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EDUARDO BOIX


El mayor regalo que le pudieron hacer fue ese cubo y esa pala. Eva se esmeraba en hacer un hoyo más profundo cada día. En ocasiones cuando se cansaba de la pala, sus manos rasgaban la tierra con la esperanza de encontrar algún tesoro. Poco a poco iba quitándole vida a ese terreno y deformándolo en su propio beneficio. Después de muchos meses de excavaciones, cuando ella se había percatado de que el hoyo era lo bastante profundo, se acercó a su casa y fue a por la Nancy que años atrás había pertenecido a su madre.
-¡Como mamá!
Le cerró los ojos y comenzó a enterrarla.


(Eduardo Boix, Últimas jornadas en el paraíso, Eclipsados,  2009)