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DIEGO MEDRANO



DEJEMOS EL PESIMISMO PARA TIEMPOS MEJORES (Fragmento)
      

         Rosaleda de hachís y nalgas rosas, puño de nieve en lunación, vidrieras de Murano, noche de náyades muertas, Ofelia de las algas marinas, aletazo súbito de falso delfín. Comparaba en su palacio de imágenes los atributos de Cyril Connolly con los propios y no los distinguía: erudito, dandi, bibliófilo, gourmet, diletante, gordo. Poder ser Baudelaire y Rimbaud al mismo tiempo, sin pobreza ni sufrimiento. El lujo de este palacio y su locura entrelazados como cuerpo y caftán: dinero y desvarío en mitad del insomnio. Preferir siempre el dinero, y después el sexo. Cierto clasicismo: "Placer breve, pena larga". Seguir los mandamientos de Connolly como único camino entre la espesura: "Cuantos más libros leemos, más claro resulta que la verdadera tarea del escritor es elaborar una obra maestra; ningún otro quehacer tiene en comparación con éste la menor relevancia". Pronto su obra maestra fue su propio cuerpo: sudoroso, desodorizado, feo, grasiento, repugnante. Fue entonces cuando se hizo crítico de arte de artistas generalmente esqueléticas, bellísimas, desorientadas. Siempre se presentaba a estas chicas del mismo modo. Lo recuerda ahora, no como anécdota sino como autopsia:

        
      - Soy Manuel Mirador y soy crítico. El objetivo del crítico, según Connolly, es vengarse del creador.

       Unas pocas solían reírse, la mayoría vomitaban. Unas pocas, le frotaban la barriga como si fuera un oso polar, la mayoría le insultaban con lo más profundo y hondo de su pupila.
(...)
Ilustración de Miguel G. Díaz, extraída de la espléndida edición de Pez de Plata



(Diego Medrano, Dejemos el pesimismo para tiempos mejores, Pez de Plata, 2010)