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DOMINGO LÓPEZ




ANDERGRAUN MONI (II) 


     Al parecer - eso le aconsejaron - la cosa estaba en llamar, agarrar intrépidamente el primer teléfono que le saliera al paso, marcar con diligencia el numero, inflarse como un sapo de autoestima y - se figuraba entonces - perorar pidiendo por amor de dios, toreramente, una oportunidad, ole, decir con determinación heroica, mire, escuche bien, tengo un libro de cuentos fabulosos, tremendos, inenarrablemente buenos…etc.  La cosa estaba en llamar, sí, y caer bien y rendir genuflexamente la debida pleitesía y complacencia y… Y en fin, me contó que los días pasaban y que al final no llamó, cometió el error candoroso de enviar bostezando un email, ofreciendo humildemente la mercancía como el paisha literario que era y sigue siendo… Acechó la bandeja de entrada del correo durante dos días y la final, aleluya, hubo respuesta... Sí, contestó pero no para invitarle cortésmente a enviar el manuscrito para, es evidente, tirarlo de inmediato a la basura sino que dijo no sé que de un concurso o certamen, que probara suerte, es decir, que se fuera con sus relatos, por ese lado, derechito al mismo carajo. La cagó, por lo tanto, irremisiblemente, se comió una espectacular mierda, perdió la oportunidad única de entrar de cabeza en aquel parnaso. Por entonces no imaginaba lo que hoy sospecha: que lo de la llamada no era para venderse en vivo y en directo, que va, sino solo, a lo mejor, para comerle minuciosamente a la editora el refinado coño por teléfono.


(Texto inédito de Domingo López)