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JULIÁN BORAO


NEAL CASSADY

No completó Neal Cassady la historia de su vida,
-tan sólo el primer tercio-,
pero sí recordó
quedarse pensativo alguna tarde de mayo,
sentir una nostalgia,
un adelgazamiento de su sangre aterida,
y por eso dejó
que toda carretera fuera azar del destino
y que Jack lo narrara en alter ego.

Tampoco se esforzó por eludir las furias
que cumplieron los acuerdos del tiempo,
después de haber vagado
por las últimas calles de Denver,
de México o de Frisco,
con el febril delirio
de un obseso arropado
por el éxtasis cálido del sexo y del alcohol.

(La libertad se escribe
dejándose llevar por la improvisación,
siguiendo con los pies a Charlie Parker
o en vagones fantasmas
surcando las riberas del Pacífico norte).

Porque, posiblemente,
todo fuese un ensayo de la muerte,
la agonía de mentes que envolvió la locura,
la amistad desatada
por esa rebeldía delirante
que ciertas circunstancias aglutinan.

Sin embargo,
fue acaso héroe secreto del aullido,
como rastro de un antro
que deambuló en la noche de New York
o por los callejones
perdidos en el sueño
del cuatro de febrero en San Miguel,
(de Allende, por más señas),
o incluso alucinado conductor
de una ruta cualquiera cuya meta no importa,
o quizás, simplemente,
fuera, sin más, el hombre,
quiero decir, aquél,
como otros tantos,
que descuida su sombra,
mientras su huella queda en el camino
que los demás quisimos
alguna vez vivir.


(Poema de Julián Borao extraído de su blog Cuestión de suerte)