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JOSÉ ÁNGEL BARRUECO



ASCO (Fragmento)



Sí.


En el océano es necesario desprenderse del pasado e ignorar el futuro y asumir un presente sin incógnitas ni suposiciones. Sólo así, ya sea navegando en un navío de guerra o en una chalupa a la deriva o en un yate de lujo o en un barco para turistas, puede el tripulante reprimir los instintos naturales que podrían acometerle al sentirse rodeado de agua por doquier: la agorafobia, la morriña o la añoranza o la saudade, la claustrofobia. Lo que puede destrozar a un marinero, y al mismo tiempo ayudarlo a digerir los trastornos propios de la soledad y la lejanía, es precisamente pensar en los suyos, en la mujer que dejó atrás, en los hijos que esperan en tierra y crecen sin que él los vea crecer, y pensar en ellos con nostalgia y con un deseo irreprimible de verlos y de abrazarlos, y a veces ese recurso, sin embargo y de manera paradójica, será lo único que mantenga su fortaleza.


En contra de lo que había creído y supuesto y pensado antes de embarcarme en un crucero de lujo por el Mar Adriático durante ocho días de julio, al pisar las cubiertas y los camarotes y recorrer algunos recovecos del barco no sentí el ahogo de la lejanía ni el deseo de regresar a tierra firme, ni noté el sofoco que, imaginaba, haría de mí un pasajero mordido por la prisa del desembarco.


Me desprendo del pasado en cuanto subo al M/V Zenith, no pienso en nada de lo que queda en tierra: ni mi ocupación diaria, ni mis amigos, ni la ciudad en la que vivo, ni mis rutinas… Y comprendo en seguida que ésa es o debería ser la solución secreta del marinero, del navegante: levar anclas respecto al tiempo, quedarse sólo en el presente, a verlas venir, a ver sólo las olas y las circunstancias y las tierras que uno va a visitar y los puertos en los que el barco atracará.


(José Ángel Barrueco, Asco, Editorial Eutelequia, 2011)