ante el turquesa marino y fantástico que habitaba sus sueños, un turquesa eléctrico, imposible, donde los pájaros acordaban silenciarse para entrar en el cielo del Este.


(Ignacio Borgoñós, Recitando a Petrarca. Alfaqueque ediciones, 2009)