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MIGUEL ÁNGEL CASAÚ



EL DESVÁN
  
      Papá decía que no podíamos subir. Que estaba prohibido entrar en el desván desde que desapareció la abuela.
Algunos anocheceres, especialmente a la hora de la cena, se escuchaban ruidos allí arriba. Entonces toda la familia permanecía en silencio hasta que los sonidos cesaban; entablando de nuevo la conversación interrumpida, como si nada hubiese ocurrido. Un día que papá y mamá se ausentaron, mi hermano mayor se propuso llegar hasta el descansillo de las escaleras y adentrarse en el pasillo que conducía al desván. Mis otros tres hermanos y yo lo contemplamos absortos: Conforme avanzaba, la intensidad de la penumbra se lo fue tragando.
Bluf. Bluf. Blufff… Igual que a un globo se le escapa el aire.
Desde entonces jamás supimos de mi hermano mayor.
Los ruidos continúan escuchándose. Y todos, congregados alrededor de la mesa de la cocina, volvemos a callarnos y esperar.
Cabizbajos.
Callarnos y esperar.
Resignados.
Callarnos y esperar.
La diferencia es que ahora se oyen los gemidos de una segunda persona.


(Miguel Ángel Casaú, microrrelato inédito)